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Discursos del acto de Memoria Activa en conmemoración del 17 aniversario del atentado a la AMIA

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A continuación los discursos completos pronunciados en el acto de Memoria Activa por el 17 aniversario del atentado a la AMIA

Discurso de Alfredo Zaiat
En los años de la inocencia y la fantasía de la niñez, cuando se piensa que los buenos siempre ganan, pensaba que todos los judíos eran buenos.
Que era imposible que un judío castigue, maltrate, engañe o perjudique a otro judío.
Se trataba de la auténtica ingenuidad de la niñez. Para ser sincero, ya más grande, creo que la educación judía, en el colegio de la comunidad, influyó para construir ese mundo ideal.
A medida que se va creciendo, en la adolescencia, se empieza a ver que la historia del pueblo judío es como la de cualquier otro pueblo, con sus hazañas, sus miserias, sus héroes, sus traidores, sus hombres y mujeres dignas.
En esos años de rebeldía juvenil y de destrucción de mitos, me marcó profundamente la historia de dignidad de un grupo de judíos del guetto de Varsovia, comandados por Mordejai Anilevich.
Pelearon solos, con sus convicciones, contra el nazismo, contra un aparato político militar que los quería humillar, destruir.
No dejaron de batallar día a día por sus ideales pese a que un mayoría silenciosa, resignada, pensaba que no tenía sentido.
Demostraron que la dignidad no se entrega ni se vende por más poderoso que sea el enemigo.
Probaron que con organización y unidad se puede enfrentar las situaciones más adversas que uno pueda imaginar.
No querían ser héroes, pese a que al final lo fueron.
Querían simplemente poder mirarse al espejo y no sentir vergüenza.
Sin ánimo de exageración, pienso, que eso mismo, ahora, son cualidades de los familiares y víctimas del atentado a la AMIA.
Se miran al espejo y no sienten vergüenza.
Pelean en soledad, con el respaldo moral de muchos porque es políticamente correcto, y el compromiso de pocos en la batalla por la Verdad y Justicia.
Esto se expone en cada uno de los tristes aniversarios de recuerdo del atentado.
Siguen su batalla por Verdad y Justicia, sin esperar el acto oficial de la dirigencia de la comunidad, acto que ha pasado a ser utilizado por dirigentes de la comunidad como un encuentro político para vincularse con el poder político.
Padecieron y padecen las presiones para que se alejen de sus convicciones, dolores, sufrimientos.
Son un ejemplo, no sólo para la comunidad judía, sino para toda la sociedad argentina.
La falta de justicia por el atentado a la AMIA es una consecuencia de la complicidad y corrupción de funcionarios públicos de los tres poderes del Estado, como partícipes y encubridores.
También de la complicidad de una dirigencia comunitaria preocupada por sus negocios más que por buscar justicia y a los responsables materiales e intelectuales del atentado.
Una dirigencia más preocupada por conseguir cargos políticos, cargos electivos, o financiamiento público para programas sociales.
Mañana se van a cumplir 17 años desde el atentado terrorista a la AMIA. Este año ya habrán pasado también 17 Iom Kipur, 17 Día del Perdón.
Desde entonces, muchos no tuvieron ni tendrán su Perdón pese a que se habrán golpeado y seguirán golpeando el lado izquierdo del pecho cuando recen en el templo en esa jornada de reflexión judía.
Un grupo de abogados y mercaderes que dominaron y dominan las instituciones centrales de la comunidad que antes de buscar el esclarecimiento trabajan para entorpecer la investigación judicial, no tendrán Perdón.
No tiene perdón la hipocresía y el silencio cómplice de dirigentes y miembros de la comunidad de avalar políticamente a un jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos, que aún hoy reivindica al comisario Jorge “Fino” Palacios, acusado de ser uno de los encubridores del atentado a la AMIA, además de haber montado una estructura de escuchas ilegales, espiando a uno de los familiares víctimas del atentado.
Frente a todos ellos hay que seguir peleando, como esos hombres y mujeres dignos del gueto de Varsovia, que no quisieron sentir vergüenza y lucharon por la dignidad y la justicia.

