Por Hernán Felman
El escándalo que provoco la película NAZA en el festival de Venecia, salió de proporciones y se han escrito ya millones de palabras al respecto.
Yo no innovaré mucho sobre todo lo escrito sobre ello, no tengo dudas que esta película pueda ser descripta como un “pigua hasbarati”, un daño a la posición del Estado de Israel y al pueblo judío que no será fácil reparar con mil explicaciones de nuestra parte.
Lo que más me molesta al respecto no es la película, solo basada en testimonios dudosos o falaces de gente anónima que difaman al ejército de Israel, al proceso de tomas de decisión, y las consecuencias colaterales que acciones militares provocan. Lo que más me afecta es centralizar nuestras protestas en las personas de los directores de esa película, Rachel Szor y Yuval Abraham.
Estos dos sujetos representan una minúscula parte de la sociedad israelí, que tiene representación también en unos pocos judíos o ex israelíes que deambulan por el mundo con sus mismas ideas. Aquellos mismos que siempre se ven a sí mismos como víctimas de la soberanía judía, como culpables del antisemitismo, hoy disfrazado de antisionismo.
Si solo renunciáramos a un Estado judío democrático en el Medio Oriente, todos los problemas serían solucionados. La paz reinaría en la zona y el odio a los judíos se convertiría en la paz y armonía bíblica de la vida del cordero junto al lobo… (Isais 11:6).
Nuestra ira no debe ser hacia los dos productores de la película. Esos serán rápidamente olvidados o en el peor de los casos recordados como los “capos” de los campos de concentración de los nazis de la Segunda Guerra Mundial, aquellos que entregaron a sus hermanos pensando que con ello salvarían su pellejo.
Nuestra ira debe ser enfocada hacia aquellos que en su corrida para conseguir más votos en las próximas elecciones son capaces de decir que el ejército de Israel asesinó a niños para su satisfacción. Sí, me refiero a Yair Golan, el líder del partido democrático, que según las encuestas puede llegar a recibir 10 mandatos a la Knesset.
Me niego a normalizar dichas expresiones, me niego a aceptar que alguien que expresa dichas calumnias pretenda ser parte de cualquier gobierno de Israel.
Estoy firmemente en contra de todo extremismo. Sin lugar a duda también estoy en contra de los extremistas de derecha, aquellos que también agregan su aporte a la debilidad de la posición israelí en el mundo. Pero también estoy en contra de aquellos que se esconden detrás del “derecho de expresión” para expresar sus difamaciones.
Para ser claro, debo expresar que mi opinión sobre las guerras es clara: la guerra es un verdadero asco. Nada convertirá a la guerra en algo deseable.
En la guerra mueren inocentes, niños, mujeres no involucradas, sobre todo mueren aquellos que fueron usados como escudos humanos por los terroristas que saben ocultarse en hospitales, escuelas y mezquitas con el solo objeto de aumentar las cifras de dichos muertos.
Estoy seguro de que Tzahal, el ejército de Israel, es el más moral del mundo y que hace más de lo posible para no afectar a población civil no involucrada de acuerdo con las más estrictas normas del derecho internacional.
Israel se ve envuelto en una guerra que ya lleva más de 100 años con diversos intervalos de tiempo que no modifican la situación. Puedo profetizar que no mejorará en el futuro próximo y no tan próximo…
Las guerras que lucha Israel nos son impuestas por los extremistas árabes y por el apoyo de la opinión pública del mundo que se empeña en no entender nuestra posición y nuestro derecho a una vida soberana en nuestra histórica tierra.

