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“Nos integramos a Mi Refugio, no una sino dos veces”

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 Itongadol.- La historia de Viviana Reichstein simboliza el nivel de apertura de Mi Refugio. Por medio del programa Sumate, todos los integrantes de nuestra comunidad tienen la posibilidad de asistir a este country.

En busca de sostener y afianzar su identidad judía, desde hace dos meses Mi Refugio lleva adelante el programa “Sumate” para que cualquier familia que concurra a templos, centros culturales, o escuelas afiliadas a la DAIA, puedan acceder de forma gratuita a las instalaciones y actividades de este country, ubicado a solo 40 minutos de la Capital Federal. Pero estas facilidades en términos económicos se combinan con las sociales, pues la comunidad de este country se encuentra desde siempre muy abierta a la recepción de nuevos integrantes. Fue el caso de Viviana Reichstein, contadora y madre de cuatro hijos, que desde su ingreso a Mi Refugio a mediados de la década del noventa, pudo integrarse en dos oportunidades a esta institución, formando actualmente un círculo social al que define como sus “amigos íntimos”.

Según sostiene, la clave pasa por “lo super-sencilla y abierta que es la gente de este country”, ya que “es posible incorporarse a cualquier deporte o ámbito recreativo y nadie te va a mirar mal, tenés que ser muy especial para no poder sumarte a ningún grupo, porque con solo un poco de ganas se te abren todas las puertas sociales y de las actividades”.

Fue su caso, luego de haber pasado por dos instituciones sociodeportivas de la comunidad, donde ni ella ni su marido podían incluirse ni entretenerse. “De Mi Refugio apenas conocía a una tía y a un amigo de mi marido, pero así y todo nunca habíamos ido, hasta que finalmente nos animamos a probar”, cuenta, con lo que junto a su esposo y sus dos pequeños hijos alquilaron una casa, sin conocer mucho de la gente y de las actividades de este country. Viviana recuerda que “el primer fin de semana me la pasé metida en la casa con mis hijos de uno y dos años, pero a la semana siguiente, me toca el timbre una conocida de mi barrio, con quien hasta ese momento solo nos cruzábamos circunstancialmente en el gimnasio cercano a mi casa. Esta chica tuvo una actitud muy abierta y positiva, y me invitó a una clase de gimnasia en el country, tras lo cual me incorporó a su grupo, mientras que mi marido comenzaba a encontrarse con personas a las que conocía por su actividad comercial”. Viviana remarca de todas formas que esa situación fortuita debería ser habitual entre miembros de la comunidad ya que “en mi caso se dio la casualidad del gimnasio, pero cualquier persona que se maneje en ámbitos comunitarios posiblemente tenga algún conocido que venga a Mi Refugio, así que no sería nada raro que se conozca a alguien, por lo menos tangencialmente”. Así, señala que al poco tiempo “teníamos como la vida resuelta, con un sólido grupo de amigos, mucha vida social y actividades, pero en 2001 se vino la debacle. Esta amiga se va a vivir a Miami, otro se hace religioso y se marcha a otra comunidad, una pareja se separa, y otras venden sus casas, por lo que nuestro círculo social se desarmó completamente, y volvimos a quedar solos”.

Fue entonces cuando Viviana volvió a experimentar la apertura social del country. “Yo estaba embarazada de mi última hija y buscaba una nueva actividad para realizar tras su nacimiento. Algo que me impactó fue el baile, así que en cuanto pude me dirigí al grupo, al principio con mucha vergüenza ya que no conocía a nadie y bailaba mal, por lo que me iba bien atrás. Pero al cabo de unas semanas una de las chicas me comenta que por las noches se suelen juntar a cenar con sus maridos, y me invita a que vaya con mi esposo. A mi me parecía una situación algo incomoda, ya que apenas las conocía de vista, pero mi marido insistió en ir, y fue la mejor decisión, porque la pasamos bárbaro, y siendo ya adultos con hijos, conocimos a personas que hoy son íntimos amigos, así que puedo decir que nos integramos no una sino dos veces”, remarca, acotando que en unas horas todos ellos irán a su casa de capital para celebrar juntos el Shabat.

Según remarca, el country es “súper recomendable” para parejas con hijos chicos, ya que “los fines de semana los tenes resuelto a nivel familiar, deportivo, y social”. De hecho, durante muchos años su familia solía estar junta todo el fin de semana, pero ya con tres de sus cuatro hijos en edad universitaria, sostiene que si bien continua haciendo vida familiar, como por ejemplo los asados del domingos, la misma esta determinada por las diferentes actividades de sus hijos, que también concurren al country pero lo combinan con sus obligaciones de estudios, trabajo u otras actividades personales.

En su caso, suele salir los sábados temprano a trotar por los senderos rodeados de amplios espacios verdes que posee el country, salvo en los días lluviosos, cuando opta por el gimnasio. Por la tarde, concurre a los grupos de baile, tras lo cual toma clases de yoga, aunque resalta que “lo fundamental es lo social, es todo un ritual que incluye una merienda con todas las chicas cada sábado en diferentes casas, donde la verdad es que nos morimos de risa”. Los domingos, también hace la actividad de running, con su grupo de entrenamiento y los profesores del country.

“Tenemos puesta la camiseta de Mi Refugio -concluye-, al punto que entre 2001 y 2006 vivimos allí, fue una hermosa experiencia que solo interrumpimos porque los chicos eran mas grandes y ya querían moverse mas autónomamente en capital, pero siempre recuerdo esos años con mucho afecto, y por suerte los sigo vivenciando cada fin de semana”.

Quienes deseen interiorizarse sobre la original propuesta del proyecto “Sumate” para asistir a Mi Refugio, pueden comunicarse al 4295-8550 Int. 2 o bien enviar un mail a proyectosumate@countrymirefugio.com

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