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Amos Oz, de la oscuridad al amor

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–Tal vez hay judíos en Israel, en Palestina porque ya no están aquí.

–La historia de amor de los judíos con Europa durante los últimos dos mil años –responde Amos Oz– fue durante gran parte del tiempo un amor no pedido, un amor rechazado, un amor de una parte solamente; sin embargo, hubo buenos momentos en esos dos mil años, y esos judíos, cristianos y también musulmanes tenían hijos, tenían genes, así que hay genes catalanes en nuestra cultura judía y hay genes judíos en la cultura catalana, en la cultura ibérica y en la europea, y creo que es muy importante responsabilizarse de esos genes y pensar en el futuro. Hay un montón de cosas que discutir y desarrollar, no puede ser que Europa e Israel hablen sólo de la crisis de Oriente Medio, hay mucho más.

El Call es, más que un escenario, una metáfora que se presta como pocos lugares a hablar con Amos Oz de mucho más que arqueología. El escritor israelí acaba de recibir el Premi Catalunya junto al filósofo palestino Sari Nusseibeh por su apuesta por el diálogo y la paz en el conflicto de Oriente Medio, interviene en Kosmopolis y presenta en España su último libro, Una historia de amor y oscuridad: una autobiografía novelada o una novela con elementos autobiográficos en la que rastrea los hechos que le llevaron a nacer en Jerusalén en 1939, hijo de inmigrantes del Este de Europa. Cuenta su historia que, como sucede con las personas que han vivido tiempos interesantes, se confunde a menudo con la Historia, mientras camina por la calles de Sant Honorat, del Arc de Sant Ramon, de la Fruita, de Sant Domènec… Tranquilamente y sin aspavientos. Hubo matanzas en el Call, sí, pero también buenos momentos, de intercambio, de interculturalidad, como decimos ahora. Amos Oz ha hecho de una frase de su padre («Todo tiene dos caras, excepto la sombra») más que una de las divisas de su literatura una cuestión personal.

–En mi último libro hablo sobre este amor no querido, de mis padres, de mis abuelos, de mis bisabuelos por Europa: mi familia fue a Jerusalén no porque fueran a una agencia de viajes y pidieran un billete para unas vacaciones pensando que era un país maravilloso y se encontraron luego un país hostil, fueron a Palestina en los años 30 porque era la única vida posible para alguien que no era querido en ninguna parte. Mi abuelo tenía sueños sobre Jerusalén, pero esa no fue su prioridad; cuando el antisemitismo en el Este de Europa se hizo insoportable intentaron hacerse franceses y les dijeron «no, gracias, ya tenemos bastantes», luego norteamericanos, británicos, escandinavos, incluso fue lo bastante loco como para intentar hacerse alemán dos años antes de que Hitler llegara al poder, y estoy agradecido de que los rechazaran, porque no estaría aquí hoy, así que fueron a Jerusalén no porque quisieran ser colonizadores o explotar algo, fueron allí porque nadie los quería en ninguna parte.

–En un momento en que Israel aparece más aislada que nunca a ojos de la opinión pública internacional, quizá podría parecer que se trata de una justificación, en algún sentido.

–No, en ningún momento he tratado de decir al mundo que es hora de reconsiderar la actitud hacia Israel, esa no era mi intención. Escribí el libro para estar en paz conmigo, para estar en paz con los muertos; lo escribí cuando acabé de estar muy enfadado con mi madre, con mi padre, conmigo mismo, con mi mundo, y aprendí a ver a mis padres como si fueran mis hijos, y a mis abuelos como mis nietos, así que es un libro sobre el amor, el humor, la compasión, no un libro sobre la ira. Por supuesto hay algunas partes de rabia sobre la actitud europea, pero el corazón del libro no es sobre la ira, es sobre reconciliación. No es una manera de apuntar hacia el pasado, sino de decir de acuerdo, de ahí es de dónde vengo, eso está en la historia de mi familia, hacia dónde llevo a mis hijos, qué cuento a mis nietos. Creo que no es un libro airado ni doloroso sino lleno de compasión.

