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El Fallecimiento de Gilbert Lewi Z´L

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Nuestro homenaje difundiendo un texto de Gilbert Z´L.

Gilbert Lewi Z´L : «Quiero dedicar estas palabras a la memoria de mis padres, que fueron sobrevivientes de la Shoá»

Discurso pronunciado por el Dr. Gilbert Lewi

Iom Ha Shoa

¿Qué significa un ejercicio de la memoria en torno a la Shoá, después de Pésaj y antes de Iom Haatzmaut? Por qué plantearlo así, con en este encuadre significativo para la identidad del ser judío contemporáneo? La Shoá, debe considerarse dentro de un contexto histórico, a la luz, o mejor aún, en las tinieblas en que tuvo lugar.

Para formular algunas hipótesis, necesito apoyarme en valores, en el capital que cada judío guarda dentro de sí, lo sepa o no, tenga conciencia de él o no la tenga.

Dependerá no de las circunstancias que puedan disparar su identidad oculta y de la transmisión genética de aquello oculto, tapado, negado, desperdiciado, por la asimilación, el consumo, la dictadura del mercado, la globalización, la apetencia del poder y sus complicidades por encima de la propia identidad u otros traumas de la época que nos toca vivir.

Me apoyo en Pésaj por la libertad en tanto atributo de la condición humana de la vida, por las maneras personales que elijamos para enfrentar las esclavitudes que nos azotan, esperando que alguna vez, nos podamos decir con suficiente convicción:

«Sólo nos inclinaremos ante El».

Y me apoyo en Iom Haatzmaut que celebra, ni más ni menos, el retorno a la Tierra Prometida, la concreción de un sueño de más de 2000 años. El retorno a Sion cuya existencia y eternidad deseamos proteger, por encima de cualquier condicionamiento político o ideológico.

Israel carece de futuro sin los judíos de la Diáspora y, al mismo tiempo, la vida judía no tiene futuro alguno sin la existencia, sin la independencia del Estado de Israel.

Entonces, a partir de estos sostenes, quiero resignificar algunos aspectos de la Shoá. A partir del horror, del acontecimiento más siniestro de la historia, la reconstrucción de la vida, con el reencuentro en la pequeña tierra judía que rodea a Jerusalem.

El pueblo judío fue asesinado seis millones de veces.

Bruno Zevi, fue una figura legendaria en la comunidad judeo-italiana.

En torno a la experiencia de lo inhumano, a los campos de exterminio nazis, a la organización metódica, fríamente calculada en todos sus detalles particulares, desde el asesinato en masa a la precisa tecnología de las líneas de montaje de la muerte, sostiene: «La barbarie prevaleció en el mismo terreno del humanismo cristiano, de la cultura renacentista y del racionalismo clásico», es decir, las características del terreno cultural en que se produjo y del que se pudo alimentar.

Para ser más preciso: la Shoá se produjo en el centro de la civilización europea.

Ser culto y ser un atroz genocida no se contradicen. Son parte de lo que es capaz el hombre, cuando los valores humanos han sido sepultados en el ejercicio del poder dogmático.

Es el único caso, en la historia del hombre, donde los campos de exterminio no eran clandestinos; no lo necesitaban.

A 400 metros de Birkenau, vivían vecinos; Maidanek estaba instalado en las afueras de Lublin.

Los nazis instalaban sus fábricas de muerte, la industrialización del asesinato en la masa, con el beneplácito mayoritario de la población no judía que, de inmediato, ocupaban las casas vacías.

En 1976, se publicó un libro estremecedor, con testimonios de sobrevivientes de la Shoá. El libro se llama, precisamente «El sobreviviente: una anatomía de la vida en los campos de muerte» de Terence Des Press.

Uno de sus capítulos «La violación excrementicia» lo traduce la querida Diana Wang y lo incluye como apéndice de su propio testimonio sobre la Shoá. Es difícil leerlo. Por momentos se torna imposible.

Hablo tan sólo de su lectura, tan difícil que nos permite comprender el silencio por años de los sobrevivientes y el pudor como atributo que los concierne.

En la introducción, podemos leer «Los prisioneros fueron sometidos sistemáticamente a la suciedad»…

«Fueron blanco deliberado de violaciones excrementicias con el objetivo de la completa humillación y degradación de los prisioneros». Cuando las víctimas reconocían esta violación, resistían. Esta resistencia incluía el énfasis en el intento, a pesar de las dificultades en permanecer limpios. Era la diferencia entre aferrarse a anclas de dignidad que permitían seguir con vida y el rendirse, que tenía por conclusión la muerte.

En una conferencia de trabajo, en el verano del 76, con la presencia del autor y la de Elie Wiesel, entre otros, al comentar este capítulo del libro de Des Press, uno de los asistentes comenta:

«Nunca en mi vida usé la palabra «mierda», pero Terence Des Press la usa de tal modo, que se ha vuelto una palabra sagrada».

