Itongadol/Agencia AJN.- (Por Nahum Barnea – Ynet News) Netanyahu había dado su consentimiento; Sinwar, bajo la presión de Qatar en Doha y de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) sobre el terreno, también había dado el suyo; el control del Corredor de Filadelfia, que Netanyahu había presentado como una cuestión existencial, se había resuelto mediante un acuerdo creativo que incluía sensores y un compromiso egipcio; las FDI necesitaban desesperadamente una tregua; el equipo negociador israelí había respaldado firmemente los esfuerzos y el Foro de Familias de Rehenes y Desaparecidos se había movilizado para ayudar. Para el 27 de julio de 2024, todo se había desmoronado.
Un aumento del benceno cerca de las refinerías de Haifa obliga a cerrar dos escuelas; se insta a los residentes a limitar la exposición al aire libre.
No todos los detalles del acuerdo se hicieron públicos. En los márgenes de las negociaciones había varios elementos personales de interés público. Para facilitar que Netanyahu aceptara el acuerdo, el Foro de Familias de Rehenes y Desaparecidos se puso en contacto con Karim Khan, el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya. La función de Khan era solicitar que se retirara el pedido al tribunal de emitir órdenes de arresto contra Netanyahu y el entonces ministro de Defensa, Yoav Gallant.
Una posibilidad de ese tipo existe si se considera que una persona sospechosa de cometer crímenes de guerra está trabajando en favor de la paz. Al mismo tiempo, además de los israelíes, se había solicitado al tribunal que emitiera órdenes de arresto contra Sinwar, Mohammed Deif e Ismail Haniyeh. Para mantener el equilibrio, el acuerdo debía cancelar también esas órdenes.
¿Por qué Khan aceptó eliminar la amenaza que pesaba sobre Netanyahu y Gallant? Un israelí involucrado en el proceso señala que otra amenaza se cernía sobre el propio Khan: una empleada de la corte lo había acusado de acoso sexual. Khan suponía que detrás de la denuncia podía haber una mano israelí, quizás la del Mossad. Si liberaba a Netanyahu y Gallant de las órdenes de arresto, la denuncia desaparecería en un instante.
Khan, que había visitado las comunidades cercanas a la frontera con Gaza a principios de diciembre de 2023, aceptó escuchar más testimonios de sobrevivientes de la masacre. El Foro de Familias de Rehenes y Desaparecidos organizó su traslado a La Haya.
Pero las negociaciones fracasaron. No podían haber tenido éxito porque contenían un defecto de origen: el jefe del Mossad, David Barnea; el responsable de los asuntos de rehenes de las FDI, Nitzan Alon; y el jefe del Shin Bet, Ronen Bar, que encabezaban el equipo negociador israelí, veían cada problema como un obstáculo que debía superarse. Netanyahu, en cambio, veía cada problema como una bendición, un regalo que le evitaría tener que llegar a un acuerdo.
En esencia, Netanyahu y Hamás jugaban al mismo juego. Él y ellos se comportaban como el novio de un viejo chiste judío que, la noche de bodas, exigía que desvistieran por completo a la novia. Una vez que ella estaba desnuda, expresaba: ‘‘No me gusta su nariz’’
Los rehenes pagaron el precio: algunos con sus vidas y otros con otro año de sufrimiento terrible en los túneles.
¿Por qué importa esto ahora? Porque deja expuesto el proceso de toma de decisiones del gobierno saliente. En cada etapa de las negociaciones, alguien de la oficina de Netanyahu se aseguraba de informar en secreto al ministro de Finanzas Smotrich. Este irrumpía en reuniones a las que no había sido invitado o convocaba una conferencia de prensa para amenazar con hacer caer al gobierno si se firmaba un acuerdo. El ministro de Seguridad Nacional Ben-Gvir lo seguía inmediatamente con una amenaza similar.
Netanyahu les explicaba a los estadounidenses que debían entender que no tenía mayoría en la Knesset (Parlamento) para aprobar el acuerdo y que no podía permitir que su gobierno cayera.
A medida que salen a la luz más detalles de esta saga de tres años, queda cada vez más claro que la reiterada crisis de la coalición israelí era mentira, una puesta en escena dirigida a los responsables de seguridad de Israel y al gobierno de Biden.
Smotrich no hubiera abandonado el gobierno en medio de la concreción de su visión mesiánica en Judea y Samaria (Cisjordania). Ben-Gvir tampoco se hubiese ido, por la misma razón por la que un gato no se aleja de un plato de comida hasta no terminarlo.
Netanyahu no les obedecía, los utilizaba.
Si Smotrich y Ben-Gvir no fueron la razón por la que fracasó el acuerdo, ¿cuál fue? Solo puedo especular.
En primer lugar, el momento. El acuerdo propuesto llegó demasiado tarde para los rehenes y sus familias, pero demasiado pronto para Netanyahu. Al primer ministro le resultaba difícil aceptar un acuerdo que se interpretaría como el fin de la guerra apenas nueve meses después de la masacre. Los israelíes, incluidos sus propios partidarios, habrían preguntado qué había pasado con la victoria total.
En segundo lugar, el acuerdo le resultaba demasiado conveniente. Le habría costado explicar cómo había conseguido un indulto para sí mismo en La Haya junto a los asesinos del 7 de octubre y al fiscal Khan.
En tercer lugar, aquel julio el panorama en Estados Unidos empezaba a despejarse. Biden se había visto obligado a abandonar su candidatura a la reelección y Trump había aceptado reconciliarse con Netanyahu después de dos años y medio de distanciamiento.
Netanyahu no estaba dispuesto a firmar un acuerdo sobre los rehenes que fortaleciera a Biden y Harris. Para octubre de 2025, con Trump en la Casa Blanca, Netanyahu ya no tenía margen de negociación en Estados Unidos ni aliados. Se vio obligado a decir que sí.
Puede decirse a sí mismo que la espera valió la pena. Durante ese período, Sinwar, Deif y Haniyeh, sus compañeros en la lista de personas contra las que se habían solicitado órdenes de arresto en La Haya, fueron asesinados. Trump fue elegido presidente y aceptó atacar a Irán, y quizás vuelva a hacerlo en el futuro.
Es cierto que no se alcanzó ninguno de los objetivos de la guerra. También es cierto que la posición de Israel en el mundo se deterioró drásticamente. Pero ¿por qué ponerse quisquillosos?
‘‘No nos rendiremos’’ es el lema electoral del Likud, acompañado de una imagen del líder generada por inteligencia artificial, mirando hacia su derecha y ligeramente hacia abajo, en dirección a los israelíes atrapados en el tránsito de la autopista Ayalon.
Netanyahu recorrió un largo y amargo camino desde la promesa de ‘‘victoria total’’ en 2024 hasta la promesa de ‘‘no nos rendiremos’’ en 2026. Prometió un knockout y terminó conformándose con un empate. Y arrastró al país con él en cada paso del camino.
Israel and Hamas agreed on a hostage deal in 2024, but Netanyahu let it die