En los viejos comercios del barrio, en las trastiendas antes cerradas se han instalado tiendas de diseño. En algunas de ellas se puede ver en su interior los restos de la muralla romana. Desde que el Papa Alejandro III estableció en 1179 que los judíos debían vivir separados de los cristianos, lo que ya era una costumbre se convirtió en obligación, el barrio en gueto. Amos Oz lanza sobre él una mirada compasiva. Ya había estado aquí antes; vino a Barcelona por primera vez tras la muerte de Franco. En sus visitas ha visto la evolución del Call. Caminamos mientras reflexiona sobre el antisemitismo, la historia, los fanatismos:

– Europa tiene una historia muy dolorosa, en los últimos dos mil o tres mil años este pequeño continente ha vertido más sangre inocente que todos los otros continentes juntos, su propia sangre y la sangre de los otros. No estoy diciendo que Europa se señale con el dedo y diga mea culpa, pero tal vez debería meditar un poco antes de señalar con su dedo y decir «¿no estáis avergonzados de esto o de lo otro?», especialmente porque algunos de los conflictos más sangrientos son el resultado del imperialismo o del colonialismo europeo o la dominación o el antisemitismo. Por eso creo que sería más útil para Europa que en lugar de preguntar quiénes son los malos preguntaran: ¿podemos ayudar? Esto tal vez es el resultado de una diferencia filosófica entre mi y muchos intelectuales europeos, incluso desde la izquierda, ellos necesitan saber quién es el malo en todos los conflictos y estar muy enfadados y escribir posters en las paredes, Bush es un asesino, Sharon es un sanguinario… lo hacen y después se van a dormir. Yo estoy más en la escuela del doctor Chéjov, ver quién está sufriendo, cómo puedo evitarlo, extender la empatía hacia los buenos y en ocasiones también hacia los malos, no la indignación, y el shock y la ira, sino la empatía y la ayuda. Por eso me resulta mucho más fácil hablar con los palestinos que con los amigos de Palestina en Europa, porque cuando hablo con los palestinos pragmáticos hablamos como doctores que están en desacuerdo en el diagnóstico, incluso en el tratamiento, pero que están en el hospital intentando convencer al otro de cuál debe ser el paso correcto.

–Usted ha escrito contra el fanatismo en diversas ocasiones. Hace poco se produjo la masacre en el colegio de Beslán.

–Detrás del fanatismo está el convencimiento de que esta vida no cuenta, todos vamos a un mundo mejor. Yo creo que la vida es más importante que cualquier otra premisa, en ese aspecto me veo a mí como un buen judío, ya que en la tradición judía la vida es el valor absoluto; de ahí viene mi profunda fe en el compromiso. La gente piensa que el compromiso es una cosa mala, especialmente los jóvenes, que sienten que el compromiso no es honesto, que es oportunismo, falta de idealismo. No en mi vocabulario. Para mí la palabra compromiso es otra palabra para vida, cuando digo compromiso no digo capitulación, no digo poner la otra mejilla; con todo mi respeto por Jesús, no es eso. Compromiso significa encontrar al otro en la mitad del camino, es así tanto para el matrimonio como para las relaciones internacionales. He estado intentando promocionar la idea de compromiso, pero no puede haber compromisos felices, si hay un compromiso no puede haber un final feliz; si hay un final feliz lo es a menudo para una parte, para la otra no.

En la calle Sant Ramon del Call está la casa del Rabino o del Alquimista, un edificio del siglo XIV que sobrevivió a la destrucción del Call y que fue comprado por el ayuntamiento de Barcelona para convertirlo en centro de información del Call recuperado. Las cosas de palacio van despacio, pero cerca está la Sinagoga Mayor, en la calle Marlet esquina con Sant Domènec. Restaurada y rehabilitada. Entramos.