Discurso de Diana Malamud
Mañana se cumplen 17 años de la masacre de la AMIA.
17 años.
De nuevo parados acá, en Pasteur 633, con 85 nombres a nuestras espaldas que siguen esperando una respuesta.
Como todos los años, hace 17 años.
El año pasado, en el decimosexto aniversario, cerramos nuestro discurso diciendo: “…probablemente nos encontremos el año que viene para decir las mismas cosas, rodeados de los mismos pilotes, sustituyendo el 16 por el 17”.

17 años sin justicia. Todo se repite.
Como en su momento ocurrió con Moshen Rabbani, hoy el ministro de defensa de Irán, Vahidi, acusado de ser uno de los autores intelectuales del atentado, sobre quien pesa un pedido de captura internacional con alerta roja, se pasea por el planeta amparado en su inmunidad diplomática. El 1º de junio participó en un acto oficial en Bolivia, y se volvió tranquilo a su país.
Ante el comunicado de ayer del gobierno iraní nuestra respuesta es clara, no aceptamos sus condolencias, presenten a declarar a todos los imputados.

Como en su momento, Telleldín volverá a ser juzgado como partícipe necesario del atentado, y seguirá callando lo que sabe.

Como en su momento, el rabino Sergio Bergman abandonó la lucha por el esclarecimiento del atentado y planteó que había que enterrar la causa AMIA en plaza Lavalle, hoy es diputado electo por el partido de Mauricio Macri, quien está procesado por haber cometido el delito de escuchas ilegales a un familiar de las víctimas de la AMIA. Bergman ganó una banca y en el camino perdió la ética.

Como en su momento, seguimos reclamando que el Estado Nacional cumpla con todos los puntos que se comprometió ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Hoy los cables de Wikileaks demuestran las maniobras de la DAIA para cerrar la Causa AMIA. Como en su momento le dieron un premio a Jorge Fino Palacios, siguieron haciendo todo lo necesario para impedir la elevación a juicio oral de la Causa Encubrimiento, utilizando su rol de querellantes para trabajar a favor de los acusados.

Lo que sí cambió es que no lo lograron, ni la querella de AMIA-DAIA ni los acusados. Como resultado del esfuerzo, el trabajo y la perseverancia de MEMORIA ACTIVA, y el apoyo de mucha gente, en el transcurso de los próximos meses desfilarán por el banquillo de los acusados el primer grupo de procesados por el encubrimiento del atentado: el ex jefe de la SIDE Hugo Anzorreguy, el ex juez Juan José Galeano, los ex fiscales Mullen y Barbaccia, el ex presidente de la DAIA Rubén Beraja y el último poseedor de la Trafic que voló la AMIA, Carlos Telleldìn, entre otros.

17 años.

Como en su momento y en todos los momentos de estos 17 años la Causa AMIA sigue sin esclarecerse, sin culpables, sin nuevas pistas y sin justicia.
Como en su momento y en todos los momentos de estos 17 años en nuestra Causa la justicia argentina sigue fracasando.

Estos 85 nombres que están a nuestras espaldas son los nombres de los muertos de la AMIA. Son nuestros muertos. Son los nombres de 85 personas que no alcanzaron un futuro. Son 85 personas que faltan, que nos faltan desde el 18 de julio de 1994 y que nos siguen faltando cada día.
Tristes 17 años. Lamentables 17 años. Crueles 17 años. Dolorosos 17 años.
Pero seguimos acá. Porque nosotros no estamos resignados ni nos vamos a resignar. Porque pese a todo, y pese a todos, vamos a seguir buscando verdad y justicia.

