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Una Historia Judaica, entre la Shoá y el Estado de Israel

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 Itongadol.- El protagonista de este relato contó que cuando murió su padre, en 1995, a los 86 años, su madre le regaló su reloj, un Patek Philippe de oro de 18 quilates guardado en su caja roja adornada con letras de oro, el único objeto costoso que su padre se había comprado en toda su vida.

Cuando Itzhak era chico eran muy pobres, compartían un pequeño departamento de una habitación en un barrio pobre de Haifa con otra
familia, se alimentaban con los huevos y la mantequilla que había en esa época de racionamiento. Cuando cumplió trece años, había mejorado la situación económica de la familia. Su padre, una persona modesta y humilde los sorprendió a todos cuando se compró ese reloj de oro.

"Después de los 120" solía decirle con orgullo "este reloj será tuyo". Cuando recibió el legado de su padre en 1995, tuvo la sorpresa de
encontrar, escondida entre los pliegues del folleto de la garantía, una diminuta fotografía amarillenta de dos hermosas jóvenes. Él no las conocía y la madre no pudo decirle nada sobre ellas. Se dio cuenta que su padre había querido que encontrara las fotos a pesar de que no pudo comprender la razón. Ese fue un misterio que solo pudo resolver 17 años después y entonces pudo comprender el significado que había tenido esa foto en la vida de su padre y en la suya.

Su padre era uno de 10 hermanos, se crió en Krasnik, un pueblo cerca de la ciudad polaca de Lublin. Sus padres eran ricos, tenían un gran molino de granos de kashe. Pertenecían a la dinastía jasídica Gur, y el nombre de su padre fue tomado del Sefat Emet, de uno de los grandes líderes de este movimiento. Durante la Shoá, cuando tenía cerca de treinta años, su padre fue trasladado al brutal campo de trabajo Budzin, cerca de Lublin, donde sobrevivió haciéndose pasar por un carpintero. En mayo de 1944, el campo fue cerrado y los prisioneros fueron llevados al campo de exterminio de Majdanek. Ocultándose en una zanja, su padre escapó de esta marcha de la muerte y se escondió con los partisanos en el bosque durante el resto de la guerra.

Cuando la guerra terminó, su padre volvió a Narutowicza, la calle de su ciudad natal de Krasnik, pero no encontró sobrevivientes. Sus padres, abuelos, y todos sus hermanos, a excepción de una hermana y un hermano, que habían emigrado a Palestina antes de la guerra, habían sido asesinados. Dejó Krasnik atrás y se trasladó a Alemania, donde conoció a su madre y se casó con ella en el sombrío campamento de personas desplazadas en 1947. Hay una sola foto arrugada, en blanco y negro de su boda. Nadie está sonriendo. Ni las personas, ni los padres de su madre (que se salvaron de la deportación a Siberia), ni siquiera la novia y el novio.

Sus padres se fueron a Eretz Israel inmediatamente después de la boda. En cuestión de meses, su padre fue reclutado por el ejército israelí recién formado y se desempeñó como operador de mortero en Galilea durante la Guerra de la Independencia de Israel. Más tarde, cuando él era un niño, supadre se aseguró de mostrarle los campos de batalla en la antigua ciudad de Tzfat y en los kibutzim de Dan y Dafna. Le encantó escuchar sobre el puente que se construyó sobre el río Banias en una larga noche oscura bajo el fuego enemigo. Para él, el puente se convirtió en un símbolo de su valiente lucha para sepultar su pasado con su la nueva vida en Israel.

En Haifa, su padre era dueño de un absorbente negocio de productos al por mayor. Cada mañana, se levantaba las 2,30 de la madrugada para hacer su camino desde la sección Hadar de Haifa al mercado por mayor Tenuva, cerca del puerto. Incluso en los muy calurosos días de verano, cuando lastemperaturas eran muy altas, su padre llevaba un sombrero de paja.

Amaba enormemente a su madre y fue un devoto esposo y padre. Rara vez castigaba a sus hijos, estaba muy orgulloso de ellos que llevaban el nombre de su padre y de su bisabuela materna, ambos fueron asesinados en el Holocausto.

