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Interpretaciones de la Hagadá de Pésaj – Doron Almog

Por Gustavo Beron
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Itongadol/Agencia AJN.- La memoria humana es el elemento definitorio más importante de nuestra existencia como seres humanos. Si borramos nuestra memoria, no podremos decir quiénes somos, qué hemos sido y qué estamos destinados a ser. En este sentido, la declaración narrativa de la Hagadá de Pésaj —“Y le contarás a tu hijo en ese día”— es, en realidad, un imperativo existencial. Asegura nuestro futuro de generación en generación al inculcar el ethos de la independencia: la transformación de una nación de esclavos en un pueblo que “habita seguro”.

Pero ¿qué ocurre si es tu hijo quien no sabe cómo preguntar? O quizás, como Eran, nuestro hijo, nacido con un daño cerebral severo y que en sus 23 años nunca pronunció una sola palabra. La respuesta de la Hagadá: “debes comenzar por él”.

No dice “debes avergonzarte de él”, ni “debes aislarlo” ni “debes excluirlo”. Por el contrario, la Hagadá nos instruye: siéntalo en la mesa en la noche del Séder, él es parte de nosotros. En otras palabras, nuestra responsabilidad también es incluir a los más débiles, a los más vulnerables de nuestro mundo. Ábrele una puerta a la esperanza.

Los Cuatro Hijos de los que habla la Torá —el Sabio, el Malvado, el Simple y el que No Sabe Preguntar— son una representación metafórica de toda la nación, desde los jóvenes hasta los mayores. Comienza con el Sabio, dotado de capacidades excepcionales; continúa con el Malvado, que desafía constantemente el camino recto; sigue con el Simple, el ingenuo; y concluye con el que No Sabe Preguntar, que depende por completo de nuestra gracia. Este cuarto hijo encarna, más que ningún otro, la falta de independencia y una dependencia total de la misericordia de los demás.

El concepto “Y recordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto” aparece repetidamente en la Biblia. La obligación de la memoria es una herramienta central para moldear la herencia y, junto a ella, está el estado de esclavitud: la ausencia absoluta de independencia personal. De esto podemos aprender que el rol y la presencia del “que No Sabe Preguntar” es servir como nuestro “Pilar de Nube” moral.

Él es quien nos brinda perspectiva en la vida, recordándonos en cada momento cuán preciosa es esa “independencia” con la que él no fue bendecido. Es quien nos habla en un silencio ensordecedor: “No juzgues a tu prójimo hasta haber llegado a su lugar”.

Un individuo así es el más fácil de maltratar, marginar y privar. Y, sin embargo, su sola presencia tiene el poder de elevarnos a la forma más alta de heroísmo: el heroísmo de dominar nuestras propias inclinaciones. Porque aunque aparentemente no posee poder propio, su existencia es la prueba definitiva de nuestra humanidad y de nuestra responsabilidad mutua.

Él encarna, más que ningún otro, la condición de esclavitud; por lo tanto, cuanto más hacemos por él, más demostramos ser dignos de la independencia. Cuanto más actuamos en su favor, mayor es nuestra fortaleza espiritual para ser garantes los unos de los otros. Cuanto más hacemos por él, más profundo será nuestro amor por la humanidad: la fuerza más grande de todas para asegurar nuestra independencia colectiva.

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