De cara a la Shoá, entre otras preguntas lacerantes e imprescindibles uno podría interrogarse a si mismo, en otros términos;

¿Afectó la vida cotidiana de la mayoría de la gente, de la población civilizada (entre comillas) de Europa, los testimonios de judíos geniales como Einstein, Freud, Kafka, Marx o las revoluciones culturales del Dadaísmo y el Surrealismo, que en estos días podemos ver en Buenos Aires, como aporte del Museo de Arte de Israel, o la revolución estética urbana para humanizar el hábitat del hombre, propuesta por Le Corbusier, o Gaudi? ¿Produjo algún cambio profundo en las conductas de la gente para atenuar la discriminación, el odio al distinto, y las lacras del hombre y la falta de trabajo?

Creo que no.

Creo que «La metamorfosis» de Kafka, la transformación del hombre en un insecto, entonces y ahora, tiene plena vigencia.

Todo judío, lo sepa o no, lleva inscripto en su bagaje genético, ghettos, persecuciones, discriminación y la tragedia de la Shoá.

En la Biblia, nos recuerda Héctor Yanover, poeta y librero entrañable, que Dios es el Dios de los vivos, no de los muertos. En el prólogo de «EL pueblo judío asesinado» de Katzenelson, agrega a propósito de la Shoá, que estos asesinatos forman parte de nuestro estar vivos. Así como Pésaj nos recuerda que fuimos esclavos y que la libertad es un bien a ganar todos los días, estos muertos somos nosotros día por día. Olvidar es olvidarnos, mantener este recuerdo vivo es mantenernos vivos, defender nuestra vida día por día.

Es fácil darse cuenta –continúa Yanover- porque los nazis de hoy aseguran que esto no sucedió, que el holocausto es un fruto de la imaginación, porque en su sano juicio nadie puede aceptar que todo un pueblo haya salido a la caza del otro para asesinarlo. Es del hombre el dar testimonio. Lo es también el darlo a conocer. Aunque no haya lectores, la palabra debe dar testimonio.

En este contexto, aparece con energía inconmesurable, el segundo sostén que he mencionado. La celebración de Iom Haatzmaut, un día después de Iom Hazicarón. No hay casualidad alguna. A 24 horas del ejercicio de la memoria por aquellos que defendieron la Tierra del Pueblo judío, celebramos su independencia, como acto sublime de creación para la vida judía.

En este mundo globalizado por las denominadas dictaduras del mercado, por el hambre, por la creciente pobreza transformadora en lento y seguro genocidio de los unos para con los otros. En la culta Europa, donde se entonan los versos de Sciller en la Novena de Beethoven aparece, recreado en proporciones gigantescas, la lacra del antisemitismo.

En Alemania, en Austria, en Italia, en Francia, en España, ha tomado una dimensión peligrosa para el destino humano.

En los congresos contra la globalización y el hambre en el mundo, celebrados recientemente en Davos, en Porto Alegre y en Bombay, se utilizó este nobel ideario para que nutridas delegaciones de palestinos, árabes y sectores de la izquierda, atacaran la existencia de Israel y equipararan al sionismo con imperialismo y discriminación.

Esgrimieron la perversa coartada de criticar el actual gobierno del Estado para propiciar que se arrojen a los judíos habitantes de Israel al Mediterráneo. Más allá de las críticas que pueda merecer cualquier gobierno en cualquier lugar del mundo, a nadie se le ocurrió hasta ahora, que debería desaparecer el propio país.

Aclarémoslo de una vez por todas; a ningún habitante del planeta se le ocurrió que debería desaparecer la Argentina durante la dictadura que padecimos.

Pero con Israel es distinto.

Se sostiene oculto, una fuerte dosis de antisemitismo.

La otra circunstancia trágica en Medio Oriente, la fomenta el terrorismo fundamentalista. Los jóvenes transformados en bombas.

Una paráfrasis siniestra del heroísmo, que elige la muerte propia y el asesinato de sus supuestos enemigos.

Creo que cada uno de nosotros conoce bastante bien todos estos episodios. En estos momentos, conocerlos no alcanza. Debemos defender activamente la existencia del Estado de Israel, mucho más allá de los gobiernos de turno y de su evaluación circunstancial, porque cada ataque a Israel, es un ataque a cada uno de nosotros.

La enseñanza, la didáctica de la Shoá, es en realidad un gigantesco ejercicio de la resistencia para preservar la dignidad del pueblo judío y su derecho a la vida.

Los poemas, dibujos, cartas, testimonios, canciones y partituras de Terezin, los heroicos levantamientos en Varsovia, Loodz o Treblinka, la participación judía en los movimientos de resistencia, debemos incluirlos junto a la lucha del sionismo durante décadas, macabeos contemporáneos encabezados por Teodoro Herzl –hoy a cien años de su muerte- que gestaran un verdadero movimiento de emancipación nacional, en todas las diásporas, para retornar a la Tierra Prometida.

