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Telerman y Filmus nacieron en una familia judía

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Llegó el día en que los porteños elegirán su nuevo jefe de gobierno y, según los analistas, cerca de un 7 por ciento de los ciudadanos se despertará sin saber aún a quién votar.

Los mismos analistas dicen que cada vez más gente se define por empatía personal y no por su pertenencia política o sus propuestas.

Si eso es cierto y usted está en el grupo que todavía duda sobre su voto, le puede servir conocer un poco más «el niño que todos llevamos adentro» de los tres principales candidatos, y que ellos juran que conservan, escondido debajo de las chicanas, las poses marketineras y las denuncias.

«Cuando tenía 5 años, antes de la cena me bañaba y me ponía traje y corbata arriba del pantalón corto; mi familia nada que ver, pero me festejaban.» La confesión es de Jorge Telerman, el más elegante y coqueto del grupo.

Hay otras características de su infancia que el Telerman maduro tampoco perdió: era el charlatán y el simpático de la familia, papel que ocupó en la campaña cada vez que se cruzó con Mauricio Macri y Daniel Filmus.

Con una sonrisa algo más inocente y mucho más pelo que ahora, «Telermanito» (como él se refiere a sí mismo al evocar su niñez) tuvo una infancia feliz en una familia judía típica. De ascendencia rusa, polaca y austrohúngara, sus papás, Fanny y Damián, trabajaban en el taller textil y en el negocio de Villa del Parque donde vendían sus telas. Sus hermanos mayores (Ricardo, fotógrafo, y Mónica, farmacéutica) se divertían con su histrionismo.

La otra anécdota que le encanta contar es que a los 4 años le dijo a su mamá que se iba de la casa. Juntos armaron el bolso y, en su autito a pedal, dio una vuelta completa a la manzana y volvió. «Ya había demostrado que podía tener mi propia travesía», recuerda.

Después vendrían el Colegio Kennedy y la Escuela República del Perú, las mudanzas a Floresta y Caballito y la tecnicatura en Química en el ENET 27 de Versailles.

Sus vacaciones eran en Mar del Plata, el lugar de los primeros amores y el primer cigarrillo. Los 70 lo encontraron en Valeria del Mar, trabajando de mozo para alargar el veraneo y cantando temas de Paco Ibáñez.

En su exilio en Francia, en 1977, amplió su repertorio con temas de Joan Manuel Serrat y de Pedro y Pablo que cantaba por los bares.

Amonestado

Mucho menos bohemio, la principal travesura que recuerda Macri es que rompía sus zapatos jugando a la pelota con una chapita en los recreos del Colegio Cardenal Newman. «Siempre me amonestaban», dice el candidato como si fuera el colmo de la rebeldía.

El candidato de Pro nació en Tandil, cuando su papá, Franco (que emigró de Italia junto con su abuelo), ya había empezado a amasar una fortuna. Los mejores recuerdos de Mauricio incluyen a su mamá, Alicia Blanco Villegas, y su Tandil natal, donde pasaba los veranos con sus hermanos Sandra, Gianfranco y Mariano (Florencia, mucho más chica, es hija del segundo matrimonio de Franco).

Hombre moderno, su otra confesión no lo avergüenza: Carolina, su primera novia, fue la que tomó la iniciativa del primer beso, a los 12 años. También le hizo probar el primer cigarrillo en los largos veraneos en Tandil. «Tosí tanto y me pareció tan feo que me sentí un tonto», se ríe Macri.

Por su parte, con más puntos en común con Telerman de lo que ambos reconocen, Filmus también nació en una familia judía dedicada al negocio textil.

Su papá, Salomón, comerciante de telas en Once, llegó desde Moldavia a los 4 años, y su mamá, María Cecilia Cwik, es una profesora de inglés de origen polaco.

Pasó toda su infancia en la Paternal, con sus hermanos mayores Jorge (científico, vive en Canadá) y Adriana (actriz). Más tarde nació Guillermo (comerciante), hijo del segundo matrimonio de Salomón.

Córdoba y Necochea fueron los lugares de veraneo de la familia.

Fanático de la pelota como Macri, desde chico no se pierde ningún partido de San Lorenzo. Después de la Escuela República de Ecuador, dividió la secundaria entre la ENET 32 de Chacarita y el bachillerato nocturno, que empezó cuando consiguió trabajo como técnico telefónico, a los 15 años.

En la escuela, dice él, «no era el mejor, pero sí muy responsable». Esa imagen de «chico responsable» lo acompaña desde entonces.

Por Laura Capriata
De la Redacción de LA NACION

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