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Gustavo Daniel Perednik

LA ANSIEDAD REDIVIVA
Gustavo Daniel Perednik

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Grandes hombres que habían abandonado el judaísmo terminaron retornando a él debido a la hostilidad del medio. Casos prominentes fueron el padre del sionismo moderno y el del neokantismo, Teodoro Herzl y Hermann Cohen respectivamente. Cohen inició en 1879 la senda de reencuentro con sus raíces debido a la publicación de un panfleto antijudío del historiador Heinrich von Treitschke. Éste definió a la judeofobia como una «reacción brutal pero natural del sentimiento nacional alemán contra un elemento foráneo», y acuñó el brutal lema que ulteriormente fue favorito del nazismo: «Die Juden sind unser Ungluck!» (los judíos son nuestra desgracia). No inventó el odio mas le otorgó legitimidad académica: la judeofobia ya no era percibida en Alemania como un fenómeno del vulgo enardecido.
El tono personal de la respuesta de Cohen (Una confesión sobre la cuestión judía) admite que «aunque había creído en la posibilidad de la integración, ahora retorna la antigua ansiedad.»
La ansiedad ha hecho metástasis y cada vez embarga a más judíos: convencidos ingenuamente de que la obsesión europea por vivir en un mundo sin Israel estaba en vías de desaparición, ahora reparan en su infausto error.
El impulso para destruir el Estado judío (el único de los 192 Estados del orbe que padece tamaña amenaza) no ha reculado; irrumpe hoy con mayor prestigio, y anuncia la destrucción como al heraldo de una era de paz (omiten que dicha campaña civilizadora deberá pasar por la muerte de varios millones de hebreos).
La violencia que en 1938 emanaba desde Berlín justificada en la ideología de una raza superior, emana en 2007 desde Teherán bajo el credo de una religión superior. Raza y religión tienen en común ser cortinas de humo para el ansia de imponerse por la fuerza en el mundo entero. Frente a ese ímpetu devastador, una Europa claudicante nuevamente se entrega en el altar del apaciguamiento.
El régimen del terror iraní renedó las dos noches nazis que consolidaron su poder: la «Noche de Cristal» en los atentados en Argentina (1992 y 1994), y la «Noche de los Cuchillos Largos» (30-6-34) en el momento en que venció Ahmadineyad (24-6-05) a la considerada «línea moderada» (en términos islamistas, es tan «moderada» como fueron dentro del nazismo las SA frente a las SS).
No existe régimen más primitivo que el régimen iraní en su maltrato de la mujer, violación de derechos humanos, fundamento teocrático, prácticas de amputaciones, decapitaciones y lapidaciones. Sin embargo, la maquinaria de represión es ocultada una y otra vez por supuestos «progresistas» que en mayor o menor medida lo defienden. No les importa que en Irán están prohibidas por ley las relaciones extramatrimoniales, los «desvíos sexuales» y la libertad de expresión. Asistimos pues al teatro del absurdo en el que mucha gente apoya a un sistema que los metería en la cárcel.
Así una delegación de judeófobos argentinos acaba de viajar a Irán para expresar su solidaridad precisamente con el régimen que perpetró los mentados atentados en Buenos Aires. Los traidores a la patria son un ilustre trío conformado por un ex diputado, un líder pendenciero y un cura, quienes para canalizar su odio se asocian a la teocracia contra la que la Justicia argentina tiene pedido de captura. En 800 páginas de sólidos fundamentos dicho dictamen muestra la responsabilidad de los ayatolás en el terror que cobró más de un centenar de vidas argentinas.
Pero los proislamistas argentinos derraman supina ignorancia. Uno del trío declaró en Teherán que «hay en Irán medio millón de judíos» (sic); otro insiste en que Ahmadineyad nunca negó el Holocausto. Ninguno leyó jamás el dictamen contra Irán y saltean las numerosas pruebas que contiene. Los tres engañando a la opinión pública al repetir una y otra vez que «la Justicia argentina se basa en declaraciones confusas de iraníes mentirosos» o, más previsiblemente para su mentalidad conspiracional, que «la Justicia argentina responde a los intereses de la CIA y del Mosad».
Acaban de entregar al canciller del islamo-fascismo Mottaki un documento de apoyo a los ayatolás frente a las demandas de la ONU (a fin de febrero Irán rechazó el ultimátum de la Organización Internacional de Energía Atómica que le exigía interrumpir su plan nuclear).
Más grave aún es que a esta morralla tripartita se ha sumado la adhesión pública de nombres que confunden por su supuesta vocación de justicia. Una es la empresaria de los derechos humanos Hebe de Bonafini. Aunque se sabía de sus velidades terroristas desde que apoyara los atentados del 11-9-01, podría suponerse que por ser mujer reflexionaría en la opresión que contra sus pares ejerce el régimen troglodita. Pero la terrorista Bonafini opina que los ayatolás no lo son.
Con ella, firman la adhesión al medioevo supuestos intelectuales que, à la Treitschke, otorgan legitimidad a la corriente que brega por borrar a Israel del mapa. Entre los agresores Osvaldo Bayer y los cineastas Fernando Solanas y Alejandro Fernández no falta el apellido judío, honor que en esta ocasión recayó en el dramaturgo Eduardo Pavlovsky.