Así como Pésaj en tanto ejercicio de la libertad, forma parte de las raíces judías que nos conciernen como tal, del mismo modo y con idéntica categoría de materia prima de nuestra entidad, deberíamos incorporar a Israel y al sionismo actualizado como parte irremplazable de nuestra herencia milenaria.

En 1945, al término de la 2ª. Guerra Mundial, David Ben Gurión se encontraba en Londres. La gente cantaba y bailaba en las calles por esta circunstancia. Ben Gurión dijo que no tenía nada que festejar porque el pueblo judío había sido asesinado en Europa.

Tres años después, el pueblo judío concretaba la estoica lucha del sionismo y la enseñanza trágica de la Shoá, creando el Estado de Israel.

Tres años después un gigante llamado David, un viernes 14 de mayo de 1948, a las 4 de la tarde, víspera de Shabat, proclamaba el Estado de Israel. En su declaración, hay un párrafo que sus enemigos han olvidado por completo: «Ofrecemos la paz y la amistad a todos los estados vecinos y a sus pueblos y los invitamos a cooperar con la nación judía independiente para el común beneficio de todos».

Bien sabemos que horas después de semejante declaración, cinco ejércitos regulares árabes trataron de destruir el Estado recién nacido.

En estos momentos, con otros acontecimientos de los que tenemos noticias día a día, la mayoría de ellas incompleta, tergiversada y parcial, aún sin réplica seria de nuestra parte, Israel está en peligro.

Defender a Israel es defender nuestra continuidad y es, por cierto, defender a la humanidad de su propio salvajismo y barbarie. Es poner en resguardo los valores del pueblo judío para con la vida propia y de nuestros semejantes.

Hoy, que recordamos Iom Hashoá, el compromiso por la existencia del Estado judío nos involucra a todos.

La esperanza de los seis millones asesinados en la Shoá, es una transmisión explícita por la defensa de la vida. Es evitar el actual y creciente aburguesamiento de la condición judía, transformada en indiferencia, en asimilación, en miedo o en que aquello que es lejano no nos concierne.

Nos reunimos hoy para recordar los hechos ocurridos, para honrar a nuestros mártires, para rendir tributo a nuestras comunidades judías hermanas, muchos de cuyos hijos llegaron a estas tierras salvándose del horror y decididos a construir una nueva vida.

Pero también nos reunimos hoy para formular advertencias, para alertar a propios y a extraños, para despertar conciencias dormidas, para denunciar a aquellos que desde distintos ámbitos, y en distintos idiomas, pretender emular las palabras de odio que llevaron al exterminio de 6 millones de nuestros hermanos.

La DAIA nacida precisamente en momentos que el nazismo iniciaba su criminal accionar en Europa y que contaba con la entusiasta colaboración de hombres y mujeres de nuestro país, ha tenido y tiene la responsabilidad de denunciar y luchar contra todo acto que avasalle la dignidad de nuestra comunidad.

Como cada año, renovamos nuestra exigencia de justicia por los atentados contra la Embajada de Israel y contra la sede de AMIA y DAIA; no claudicaremos en nuestra lucha y en todo foro nacional e internacional contaremos de la ineficiencia del Estado argentino, de su indolencia por la muerte de sus hijos e hijas, por la indiferencia ante el hecho de haberse atacado su soberanía.

No cesaremos en la búsqueda de la verdad y que los responsables materiales e intelectuales sean juzgados y encarcelados.

Denunciamos los intentos de los nazis vernáculos, que pretenden obtener la personería política, como si fuera un partido de la democracia, cuando su objetivo es destruirla.

Nuestro país ingresó en el año 2000 como miembro pleno al GRUPO DE TRABAJO SOBRE COOPERACIÓN PARA LA EDUCACIÓN, REMEMORACIÓN E INVESTIGACIÓN DEL HOLOCAUSTO, integrado por los principales países del mundo. Hoy aquí decimos que pese a nuestros permanentes reclamos, la Argentina está en mora. No nos detendremos , no nos desilusionaremos, y seguiremos aportando nuestro trabajo para que la educación de la Shoá, su investigación y su conmemoración en todo ámbito público, sea una realidad y un deber de todos, no sólo de los judíos.

Abogamos por la implementación activa de políticas de estado destinadas a estudiar el fenómeno del antisemitismo y la discriminación en nuestro país, y advertimos:

la discriminación no es un problema de quien la padece, es una desgracia de la sociedad que la genera.

Exigimos que al igual que en otros países, la figura del antisemitismo sea incorporada explícitamente en la legislación penal, como así también la negación del holocausto como un delito.

En este mundo que nos tocó vivir, ser judío debe ser siempre una militancia.

Lo contrario de la memoria no el olvido, es la indiferencia.

Quiero dedicar estas palabras a la memoria de mis padres, que fueron sobrevivientes de la Shoá.
Hagshamá

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