Discurso de Erick Haimovich. Estudiante de Historia
La infancia es retratada como la felicidad misma. El niño debería crecer, aprender a volar, tener esperanzas, jugar, divertirse. El niño debería soñar con un mundo mejor, con un mundo justo, con la idea de que el amor triunfe por sobre el odio y con una sociedad que se guíe bajo el entendimiento y el respeto. La infancia es un camino hacia ese horizonte utópico que los niños desconocen su lejanía e inaccesibilidad, pero al cual nunca se dejaría de caminar en toda la vida.
Lamentablemente, esta figura de la niñez fue reducida casi exclusivamente al mundo de la literatura y fue destruida por el poder que corrompe la sociedad no ficcional. Desde hace décadas que se robaron a todos los niños. Desde hace décadas que quisieron terminar con cualquier posibilidad de pensar en un mundo ideal, justo, esperanzador. Pertenezco a una generación de jóvenes que nació en la misma época en que nació la impunidad en la Causa AMIA. En el mismo momento histórico en que nacíamos, se empezó a gestar la historia más entramada judicialmente de la República Argentina.
Como diría el escritor Eduardo Galeano, nacemos sin memoria. Somos seres vacíos que, culturalmente, nos imbuimos y nos imbuyen de memoria histórica y colectiva desde el momento del nacimiento. Podríamos haber tenido una memoria de un pueblo ejemplar, o de una nación justa y floreciente. Pero no. Lamentablemente, nacimos y entendimos que la memoria del pueblo argentino era la memoria de la impunidad. Nacimos y nuestros sitios de la memoria fueron las encubridores montados a los caballos de la mentira, nuestros espacios del recuerdo fueron monumentos a los asesinos, nuestra rememoración del pasado no fue la gesta gloriosa de una nación sino la gesta gloriosa de la gran mentira nacional.
Obediencias debidas y puntos finales, amnistías, falsos allanamientos, escombros de expedientes, humo de pistas falsas, silenciamientos, volquetes de encubridores, camionetas de recorridos mentirosos, antipistas, pagos… así se construyó la impunidad. La misma impunidad que, desde el 18 de julio de 1994, fue la nueva constructora de desesperanzas para los jóvenes que estaban naciendo y se estaban avecinando.