Antisionistas e idiotas útiles

El antisionismo militante de la Europa suicida viene convocando a apellidos judíos para intentar impedir que se revele su judeofobia. Ocultan de este modo que ser antisionistas es precisamente el modo actual del odio. La judeofobia de hoy no arremete contra la religión o la fe del pueblo judío, sino contra su Estado. La versión medieval aspiraba a remover al judío de la sociedad, la contemporánea intenta aislar a su Estado de la familia de las naciones. Israel es censurado como ningún otro país, el único en ser rutinariamente vilipendiado de «nazi». Y el quid no pasa por cuánto sea criticado, sino por la exclusividad y el desproporcionado ímpetu de esa «crítica». La característica primordial de la judeofobia es su obsesión, que cabe ejemplificar con un par de ejemplos recientes personificados en sendos fiscales, uno venezolano y otro ruso.
El primero, Maikel Moreno exigió (29-11-04) que se allanara la única escuela hebrea de su país. El abortado plan de Chávez era apropiarse de la escuela israelita de Caracas y anunciar de ese modo el principio del fin de un siglo de activa y creativa vida judía venezolana.
Medio año antes el Fiscal del Estado Ruso, Vladimir Ustinov, ordenó la investigación del Shulján Aruj, el código judío de leyes que el rabino José Caro, nacido en Toledo, terminó de compilar en el año 1542 en la ciudad de Safed, en Israel. Ustinov citó a declarar al rabino de Moscú Zinovy Kogan, a fin de que Rusia determinara si el código judío debía prohibirse.
El cinismo de la agresión no consistía en que se revisaran libros de hace medio milenio, sino que se revisaran exclusivamente libros judíos. Si la iniciativa inquisitorial de Ustinov hubiera abarcado el Nuevo Testamento, el Corán, la Patrística, la charía, y la literatura venerada por religiones mucho más grandes y poderosas que la judía, los oscurantistas podrían notar que en todos esos volúmenes puede reconocerse «incitación» contra otras religiones.
Paralelamente, el cinismo de Chávez no consistía en revisar una escuela en busca de explosivos, sino en que la única en ser revisada era la escuela judía.
La obsesión de Jimmy Carter no es que denuncie violación de derechos humanos, sino que sólo la explore en Israel. La de Maruja Torres no es que exalte los defectos del país hebreo, sino que encuentre privativamente en ellos la razón de la violencia en un Oriente Medio estancado en la opresión y la misoginia.
Para enturbiar su judeofobia estos autoproclamados «progres» convocan apellidos judíos, provistos en general por personas carentes de todo vínculo con el judaísmo, para quienes ser ahora antiisraelíes constituye una autojustificación retrospectiva: ¿cómo podríamos querer seguir siendo judíos cuando los israelíes son tan atroces?
Algunos de esos intelectuales judíos, como en la Alemania del nazismo, caen en la patología del autoodio y cada vez más desembozadamente anuncian «estar orgullosos de avergonzarse de ser judíos».
La ansiedad retorna. La diferencia entre la situación de 1938 y la de 2007 es que la idea nazi durante el primero (un mundo sin judíos) era menos aceptada de la propuesta islamista de hoy (un mundo sin Israel).
Es cierto que no estamos solos: hay grupos que no vacilan en defender a Israel en esta hora de prueba, también en España. Así, José María Aznar viene insistiendo desde la FAES en que «invocar la destrucción de Israel no puede quedar impune» y que defender al Estado judío en estos críticos momentos significa defender la supervivencia del mundo occidental de derechos humanos ante la agresión islamista que pretende retrotraernos a la Edad Media.
Otra notable iniciativa es la AGAI, la recientemente creada Asociación Gallega de Amistad con Israel, cuyo presidente, el vigués Pedro Gómez-Valadés, está siendo asediado por los más retrógrados del Bloque Nacionalista Gallego. Aliados del islamofascismo se han propuesto expulsarlo de su partido debido a la herejía prosionista en la que ha incurrido. Como Chávez, quien en nombre del progreso sostiene que la suya y la iraní son «una misma revolución»; acaso se apresta a legalizar en Venezuela la poligamia, la amputación de los ladrones, la legitimidad de golpear a las mujeres y la supremacía del Corán que ciertamente estaba en el proyecto liberador de Simón Bolívar. Se trata en efecto de una verdadera re-volución: una vuelta al pasado más sanguinario.
Y el peligro no se circunscribe a Venezuela. Mahdi Mostafavi, subsecretario iraní de Asuntos Exteriores acaba de anunciar apertura de embajadas de los ayatolás en Uruguay. Chile, Colombia, Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Hispanoamérica se islamoamericaniza mientras su madre patria coquetea con el Islam.
Victoriosos contra el genocida que amenazaba desde Persia, hemos festejado Purim en Jerusalén. El genocida retornó dos mil milenios después, y la antigua ansiedad está rediviva y doble: como occidentales, porque preferiríamos no vivir gobernados por la charía islámica y, específicamente como israelíes, porque, si pudiéramos, escogeríamos no ser borrados del mapa.
Fuente: El Catoblepas

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