–La historia puede convertirse en una droga muy poderosa, necesitamos tomarla en porciones bien calculadas, porque después la gente que toma mucha historia se llena de rabia, odio o venganza o de fantasías sobre alguna grandeza del pasado. Utilizando de nuevo el símil del médico y del hospital, para mí es muy importante conocer el historial del paciente, pero no es bastante y me pregunto qué podemos hacer ahora. Cuando paseo por Barcelona, y pienso que los judíos vivían aquí, mis antepasados vivían aquí, y sé que atravesaban tiempos buenos y en otras ocasiones tiempos terribles y a veces estaban confinados en un gueto y a veces los mataban, no me pregunto a mí mismo si podemos volver un día y reclamar por esto, me pregunto cuál es el camino para que podamos crear los judíos, y los cristianos, las dos culturas y también las tres, porque había gentes islámicas, cómo podemos reavivar una relación que dió al mundo una de las más magníficas edades de oro en toda la historia. Esa es la cuestión, qué hacemos para curar las heridas, para revivir la colaboración, el diálogo, esto es más importante que el enfado que pueda sentir cuando veo estos sitios. La ira es natural, pero no podemos construir una casa con ira.

–¿Cuál es el papel de la literatura en este proceso de curación?

–La literatura, las novelas, ayudan porque nos permiten conocer al otro, meternos en su piel, en sus casas, en sus dormitorios, de una manera que nos hace ver que en el fondo no somos tan diferentes de los demás, que anhelamos tal vez las mismas cosas. Mis libros tratan sobre lo que la gente quiere, o imagina que quiere, cómo quieren que los vecinos los vean, tratan de la vida pequeña de cada día, sobre la envidia, la ambición, la soledad, los dramas y el cariño de la vida familiar, los malentendidos, sobre la erosión gradual del matrimonio, sobre los sueños, sobre cómo cuando se han alcanzado decepcion. Si me pusieran una pistola en la cabeza y me dijeran «Amos, tienes una sola palabra para decir de qué van tus libros», diría «familias», si me dijera «tienes dos», diría «familias infelices», si me diera más tendrían que leer mis libros.

En la calle Marlet hay una lápida con una inscripción en hebreo, copia de un original encontrado en este lugar y que se conserva en el Museu d’Història. Alguien ha escrito sobre la traducción, por cierto equivocada, «Palestina libre». Amos Oz ha expresado reiteradamente su convencimiento de que es necesario un «divorcio civilizado» entre israelíes y palestinos, a la manera de Checoslovaquia, dos estados.

–No soy un misionero, no escribo novelas para que la gente cambie su forma de ver las cosas, eso lo hago en mis ensayos. Cuando quiero decirle a mi gobierno, por favor querido gobierno, váyase al infierno, no escribo una novela, escribo un artículo en los periódicos; ellos me leen, pero no me hacen caso, ja,ja…. Si digo la tragedia de israelíes y palestinos debe ser resuelta con un compromiso, nadie puede tener el 100% para ellos, lo escribo en un artículo, pero el espíritu del compromiso y la compasión y la ternura lo encontrará en mis novelas también. La confrontación entre los judíos israelíes y los palestinos árabes es una tragedia, no es una película del Oeste con buenos y malos; es divertido porque esos intelectuales que desprecian Hollywood y no les gustan las simplificaciones americanas, cuando se trata de Oriente Medio quieren saber quiénes son los buenos y los malos, quieren manifestarse por los buenos, escupir a los malos e irse a dormir. Israel y Palestina no es una cuestión sobre buenos y malos, es sobre una terrible tragedia en el sentido tradicional de tragedia, el conflicto entre derecho y derecho; los judíos están en Israel porque no tienen otro hogar como nación, los palestinos están allí por la misma razón, ellos no tienen dónde ir, nosotros no tenemos dónde ir, es una tragedia, terrible. Frente a las tragedias de Shakespeare, con el escenario lleno de sangre y la justicia que tal vez prevalece, está Chejov: todo el mundo acaba triste, desilusionado, pero vivo. Yo y mis colegas estamos buscando no un final feliz para esta tragedia, no puede haber un final feliz, sino una solución chejoviana, un compromiso.
Fte L.V.D

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