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Israel. Opinión. Je suis Tel Aviv

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Itongadol/AJN.- En Tel Aviv esta mañana no hace frío ni calor. Hace miedo. A pesar del sol radiante, la ciudad se ve gris, se mueve con lentitud, casi no hay en las calles niños yendo a la escuela y se respira tristeza.

La gente se para frente a la entrada del pub “Hasimtá” y deja flores, encienden velas. Algunos rezan, muchos lloran, otros esconden las lágrimas. Los efectivos policiales observan, esquivan con elegancia las preguntas de quienes se acercan, y a quienes no pueden responder.

Muy pocas veces en la vida profesional de un periodista la noticia se cuenta en primera persona, más bien casi nunca. Sin embargo, me encuentro en la entrada del pub “Hasimtá” – donde un terrorista árabe israelí cometió un asesinato múltiple – y lo que veo enfrente es mi casa, la parte trasera del edificio donde vivo. 

Lo que veo a mi alrededor es mi vida cotidiana. El lugar donde tantas veces nos sentamos a tomar café, o esperamos un pedido de comida, donde hacemos las compras. Cuento 25 pasos desde la entrada del bar y ése es el lugar exacto donde saco una bicicleta para moverme por Tel Aviv.

Y por las noches, a mi balcón llegan las voces y las risas de los bares y pubs de la cuadra.

Unos metros hacia el sur está el centro comercial, Dizengoff Center, con su custodia en la entrada. Tres cuadras hacia el norte está la comisaría del barrio. Esta calle -Dizengoff entre Gordon y Frishman -estaba completamente libre, expuesta, llenas de jóvenes en las veredas, de gente que va y vuelve de trabajar, vecinos que en las mañanas leen el periódico en los cafés de la cuadra y muchos turistas. Seguramente mientras todos nosotros estábamos distraídos viviendo la rutina cotidiana, el terrorista estudió este panorama y planeó sus pasos.

En Tel Aviv no hace ni frío ni calor, hace miedo. Porque el terrorista sigue suelto, armado, envenenado por el odio y la locura extremista. Entre nosotros.
Milagrosamente, o por casualidad, nos fuimos a pasar el fin de semana largo lejos del ruido de Tel Aviv. Y ahora ya nada es lo que fue. Regresé y mi barrio es “la escena del crimen” y la vida intenta regresar a ésta que al parecer ya no será “la ciudad que no descansa”.

Por eso, ahora están limpiando las ruinas del pub “Hasimtá”. Las velas y las flores fueron colocadas en un rincón especial, para intentar reconstruirlo. “En los próximos días abriremos nuevamente”, me dice el dueño del sitio, que no quiere ni puede hablar más…

En Tel Aviv hay incertidumbre, desconcierto. Nadie sabe qué nos deparará el futuro, cómo será la vida cotidiana a partir del día después. Y aunque sea excepcional, vale la pena relatar todo esto en primera persona, como un intento de reflejar qué sucede en cualquier lugar – de Israel y del mundo – cuando de pronto irrumpe la barbarie terrorista.

Para que alguien entienda que aquí no hubo “un tiroteo”, como les gusta escribir a algunos medios. No fue un intercambio de disparos, sino un asesino apuntando a gente inocente y desarmada. No hubo un “supuesto atacante”, ni víctimas “presuntamente asesinadas”. Las familias lloran dolor real e irreversible. Los heridos sufren y llevarán por el resto de sus días secuelas verdaderas. El trauma se quedará instalado en la vida de muchas personas.

Porque – más allá del conflicto, de la política, de acuerdos y desacuerdos – la sangre que corre por las venas de los israelíes heridos y que corría por las de las víctimas de la calle Dizengoff, de Jerusalem o de Hebrón, es exactamente igual a la de aquellas víctimas en cualquier otro lugar a las que a nadie se le ocurre llamar “supuestas” y por las que el mundo se espanta, se moviliza y se rasga las vestiduras.

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