Rara vez hablaba de la Shoá. Sin embargo, recuerda cuanto se sorprendieron una noche en que su padre estaba enfermo y con mucha
fiebre y comenzó a cantar "Es brent briderlej, es brent" de Mordechai Gebirtig. Este poema fue escrito en respuesta al pogromo de 1936 contra los judíos en el shtetl de Przytyk:

Se quema, hermanos, se está quemando!
Nuestro pobre shtetl está ardiendo ,
Rugientes vientos están avivando las llamas salvajes
y furiosamente lagrimeo,
destruyen y tiran todo.
A su alrededor, todo se está quemando
Y de pie solo miras,
con las manos juntas …
Y estás parado y solo miras así,
Mientras arde nuestro shtetl.

Su padre era bajo pero fuerte, e incluso a los 70 años, ganaba fácilmente todos los torneos de pulseadas. Era gentil y amable y habitualmente silencioso. Hablaba poco de su pasado, guardaba igualmente silencio sobre sus dificultades y años de lucha en el naciente Estado de Israel, y se cerraba herméticamente sobre los años de la Shoá. Después de su retiro, su padre montó un estudio de carpintería en un refugio antiaéreo sin ventanas.

Usando las habilidades que desarrolló en el campo de trabajo, talló pájaros de madera de olivo. Yo sé por qué le gustaba esculpir aves. Tienen alas.

Cuando recibió el reloj de su padre, estaba desconcertado por la foto amarillenta escondida dentro de la caja. Sintió que había heredado una parte del Sancta Sanctorum de su padre, de su ser más íntimo. Pero su madre no quiso, o no pudo responder a sus preguntas sobre la foto.Con un profundo respeto por ella decidió mantener el pacto de silencio que había guardado su padre. El también quise permanecer en silencio durante un tiempo.

Después de la muerte de su madre, en el 2008, les mostró la foto misteriosa a varios familiares sobrevivientes lejanos, que no podían
identificar a las mujeres. Decidió entonces dirigirse a buscar en los registros on line recientemente disponibles en Yad Vashem, el memorial de la Shoá que alberga una gran base de datos de las víctimas y sobrevivientes. Se sorprendió muchísimo al descubrir una imagen digital de una tarjeta manuscrita escrita por su padre para los archivos de Yad Vashem, en la década de 1950, y un segundo registro presentado por una persona desconocida, documentando el asesinato de una mujer llamada Jaia Holzberg Goldberg y sus dos hijas, de Krasnik, durante el Holocausto. Había descubierto que varios Holzbergs, primos hermanos de su padre, a quien había conocido brevemente décadas atrás, aún vivían y residían en Nueva York.

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En un emotivo encuentro donde se reunieron con toda su familia, nietos incluidos, se quedaron asombrados al enterarse de que Jaia, la hermana menor de Jack Holzberg se había casado con su padre (de quién también era prima) antes de la guerra. Con lágrimas en los ojos, Jack señaló a la mujer de la derecha de la foto de la caja del reloj de su padre: "Es mi hermana", dijo.

Se enteró de que Jaia y su padre tenían dos hijas, Jaia y una niña recién nacida, un bebé todavía sin nombre. Poco después del nacimiento de esta beba, los nazis buscaron el refugio de la familia en Krasnik. Cuando comenzó a llorar, una mano colocada sobre la boca del bebé para amortiguar el sonido, ahogó a la niña, causándole accidentalmente la muerte antes de que sus padres pudieran nombrarla en la sinagoga. Jaia enterró a su hija recién nacida en el cementerio en una tumba sin nombre.

Jack recuerda a su hermana contándole que a la noche siguiente tuvo un sueño, donde su madre le aseguró que la niñita muerta estaba "con ella".

Poco tiempo después, la familia fue capturada por los nazis. Su padre fue trasladado a Budzin, pero su esposa Jaia y su hija Java de 7 años de edad, fueron gaseadas en Majdanek.

Al igual que otros sobrevivientes de la segunda generación, nunca supo nada de la vida de su padre antes de la guerra, y también por eso no pudo comprender la magnitud de sus devastadoras pérdidas. Su fortaleza en mantener aislada y protegida a su nueva familia de los horrores que lo atormentaban, provenían del valor y la resiliencia que lo llevaron a mantener esta conducta que a su hijo le produjo una profunda admiración y cariño y que sintió que ojalá hubiera podido decírselo.

Su hija dio a luz a una niña a la que le puso el nombre Jaia. El llamó a su primo Jack para contárselo. El lloró. Su padre hubiera estado orgulloso.

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