El Atentado a la AMIA generó debates sobre el exilio, los exiliados y la tierra. Para algunos, materializados en la figura nefasta del entonces presidente Carlos Saúl Menem, entendieron que había sido un atentado contra quienes no eran parte de la sociedad argentina, no eran argentinos, y que estaban exiliados de otro país. Por lo tanto, habían decidido mandar sus condolencias al entonces primer ministro de la tierra originaria de los exiliados, claro, el Estado de Israel.
Para otros, el Atentado a la AMIA fue el detonante para entender que el eterno exilio de los judíos debía terminarse inmediatamente. Otros entendieron que, como el Atentado se había producido en pleno centro porteño, los argentinos estábamos siendo exiliados de lo que, para ese entonces, era sagrado: la democracia. Con los años, se entendió que hubo otros exiliados: la impunidad exilió la justicia, la impunidad exilió la verdad, la impunidad quiso exiliar la memoria y la impunidad quiso exiliar la lucha de los familiares de las víctimas.
Pero hubo otro exilio que hoy podemos empezar a vislumbrar. Para muchos de los jóvenes que nacimos con el Atentado, la impunidad nos exilió de la infancia.
Fuimos exiliados de lo que deberíamos haber sido durante más de una década: niños. Niños con esperanzas por un mundo mejor. La impunidad nos robó los sueños, el maldito poder nos destruyó las sonrisas, los laberintos del odio nos clausuraron las ilusiones.
Hacia 1992, 1993, 1994, nacíamos. Niños que queríamos saberlo todo, que no podíamos no preguntarnos, que debíamos tener más respuestas, nos topamos con que una bomba, centenares de víctimas y de heridos y una monstruosa pila de escombros, dejaba sin palabras a nuestros padres. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Quiénes? ¿A quiénes? ¿Y ahora? ¿Hacia dónde? ¿Otra vez más? Preguntas de niños, pero que ni siquiera ningún padre podía contestar. Preguntas de niños que nos angustiaban frente a la ausencia de una respuesta. ¿Acaso un niño puede crecer en un lugar donde no hay palabras ni imágenes para describir el horror? ¿Acaso puede un niño nacer en un mundo donde nadie entiende, nadie puede preguntarse sin que duela, nadie puede comprender lo sucedido?
Años más tarde, la bronca. El entretejido de la impunidad que pretendía cegar a toda una sociedad quería terminar con la lucha genuina por la verdad. Los familiares de las víctimas nos enseñaron de pequeños que deberíamos acusar. El tenaz “Yo Acuso” fue una lección pedagógica para nosotros, para los niños de la década del noventa. Allí se nos cayó el mundo abajo. Allí empezamos a decepcionarnos y a entender que la angustia no era contagiosa. Que por más de que 85 familias y 20.000 personas se reunieran a exigir justicia con todo el corazón, la maquinaria de poder pretendía ser una fábrica de sordos, ciegos y mudos frente a la impunidad.
Fue ese mismo año donde se nos cayeron los mitos que todo niño quería tener y por muchos años hubiéramos querido mantener. Niños judíos que asistíamos a la escuela judía no queríamos más que ser los miembros del ejemplar pueblo judío. Nos concebíamos como hijos de los premios nóbeles, como hijos de las Tablas de la Ley y como partícipes de la moralista gesta judía. La escuela judía nos enseñaba que buenas cualidades significaban ser judío, nos daba clases sobre el ejemplo judío. Sin embargo, se nos cayeron las esperanzas y el orgullo que queríamos portar. Frente a estas ideas, paradójicamente, la dirigencia comunitaria judía cruzaba la Plaza de Mayo para pedir perdón ante el gobierno de Menem por la valiente acusación que habían realizado los familiares. Por otro lado, el entonces embajador de Israel, Itjak Avirán, otro que debería haber sido un judío ejemplar, de quienes son conocidos sus fuertes vínculos económicos con Menem, intimidaba a los familiares, tratándolos de caraduras por haberse enfrentado a quienes el consideraba grandes luchadores de la justicia, todo el gabinete menemista.
Años más tarde, en el quinto aniversario de Atentado a la AMIA, ya nos atrevíamos a caminar de vuelta por el fatídico barrio de Once. Allí, niños en exilio, entrábamos en contradicción: Once era lugar donde deberíamos mirar vidrieras para comprarnos ese juguete que tanto tiempo habíamos querido. Deberíamos haber entrado a todos los universos de juguetes y materializar por unos segundos el mundo de fantasías que queríamos vivir. Pero, al caminar por la vereda, nos topábamos con los antimonumentos de la calle Pasteur. Mirabamos las vidrieras, pero pisabamos los nombres de los muertos que nos advertían todo el tiempo que estábamos en la calle de los escombros. Deberíamos haber caminado Pasteur para conseguir esos objetos significativos de la vida de un niño, pero la alusión a la impunidad, permanente en esos fríos monolitos de la memoria con el nombre de cada una de las víctimas, nos destruía los sueños y nos retrotraía a la angustia.
Deberíamos haber sido niños también desde la libertad. Tendríamos que haber aprendido a mostrar nuestra condición de judíos, haber entrado y salido libremente de nuestras instituciones y no justificar ante nadie ni ante cualquier operativo de seguridad nuestra permanencia en un acto o en cualquier espacio judío. Pero no. Nacimos con los malditos pilotes que nos generaron miedo, no hicieron pensar que podía volver a pasar un atentado, que no deberíamos decir en voz alta que éramos judíos, que al lado podría estar el enemigo y que siempre sería mejor estar resguardado detrás de un pilote, restringiendo nuestra libertad.
Deberíamos haber sido niños desde nuestros sabores. Solo nos debería haber dado asco la comida que no era rica, lo que nos daba arcadas. Pero lamentablemente descubrimos que asco no era solo aquello que no era chocolate. Los familiares nos enseñaron que los políticos argentinos también nos deberían dar asco, que había personas que eran vomitivas y que era preferible escupirlas.
Pertenezco a una generación que tiene tatuada en su edad el número de la impunidad. Siempre que pensamos en nuestra edad, pensamos en la impunidad. Hay números que atan a los hombres, los encasillan, generando que cuando nos preguntan por un acontecimiento, respondemos inmediatamente con números ya fosilizados en nuestra memoria. Sin embargo, 17 años no es un número fosilizado. Es un número que crece, junto a nosotros, constantemente. Es un número del cual nos queremos alejar, pero se mantiene con nosotros, en el amanecer de todos los días.
Desde el momento en que fuimos condenados a tener la edad de la impunidad, fuimos exiliados de nuestra infancia. Hoy los políticos inescrupulosos que encubrieron deberían estar orgullosos de su logro, ya que seguro piensan que resignaron a una generación a la desesperanza. Lamentablemente vengo a desilusionar a todos los que piensan que podemos estar resignados. Ese poder maldito que nos quitó la alegría de la libertad y nos esclavizó a una impunidad eternizante, no sabe que todos los exiliados volvemos a nuestra tierra. Queremos volver a imaginar un mundo ideal, a imaginar un mundo donde reine la justicia y el amor, que lo hubiéramos querido hacer de niños, pero no pudimos. Estamos volviendo al mundo de la esperanza y de los sueños que nos fue vedado en nuestra infancia.
Y es por eso que hoy aprendimos a levantar la bandera de la justicia. No bajaremos los brazos. Siempre acompañaremos a los familiares en esta lucha por la verdad, la justicia y la memoria activa. No dejaremos de soñar un mundo mejor y lleno de esperanzas. Ya una generación de jóvenes fue educada bajo el paradigma de la impunidad y no vamos a permitir que otra generación tenga el castigo de la memoria impune y de la denegación de la infancia. Como diría Rodolfo Walsh, “el mayor cementerio es la memoria”. Tenemos grabados en nuestra cabeza, por la impunidad que nos formó de jóvenes y que nunca hubiéramos querido tener, que por mas de que quieran borrar y olvidar a los muertos, nuestra memoria esta condenada a ser el fiel cementerio de cada uno de ellos que perdió la vida en esta cruel impunidad. Tampoco vamos a permitir que en otros 17 años venga otro joven a este micrófono y se disguste por haber perdido la infancia y a advertir con que no va a haber otra generación condenada a la desesperanza y a la bronca. Justicia, justicia perseguirás – Muchas gracias.

