Itongadol/AJN.- En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 hubo un estallido de violencia contra los judíos en todo el Tercer Reich: Alemania, Austria y los territorios de la entonces Checoslovaquia dominados por los nazis.
Organizado como una espontánea reacción de furia al asesinato de Ernst vom Rath, un diplomático de la embajada alemana en París, estuvo planificado hasta el último detalle.
El ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, y otros jerarcas nazis utilizaron ese crimen como pretexto para efectuar un ataque sincronizado a la comunidad judeoalemana que no se había ido -o no había podido hacerlo- pese a las persecuciones y leyes raciales surgidas a partir de que el genocida Adolf Hitler asumió como canciller federal, el 30 de enero de 1933.
El 28 de octubre de 1938, el gobierno alemán dispuso la expulsión a Polonia de 17.000 judíos de ese origen, que las autoridades del otro país no aceptaron, por lo cual quedaron varados a la intemperie, pese al clima adverso, en la frontera entre ambas naciones por más de una semana, hasta que finalmente Varsovia accedió al ingreso de 4.000 de ellos.
El resto fue enviado a los campos de concentración ya existentes.
Se les había ordenado partir la noche anterior y solo se les permitió llevar una valija con efectos personales, ya que el Reich les incautó sus propiedades y el resto de sus pertenencias, muchas de las cuales se las apropiaron sus vecinos no judíos.
Herschel Grynszpan, un joven de 17 años que vivía en París, hijo de una familia que se encontraba en esa “tierra de nadie”, ingresó el 7 de noviembre a la embajada alemana, le disparó a quien lo atendió y le ocasionó graves heridas.
Vom Rath murió el 9 de noviembre.
La reacción en Alemania fue inmediata: se intensificaron las restricciones a los judíos -por ejemplo, la circulación de revistas, diarios y periódicos comunitarios-; se suspendieron por tiempo indefinido las actividades culturales y se les prohibió a los niños judíos asistir a escuelas estatales.
Pero lo peor estaba por venir, pues no bien se conoció la noticia de la muerte de Vom Rath, Goebbels incentivó a los líderes locales del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores) y las SA (Sturmabteilun; Grupos de Asalto), especialmente de Hesse-Cassel, Múnich y Hanover, que ordenaron atacar al anochecer batei kneset (sinagogas), negocios, casas e instituciones judías, los cuales fueron incendiados y destrozados (foto).
Al trascender los hechos, se fueron repitiendo en todo el territorio del Tercer Reich: se destruyeron 1.574 sinagogas, casi todas las existentes, y más de 7.000 comercios, se profanaron decenas de cementerios judíos y el número de heridos y muertos es incierto, pero las estimaciones que se realizaron los calcularon en un centenar.
Mientras esto ocurría, las fuerzas policiales y los bomberos permanecían impasibles, en cumplimiento a rajatabla de las órdenes recibidas.
A la mañana siguiente, unos 30.000 judíos fueron detenidos e internados en campos de concentración, a la vez que al resto se los obligó a limpiar y reparar los destrozos y se consideró culpable a toda la comunidad de haber generado la violenta reacción alemana al asesinato de von Rath, por lo cual se les impuso una multa de mil millones de reichsmarks.
Los nazis denominaron “Kristallnacht” (Noche de cristal, pero en español se popularizó como “La noche de los cristales rotos”) al inmenso pogrom debido a la cantidad de vidrios esparcidos por el suelo como consecuencia de las innumerables vidrieras que sus hordas destruyeron al atacar los comercios judíos.
Este nombre les servía a los nazis para ocultar el verdadero accionar de los activistas regimentados, que mientras la turba rompía las vidrieras y se llevaba lo allí expuesto, incendiaban y destrozaban propiedades, quemaban sinagogas y profanaban cementerios.
Los medios periodísticos difundieron lo ocurrido, y mientras la España franquista lo justificó, otros países lo condenaron y, por ejemplo, los Estados Unidos retiraron a su embajador en Berlín.
Concluida la Segunda Guerra Mundial se comprobó que el mismo Hitler estuvo implicado en la planificación de lo ocurrido esa noche, y posiblemente quien mejor definió lo ocurrido fue Hermann Göring, quien luego de la imposición de la millonaria multa dijo que no le “gustaría ser judío en Alemania”.
Días atrás, la actual canciller federal de la República Federal de Alemania, Angela Merkerl, afirmó que ese pogrom forma parte de “la fase más oscura de la historia alemana”, a la vez que reconoció que el antisemitismo no se erradicó y que hoy en día “no puede haber una institución judía sin protección policial” en ese país.
También sostuvo que es necesario no olvidar los crímenes del nacionalsocialismo y que la prevención y el recuerdo son importantes para cuando ya no queden testigos presenciales de las violaciones de los derechos humanos en el Tercer Reich y la Shoá.
Algunos historiadores consideran que la barbarie de la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 respondió a la intención de los nazis de que todos los judíos se fueran del territorio que dominaban, mientras que otros opinan que fue el inicio del genocidio.
En tanto, el Museo del Holocausto/Shoá de Buenos Aires aseguró recientemente que “la Kristallnacht fue un punto de inflexión en la política judía del gobierno nacionalsocialista”, ya que “marcó la escalada de una violencia retórica antisemita y una legislación discriminatoria en un ataque físico, directo y brutal a los judíos de Alemania”.
“Esta violencia habría de culminar con el exterminio sistemático de los judíos que habitaban veinte países de Europa durante la Segunda Guerra Mundial”, concluyó el texto alusivo.