Israel no necesita que todos los judíos vivan en el mismo lugar. Necesita que sean fuertes y estén conectados por la identidad y un sentido de propósito compartido.
Itongadol/Agencia AJN.- (Por Oded Revivi* – The Times of Israel) En una columna reciente publicada antes del Día de la Independencia de Israel, el periodista Hagai Segal argumentó que los judíos estadounidenses que deciden no emigrar a Israel están, en efecto, fallando a una obligación central del sionismo.
La frustración de Segal refleja un sentimiento compartido por muchos israelíes. En un país fundado sobre la visión del “reagrupamiento de los exiliados”, es natural esperar que los judíos de todo el mundo eventualmente hagan de Israel su hogar.
Esa frustración es comprensible. Pero la conclusión no lo es.
Se basa en un supuesto que merece un examen más profundo: que el futuro del pueblo judío depende de su concentración en un único centro geográfico, y que la vida judía fuera de Israel es inherentemente una forma inferior de compromiso.
La historia judía sugiere lo contrario
Durante largos períodos, el pueblo judío no existió en un solo centro, sino en varios. En la antigüedad, la vida judía se desarrolló simultáneamente en la Tierra de Israel y en Babilonia. Esto no fue un fracaso temporal para cumplir un ideal, sino una realidad estable y creativa. Textos e instituciones fundamentales surgieron fuera de la Tierra de Israel y moldearon la vida judía durante siglos.
Este patrón continuó a lo largo de generaciones. Las comunidades judías en España, Europa Central y Oriental, y más tarde en América del Norte, se convirtieron en centros vibrantes de vida intelectual, cultural y comunitaria. La fortaleza del pueblo judío no radicó en la uniformidad geográfica, sino en la capacidad de mantener una identidad compartida en distintas sociedades y contextos políticos.
En la era moderna, el judaísmo estadounidense desempeña un papel particularmente significativo. No es simplemente un reservorio de potenciales inmigrantes no realizados. Es un socio estratégico. Su influencia en la vida pública estadounidense, junto con sus contribuciones a la academia, la cultura, la filantropía y la defensa pública, fue un componente importante de la resiliencia y el posicionamiento internacional de Israel.
Las comunidades de la diáspora también formaron parte del esfuerzo más amplio que hizo posible la creación de Israel en 1948. La relación siempre fue recíproca. Israel es un centro de la vida judía, pero no el único.
Como alguna vez sugirió David Ben-Gurión, no todos los judíos deben vivir en Israel, pero todos deben permanecer conectados con él. La formulación exacta puede debatirse, pero la idea subyacente es clara: la conexión importa tanto como la ubicación.
Nada de esto disminuye la importancia de la inmigración a Israel. Elegir construir una vida en el Estado judío sigue siendo un compromiso significativo y admirable. Pero no es la única medida de conexión o responsabilidad. En actualidad, el compromiso puede adoptar muchas formas: apoyo político, inversión económica, intercambio cultural, educación y vínculos personales sostenidos.
Por eso, presentar a los judíos de la diáspora como desleales o deficientes no solo es inexacto, sino contraproducente. No fomenta la cercanía y corre el riesgo de alejar aún más a las comunidades en un momento en que la conexión es más importante que nunca.
Por supuesto, existen desafíos reales. En partes de la diáspora, la identidad judía se está debilitando, y la crítica a Israel a veces es intensa e inquietante. Estas tendencias merecen atención. Pero la respuesta debe centrarse en el compromiso en lugar del juicio. Las relaciones más fuertes se construyen mediante el diálogo, los proyectos compartidos y el respeto mutuo.
En este espíritu, extendería una invitación a Hagai Segal y a otros a visitar el Museo del Pueblo Judío en Tel Aviv (ANU). Una de sus exposiciones centrales cuenta la historia del pueblo judío como una civilización de múltiples centros: Jerusalem y Babilonia, España y Ashkenaz, Oriente y Occidente. Presenta una conversación de larga data que tuvo lugar a lo largo de los siglos entre Israel y las principales comunidades de la diáspora de cada época. Esa conversación no siempre estuvo marcada por el acuerdo, pero siempre se sostuvo por un profundo sentido de conexión.
Israel no necesita una diáspora más débil, aquí o en otros lugares. Necesita una diáspora fuerte, conectada por la identidad y por un sentido de propósito compartido. La pregunta no es por qué no todos vienen. La pregunta es cómo seguimos siendo un solo pueblo, incluso cuando no vivimos en el mismo lugar.
La fuerza del pueblo judío nunca provino de un único centro, sino que lo hizo de la capacidad de sostener la complejidad, de gestionar el desacuerdo y de construir puentes entre distintos mundos. Eso no es una debilidad. Es la esencia de su fortaleza.
*: Oded Revivi es director ejecutivo del ANU y coronel de la reserva de las Fuerzas de Defensa de Israel. De 2008 a 2024 fue jefe del consejo local de Efrat.

