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A la luz del menorah de la Casa Blanca

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A la luz del menorah de la Casa Blanca

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Por Jeff Jacoby*
La séptima noche de Hanukkah de 1944, mi padre estaba en Auschwitz. Había sido deportado con sus padres y cuatro de sus cinco hermanos al campo de exterminio nazi ocho meses antes; por Hanukkah, sólo mi padre estaba vivo aún. Ese año no encendió ninguna luz de Hanukkah. En Auschwitz, donde cualquier cosa y todo se castigaba con la muerte, cualquier judío sorprendido practicando su religión podía contar con ser enviado a las cámaras de gas, o fusilado inmediatamente.

Al igual que las demás fiestas judías, Hanukkah era elegida deliberadamente con frecuencia por los nazis como ocasión para matar judíos. En Cuentos hasídicos del Holocausto, el historiador Yaffa Eliach recuerda una de esas matanzas:

Los hombres elegidos fueron despachados al exterior. Efectivos de las SS aguardaban con porras de goma y herramientas de hierro. Golpearon, machacaron y torturaron a las inocentes víctimas. Cuando el cuerpo torturado ya no respondía, se utilizaba el revólver. (…) La brutal masacre continuó en los exteriores de los barracones hasta el ocaso. Cuando [los nazis] se fueron, dejaron atrás montones con cientos de cadáveres torturados y retorcidos.

La séptima noche de Hanukkah de 2007 yo estuve en la Casa Blanca. El presidente y la primera dama han convertido en tradición anual celebrar una comida de Hanukkah además de las fiestas de Navidad acostumbradas de la Casa Blanca, y mi esposa y yo fuimos honrados con una invitación a la recepción de este año.

Fue un evento agradable y festivo en todos los sentidos. También fue inconfundiblemente judío, desde el generoso buffet preparado en una cocina de la Casa Blanca de manera meticulosamente kosher hasta las canciones hebreas interpretadas por Zamir Chorale, pasando por varios cientos de invitados procedentes de todos los ámbitos de la comunidad judía americana. Hubo hasta un espontáneo servicio de oración en el Salón Verde, donde en un momento dado alrededor de dos docenas de invitados se congregaban para el Ma’ariv, la oración judía de la noche. Todo esto en una Casa Blanca exquisitamente adornada para la Navidad y ocupada por un presidente que es cristiano devoto. Es difícil imaginar un ejemplo más convincente de la cultura norteamericana de tolerancia y libertad religiosas.

Al caer la tarde había tenido lugar el encendido de la menorah en el vestíbulo de la Casa Blanca. Hanukkah conmemora la victoria de los judíos en una lucha que tuvo lugar hace mucho tiempo por preservar su identidad religiosa frente a un Gobierno opresor decidido a borrarlos del mapa. El presidente Bush habló de la lucha por la libertad religiosa que tiene lugar ahora. «Al encender las velas de Hanukkah este año – dijo – rezamos por aquellos que aún viven bajo la sombra de la tiranía».

Pasó entonces a describir el encuentro privado que había tenido ese mismo día con un reducido grupo de inmigrantes judíos en Estados Unidos. «Muchos de estos hombres y mujeres han huido de la opresión religiosa de países como Irán, Siria o la Unión Soviética», dijo Bush. Entre los asistentes se encontraba Ruth Pearl, natural de Bagdad, que tenía 15 años cuando su familia –al igual que tantas otras familias judías del mundo árabe– fue obligada a huir de Irak.

Su marido, Judea, y ella, padres del periodista del Wall Street Journal asesinado Daniel Pearl, acudieron a la Casa Blanca con su menorah familiar, que el tatarabuelo de Daniel, Chayim, se había llevado con él al escapar de Polonia con destino a Palestina en 1924. Daniel fue asesinado en el 2002 por terroristas islamistas en Pakistán; su único crimen, observó Bush, «fue ser judío americano, algo que Daniel Pearl nunca negaría».

Auschwitz, Bagdad, Polonia, Pakistán: en tantos lugares, a lo largo de tantas generaciones, ser judío ha significado ser oprimido, aterrorizado y excluido. Más que la mayoría de los pueblos, los judíos saben lo que significa ser una minoría odiada y perseguida. Y por eso tienen más razones que la mayoría para estar profundamente agradecidos a Estados Unidos y sus bendiciones. Este país es lo que los sabios judíos llamaban malchut shel chesed, una nación benévola y generosa. En la larga historia de los judíos, Estados Unidos ha sido un asilo prácticamente sin igual. En ninguno de sus éxodos los judíos han conocido tanta libertad, paz y prosperidad.

Así que la semana pasada di un paseo por la Casa Blanca, mirando los retratos de anteriores presidentes y primeras damas y escuchando a la banda de los Marines tocar I have a little Dreidel. A la luz del menorah de la Casa Blanca pensé en mi padre y en la inimaginable distancia desde el infierno que él conoció en 1944 hasta este lugar cálido y alegre dónde me encontré en el 2007. Me embargó una sensación de gratitud tan intensa que durante un momento estuve demasiado emocionado para poder hablar. Ser americano y judío es realmente ser bendecido dos veces.
*Jeff Jacoby, columnista del Boston Globe.
libertaddigital

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