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Que la república se mueva inquieta para que las víctimas en paz descansen, por Waldo Wolff

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 Itongadol.- En aquellos días inmediatos a su muerte solía decir que se comportaron como si lo hubiesen querido matar, antes, y después, como si lo hubiesen hecho.

Erróneamente el periodismo estos días suele preguntarme si considero que la denuncia del fiscal debe ser reabierta. La pregunta es incorrecta. La denuncia debe abrirse y no reabrirse, ya que el juez Daniel Rafecas desestimó la denuncia in limine, por considerar que, al no estar vigente el memorándum, no podía existir el accionar de delito.

Cualquier vecino de bien a quien la policía le toca el timbre ante la denuncia de que tiene un cadáver en su jardín abre la puerta e invita a la comitiva a que lo requise. Si es que no está el cadáver, claro, y si es que el honor integra su lista de escala de valores. Caso contrario, busca a un abogado de traje caro que procure encontrarle algún defecto de forma a la orden de allanamiento. Los denunciados por el fiscal Alberto Nisman buscaron inmediatamente un abogado de traje caro. Y siempre hay alguien bien predispuesto a cumplir con ese trabajo.

Este paralelismo muestra mi concepción de que al fiscal Nisman lo mataron y que tengo claramente identificados a los poderosos sospechosos, que son, en definitiva, quienes deberían presentarse en la Justicia a intentar limpiar su nombre. Si quieren y, por ende, puede ser limpiado, claro.

El vergonzoso memorándum de entendimiento firmado entre mi país y la República Islámica de Irán, acusada por nuestra Justicia, reconocida por Interpol de ser responsable del peor atentado terrorista perpetrado en nuestro suelo en su historia, que dejó 85 víctimas fatales, en estos días cayó por haber desestimado este Gobierno su apelación.

Los espías a quienes les asistía la obligación de callar hasta hace unos días tienen ahora obligación de contar todo lo que puedan aportar para resolver la causa Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA)-Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), la firma del memorándum como herramienta de encubrimiento y la muerte del fiscal Nisman. Los nervios han vuelto a aparecer en algunas almas que por este tiempo se muestran definitivamente inquietas.

Lo que viene es dotar a la nueva Secretaría dirigida por el doctor Mario Cimadevilla de los recursos necesarios para ir al hueso y trabajar en unificar criterios entre todas las fuerzas políticas para evaluar la implementación de un proyecto de ley de juzgamiento en ausencia que contenga la causa AMIA-DAIA y las futuras causas posibles que alberguen a quienes se refugien en los beneficios de una ley que, cuando fue creada, no contemplaba la gimnasia de la impunidad.

A la brevedad la Justicia debe expedirse respecto de la manoseada muerte de un fiscal de la república que a estas horas ya muchos tenemos la certeza de que fue objeto de un magnicidio.

Y por último, me honra que nuestro Gobierno le haya transmitido finalmente de manera formal el pesar y el acompañamiento a su familia, con el lógico gesto de recibir a sus hijas. Que para muchos son como propias, incluso sin conocerlas. Era una asignatura pendiente y las formas en muchos casos, como en este, hacen al fondo de las cuestiones.

Días antes del entierro del fiscal Nisman, su familia me hizo una de las invitaciones más honrosas que me tocó transitar. Me invitó a dirigir unas palabras el día de su sepultura. Mientras escribía aquel mensaje, fueron muchos quienes trataron de interceder para ver cuál sería el tenor de mi mensaje.

Entre medio de intimidaciones, amenazas y hostigamiento oficial a mi familia y a mí, lo guardé bajo siete llaves. No se lo mostré a nadie. La noche del velorio me acerqué a su madre —a quien hasta ese entonces no conocía personalmente— para transmitirle que era a ella y a su hija, la hermana de Alberto, a las únicas que les mostraría lo que había escrito, ya que lo último que quería era que existiera la posibilidad de que yo dijese algo que incomodase a la familia. Metí la mano en el bolsillo del corazón de mi saco en el cual tenía las hojas y le dije a la madre: "Quiero que usted vea lo que escribí para leer mañana, señora". Ella puso su mano sobre mi saco, lo cerró y me dijo: "No, señor Wolff, diga lo que tiene que decir".

Ahí comprendí una vez más que en momentos cruciales de la vida como el que me toca vivir, ahora siendo parte de esta historia, al igual que lo hizo el fiscal cuando denunció la connivencia del poder con el encubrimiento del peor atentado sufrido por mi país en su historia, que arrojó el irreparable saldo de 85 víctimas fatales, uno no debe hacer ni lo que puede, ni lo que quiere: uno debe hacer lo que se debe o no debe hacer nada.

Que la república se mueva inquieta para que las víctimas en paz descansen.

El autor es diputado nacional por Cambiemos. Ex vicepresidente de la DAIA.

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