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Seis argentinos participaron en una conferencia mundial con premios Nobel en Israel

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“Díganle a los docentes que les enseñen a ser emprendedores”caba de cumplir 23 años y, desde hace 5, estudia Física en la Universidad de Buenos Aires. Tiene 9,8 de promedio y su condición de joven “mente brillante” le permitió ser uno de los seis estudiantes argentinos elegidos para venir a Jerusalem, Israel, a tomar clases y participar de charlas motivacionales con 15 Premios Nobel. En esta sede de la Universidad Hebrea, que tuvo a Einstein entre sus fundadores, Federico está viviendo algo que pocos alumnos podrían vivir: mientras lo usual para cualquier estudiante es formarse leyendo teóricos que ya están muertos, él acaba de asistir a una clase con Claude Tannoudji, un Nobel de Física que escribió un libro muy leído en su carrera. Después participó de otra charla, más inspiradora que académica para cualquier futuro investigador. Fue con Dan Shechtman, un químico de 74 años tildado de charlatán durante años que logró demostrar que lo que había descubierto existía (los cuasicristales) y terminó siendo reconocido y premiado, casi 30 años después, con un Nobel.

Hace 45 grados en Jerusalem y los 400 estudiantes de entre 16 y 23 años que llegaron de 70 países parecen no notarlo. Para ellos, estar con 15 Premios Nobel (Física, Química, Economía y Medicina) en la Conferencia Mundial de Ciencia de Israel es, más o menos, lo que para los chicos de la villa significa conocer a Tévez: vienen de la misma cuna, conocen todas sus jugadas y quieren llegar al mismo lugar. Hay que ver a los estudiantes durante un panel: se desesperan por levantar la mano para pedirles algún consejo, graban con sus celulares todo lo que dicen, se sientan en las escaleras para escucharlos si el auditorio está colmado, los aplauden de pie y, cuando terminan y quedan mano a mano, les piden autógrafos y se sacan selfies. Los Nobel son, en este mundo, celebrities.

Los científicos se animaron a salir del encierro del laboratorio y a tender un puente con la generación de mentes brillantes que los sucederán. Y para eso, no sólo les hablan de resistencia de antibióticos o de las propiedades catalíticas del ácido ribonucleico: les hablan de sus orígenes y de sus fracasos. Ada Yonath (Nobel de Química en 2009) les contó –relajadísima, mientras comía un pedazo de sandía– que había nacido en una familia muy pobre, que su padre había muerto cuando era niña y que entró a la universidad becada para escaparle a todo eso. “El deseo de entender” (la vida, la muerte, la naturaleza) le hizo seguir investigando, contó. Luego, Aaron Ciechanover (Nobel de Química en 2004) les habló sobre la importancia de fracasar. “Si no fallan, nunca tendrán éxito. Toma muchos años descubrir algo y cada fracaso es sólo una lección en el camino”, les dijo.

Lo que ya se ve es que, entre loscientíficos consagrados y quienes los sucederán, hay diferencias. Yonath, de 76 años, es la única mujer entre los 15 Nobel y la evidencia de que la Ciencia siempre fue un ambiente de hombres. Ahora hay cada vez más mujeres en el semillero. Verónica Müller, una argentina de 22 años, es una de ellas. Está en 4º año de Química en la UBA y tiene 9,5 de promedio. “Estar con ellos es inspirador. Me hicieron entender que puede haber triunfos y fracasos pero hay que seguir si uno quiere descubrir algo útil para la humanidad”, dice a Clarín. A su lado, Karen Veitz, de 22 años, vive en Flores y estudia Actuario en la UBA: “Es emocionante. Estoy sentada al lado de una persona que hizo algo para cambiar el mundo y que se aplica hoy, alguien que dejó su vida de lado, sus amigos, su familia para concentrarse en la humanidad, y lo logró. Uno los tiene como genios que saben todo y jamás fallaron y, de repente, vienen a decirte que fracasaron miles de veces y que no pasa nada, que eso es parte del camino”.

También disertaron los premios Nobel Roger Kornberg (Química, 2006), Robert Aumann (Economía, 2005), Richard Roberts (Medicina, 1993), Sidney Altman (Química, 1989), Arieh Warshel (Química, 2013), David Gross (Física, 2004), Zhores Alferov (Física, 2000), Harold Kroto (Química, 1996), Elon Lindenstrauss (medalla Fields, 2010), Steven Chu (Física, 1997) y Harold Varmus (Medicina, 1989).

El grupo de elegidos de nuestro país lo completan Karen Gogolin (21 años, estudiante de Ciencias biomédicas), Álvaro Gaita, que estudia Ingeniería en Informática y, con 20 años es docente de un curso de robótica. Y Felipe Acevedo, que estudia Ingeniería Industrial, tiene 9,14 de promedio y dice: “Cada clase, cada charla, sirven para abrir la mente. Me quedo con algo que nos dijo un Nobel y que me alienta a seguir estudiando: más allá de su capacidad, todos ellos habían tenido suerte, que se habían ganado la lotería. ¿Suerte? Sí, pero que nadie se gana la lotería si no compra, una y otra vez, el boleto”.


“Díganle a los docentes que les enseñen a ser emprendedores”

¿Qué consejos nos pueden dar?, preguntó el domingo un estudiante nervioso a un panel de científicos Nobel. “Que le digan a los docentes que les enseñen cómo convertirse en emprendedores”, coincidieron algunos. Esto es, que la ciencia no se quede en la investigación teórica sino que busque su aplicación. Esta es la lógica de “start up nation” por la que es conocida Israel: un país que decidió apostar a la creación de empresas vinculadas a la innovación y al desarrollo de nuevas tecnologías, y ya le pisa los talones a Sillicon Valley.

“Ha terminado el debate entre ciencia pura y ciencia aplicada. Hoy el asunto es ver cómo aplicamos lo que estudiamos. Después de tantos años de desarrollos para la guerra, hoy podemos ver cómo aplicamos la investigación a la salud o al uso racional de la energía. La lucha después es política, para que todo eso le llegue a la gente”, dice a Clarín Miguel Ponce, ingeniero industrial y líder de la delegación de jóvenes argentinos. El Nobel de química Aaron Ciechanover no está de acuerdo: “Veo a los jóvenes demasiado apurados por arrancar un emprendimiento. Necesitamos un equlibrio”, dijo a los medios.

Álvaro Gaita, uno de los seis argentinos elegidos, ya puso en marcha la lógica de joven emprendedor. A sus 20 años, ya participa de proyectos en el Laboratorio de Mecatrónica de la Universidad Austral. Es decir, apuesta a una disciplina que une la ingeniería mecánica, la electrónica y la informática para desarrollar y testear sistemas de automatización industrial muy complejos que redunden en mayor competitividad para las empresas que los usen.



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