Discurso de la rabina Silvina Chemen

Desde hace 17 años, que estuve aquí a minutos de que la bomba explotara, vengo todos los años a todos los actos. Y quiero decirles que aquella mañana, de hace 17 años, en medio de tanta confusión, dolor y desasosiego, nunca imaginé que eso que fue, iba a terminar siendo lo que es hoy.
Cada vez que estoy parada en esta calle, repleta de otros, igualmente parados al lado mío se repite el mismo cuadro: un cúmulo de rostros serios, apagados, donde priman los colores oscuros y los movimientos circunspectos. Rejas que limitan el predio del dolor frente a un nuevo edificio de la AMIA escondido detrás de murallas de protección. Pero lo que cada año se me hace más insoportable es ver cómo nos miran. Nos miran de los balcones, nos miran desde los negocios, nos miran los agentes de policía, nos miran las cámaras de televisión que transmiten nuestros gestos de dolor y bronca, como un acontecimiento más del calendario, como una crónica repetida, en el mensaje de los gestos y de las palabras, desde hace 17 años. Nos miran en silencio, probablemente preguntándose cómo unos pocos todavía seguimos hablando de la tragedia. Año tras año se repite la misma página: una lista de nombres, un “presente” por cada uno de los asesinados, unas velas encendidas, testimonios de un dolor inacabable y palabras de reclamo y estupor por la siempre ausente justicia.
Hoy, aquí venimos a honrar la memoria de nuestros muertos, venimos a evocar la sinrazón que nos quitó de nuestro lado a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestros vecinos. Pero la tragedia de la AMIA no es sólo para conmemorar en una fecha y un espacio determinado. La voladura de la AMIA se transformó en el emblema del daño que la impunidad le produce a cada ciudadano argentino y por eso el reclamo de justicia debería clamarse en las comisiones de los legisladores, en los recintos de tribunales, en los profesorados y colegios, en las escuelas de periodismo, en los institutos de formación de líderes religiosos, en las universidades, en las organizaciones de la sociedad civil.
En cada espacio de decisión cívica, de formación y educación se debe denunciar la impunidad de la masacre de la AMIA porque aún a 17 años de ocultamientos y de asesinos y cómplices sueltos y protegidos, todavía no se comprendió que lo que hay que hacer es dejar de mirarnos en silencio, para hacerse cargo de que no podremos ni como comunidad ni como sociedad constituirnos y ser íntegramente libres si no hacemos de la justicia un valor superior en nuestras agendas y conversaciones.
A la memoria se la degrada si no se la repara con la justicia.
A la educación se le miente si no se incorpora el contenido de la justicia como condición sine qua non para vivir en democracia.
Muchas veces cuando vuelvo a casa y miro en los noticieros las imágenes del acto al que acabo de concurrir y veo nuestros rostros grises amontonados en la pantalla, siento que esta imagen me resulta conocida. Me evoca los rostros grises y amontonados de las personas que esperaban subirse a algún transporte hacia los campos de concentración o a los de los dispuestos en filas para su selección. Fotografías que, hasta el día de hoy son miradas por muchos, en silencio. Entonces, el mundo quedó en silencio ante las imágenes del horror de la Shoá y creyeron que con el juicio de Nuremberg, en los que fueron castigados sólo una veintena de jerarcas nazis, la deuda fue saldada. Veinte condenados por millones de muertos, no fue un mal negocio. Pero este juicio no palió la responsabilidad de todos los países llamados “amigos” que no pelearon por juicios justos a todos los responsables, que una vez terminada la barbarie nazi comenzaron a mirar en silencio las imágenes del horror de un pasado que se debía recordar, en lugar de ser un pasado trágico que se debía redimir con justicia, para poder continuar con la historia.
Primo Levi, sobreviviente de la Shoá decía:
“Quien presencia un crimen en silencio lo comete.”
Y permítanme agregar:
Quien encubre al que cometió el crimen, lo comete.
Y quien se abstiene de reclamar justicia por el crimen cometido, también lo comete.
En este momento, nuestro país está viviendo un período único en términos de derecho. Cientos de involucrados en las aberraciones cometidas durante la última dictadura cívico- militar estás siendo juzgados. Y debemos reconocer que esto se logró gracias a las voces de miles que se alzaron en el reclamo de memoria, verdad y justicia.
Pero con la AMIA no pasa lo mismo. No se escuchan voces alertando de los riesgos que supone vivir en una sociedad en donde un crimen de tamaña magnitud queda impune.

