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El reloj de Al-Aqsa. Por León Halac

Por M S
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‘‘Si todos los demás aceptaran la mentira impuesta por el Partido, si todos los registros contaran la misma historia,  entonces la mentira pasaría a la historia y se convertiría en verdad’’, George Orwell, *1984*.

Itongadol.- Había una vez un viajero que olvidó su reloj en la mesita de noche de un hotel en Oriente Medio. Pasaron más de diez años. Regresó al mismo hotel y reconoció al viejo dueño, que llevaba puesto su reloj. Era el mismo reloj, pero ahora tenía una correa nueva.

– Ese reloj es mío —dijo con esperanza.

-Es mío, dijo el hotelero, imperturbable.

– ¿Desde cuándo? preguntó el viajero.

– Desde que un camello alado con cara humana me lo entregó una noche, volando sobre el patio. Su nombre era Albarq, relámpago.

El viajero sonrió, no podía creer el relato, pero el hotelero no sonrió. Pasaron algunos segundos y el viajero repitió:

—Pero el reloj es mío.

Un religioso del barrio que observaba la disputa se acercó y confirmó el relato de su amigo, el hotelero:

Sí dijo, hay una tradición, transmitida de generación en generación, aunque no escrita en los primeros tiempos, según la cual ciertos relojes descienden sobre las muñecas de los justos por mediación de Albarq, el camello alado iluminado.

El viajero pidió pruebas. Le respondieron que dudar de la tradición era una ofensa a la fe de todo el barrio. Mientras tanto, otros religiosos, de otros barrios, se sumaron a la confirmación, no porque hubieran visto al camello, sino porque negar la historia del vecino podía poner en duda la propia tradición.

Pero la historia necesitaba algo más para prevalecer: legitimidad institucional. Todos debían respetar la existencia de Albarq y no dudar, como hacía el viajero incrédulo.

Y entonces ocurrió lo inevitable: los organismos encargados de resolver disputas sobre patrimonio, tradiciones y relojes —organismos creados para votar, no para investigar— incluyeron el asunto en su agenda y, reunidos en asamblea, votaron:

El reloj pertenece, de hecho, a quien lo lleva puesto.

El portador se transforma en su propietario original. No preguntó por el fabricante ni por la factura de compra, nadie pidió el número de serie. Se votó.

A nadie le sorprendió que aquel criterio solo valiera para algunos relojes.

El viajero, aún perplejo por la decisión, observaba el cielo desde la ventana de su habitación. Quizás Albarq no era una leyenda después de todo; sin embargo, en lugar de un camello volando por el cielo, lo único que vio fueron escombros en el patio trasero del hotel.

Su instinto lo impulsó a acercarse y apartarlos, hasta que, entre los restos, halló la correa original del reloj: gastada pero auténtica.

No movió la correa de su sitio. Sería su prueba irrefutable, al día siguiente, cuando los miembros de los organismos vinieran a inspeccionar.

Mientras el viajero regresaba a su habitación, vio una sombra escabullirse.

Al día siguiente los escombros ya no estaban, alguien los había removido. La explicación fue sencilla: debían reforzar las estructuras del hotel.  El viajero dudó: ¿después de más de diez años?, ¿justo esa noche?

Entonces recordó la sombra y entendió.

Las evidencias ante los organismos internacionales de nada sirvieron, pesaba más el relato del camello con alas.

Y tal como se había votado una vez, se volvió a votar en la siguiente sesión, y en la siguiente, citando cada vez la resolución anterior como si fuera una prueba irrefutable. Hasta que decenas de resoluciones se amontonaron unas sobre otras, cada una más certera que la anterior sobre algo que ninguna había demostrado jamás.

Entonces, el hotelero —ya convertido en realidad tangible— hizo lo que toda historia necesita para sobrevivir al escrutinio: limó la marca original del mecanismo. Ya no era posible leer el nombre del fabricante, el país de origen ni la fecha grabada en el reverso. «Un efecto del desgaste», explicó, y le dio un nuevo nombre: Sa’at al-Yad al-Aqsa,  (El reloj de pulsera más lejano).

Para ratificar su fe ciega denominaron al muro de ingreso a la ciudad Albarq, lo que también fue aprobado por los organismos internacionales, desplazando el nombre original.

El viajero, ya a solas, intentaba explicarse lo sucedido: ¿podía el organismo votar sobre esto? ¿Puede un voto sustituir la evidencia que la cuestión exige? Un nombre que evocaba una distancia mítica, un destino sagrado al que se llegaba tras un vuelo de una sola noche.

A partir de entonces, siempre que alguien lo mencionaba, ya fuera el guía turístico, el diplomático o el cartógrafo que trazaba el mapa del barrio, lo llamaba simplemente Sa’at al-Yad al-Aqsa, sin darse cuenta de que, al nombrarlo así, ya habían aceptado —sin cuestionarla jamás— toda la historia que el nombre llevaba consigo.

Mientras tanto, el viajero seguía explicando en cada asamblea que el reloj llevaba su nombre grabado en lugares que aún no habían sido completamente borrados, incluso mientras presentaba el recibo de compra y el certificado de garantía que guardaba por costumbre.

Pero para entonces, la sala ya estaba inmersa en un debate sobre si era políticamente conveniente siquiera escuchar esa parte de la historia. También recordaban que «dudar de la tradición era una ofensa a la fe de toda la comunidad», y la ofensa tenía un precio muy alto, un precio muy alto.

Para reafirmar esta fe ciega, bautizaron el muro a la entrada de la ciudad como Albarq, una decisión que también fue aprobada por los organismos internacionales, sustituyendo el nombre original.

El viajero, ahora solo, intentaba comprender lo sucedido: ¿Podía el organismo votar sobre esto? ¿Puede un voto sustituir la evidencia que el asunto requiere?

La democracia había otorgado a las mayorías el derecho a decidir, pero en algún momento alguien confundió ese derecho con el poder de determinar la verdad. Una mayoría podía decidir qué hacer mañana sin reconocer lo que había sucedido ayer.

Sin embargo, si las mentes podían ser manipuladas, también podían serlo las mayorías; y, una vez emitido el voto, la legitimidad del procedimiento comenzaba a confundirse con la veracidad de aquello que se había votado.

El nombre de Jurispolítica cruzó su mente como un relámpago, y entonces recordó el significado de Albarq: relámpago.

El relámpago le recordó a Baruj, su maestro y guía, quien le había enseñado el Moreh Nevukhim, donde Maimónides afirma que la verdad metafísica no brilla continuamente, sino que «la verdad nos comunica su esplendor como si destellara como un relámpago», sumergiéndonos después de nuevo en la oscuridad.

MORALEJA: No permitas que el esplendor del rayo de Maimónides se extinga por la oscuridad de Albarq, ni por sofismas, posverdades ni complicidades.

En ese instante, el viajero juró desnudar toda jurispolítica y recuperar su reloj original.

NOTA : cualquier relación con Burak o con la Mezquita Al Aqsa es pura coincidencia, o no?

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