El dolor irremediable de cada pérdida es intransferible. El modo en el que este atentado terrorista ha arrancado a cada hijo, cada hija, cada padre, cada madre, cada hermano, cada esposa, cada esposo, cada amigo es una herida que no dejará de sangrar jamás en el seno de cada familia.
Pero la impunidad es un dolor que debe atravesarnos a todos. A los que sufrimos las pérdidas, a los que acompañamos a los que sufren y a los que todavía nos siguen mirando en silencio.

Como dice Yosef Yerushalmi: “Del pasado sólo se transmiten los episodios que se juzgan ejemplares o edificantes para la ley de un pueblo, tal como se la vive en el presente. El resto de la historia va a dar a la zanja.”
Lo que construye la mirada silenciosa y la impunidad de la tragedia de la AMIA no es ni edificante ni ejemplar para nadie, sino por el contrario, nos hunde en una zanja como sociedad.

En el hebreo bíblico, la palabra zajor- el imperativo de recordar y la palabra shamor- el imperativo de cuidar, son palabras que se intercambian. Recordar y cuidar, cuidar y recordar. El acto de la memoria es un acto de protección, no sólo de los que están directamente involucrados sino de todos los que son testigos, en esta generación y en las siguientes. Una memoria ensuciada por la impunidad produce una sociedad contaminada por la trivialidad y la injusticia.
Tenemos que cuidarnos para poder cuidar a quienes nos sucederán y eso se llama reclamar justicia justa hasta el cansancio.
Como dice nuestra Torá en el Deuteronomio:
“Solo que, cuídate y cuida bien tu alma, para que no olvides las cosas que tus ojos han visto y para que no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; y tienes que darlas a conocer a tus hijos y a tus nietos.”
Pido por ojos que no se olviden.
Pido por miradas que no se silencien.
Pido por una educación que no se desentienda de la memoria y de la justicia.
Pido porque la indiferencia se transforme en diferencia.
Y que las rejas se abran para dejar de esconder nuestros rostros de dolor tras las murallas y los pilotes dejen de encerrar nuestro reclamo y que los que estén adentro, sean los culpables, mientras nosotros volvemos a caminar libres por la calle.

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