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Hatzad Hasheni. La política exterior estadounidense de cara a las elecciones

Por Iton Gadol
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Por Dr. Alex Joffe (BESA)*

RESUMEN: Ante la pronta fecha para la celebración de las elecciones presidenciales estadounidenses, conviene evaluar su política exterior. La administración Trump ha emprendido cambios conceptuales que ven a China como adversario y a Rusia como una potencia que desvanece y que le ha restado importancia al Medio Oriente y Europa. Sin un compromiso diplomático y militar sólido, estas nuevas políticas corren el riesgo de ceder dichas regiones a la dominación china. En contraste, las evidencias sugieren que una administración Biden retornaría en gran medida a las políticas de la era Obama adaptadas al imperialismo chino.

Con menos de tres meses para la celebración de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, ¿cómo podremos nosotros evaluar los logros en política exterior de la administración Trump y las aspiraciones a una posible administración Biden? Las dos extrañísimas campañas presidenciales en la historia y el terrible impacto de la pandemia del coronavirus, sin mencionar los violentos disturbios políticos que se suceden en todo el país, hacen que la tarea sea especialmente difícil.

Desde el comienzo, cualquier evaluación realizada a la administración Trump se ha visto complicada por su falta de mensajes claros, sus procesos ad hoc a políticas y toma de decisiones transaccionales y personalizadas en los niveles más altos.

La premisa fundamental de la administración Trump se encuentra representada por la torpe frase “Estados Unidos primero”. Trump utiliza esta frase para enfatizar que los intereses económicos y políticos estadounidenses deberían privilegiarse sobre las concepciones abstractas al comportamiento del estado y los ideales internacionalistas a un manejo global realizados por organizaciones multilaterales.

Con esto en mente y plenamente conscientes de la manera confusa y a menudo angustiosamente frustrante en que se desarrollaron y ejecutaron políticas, podemos comenzar a enumerar algunas de las cosas que la administración hizo bien y mal. En general, el impacto de los innovadores cambios conceptuales se ha visto limitado por una repugnancia a diplomacias ininterrumpidas y a los continuos despliegues militares.

Luego de varias rondas de acercamiento personal y de negociaciones comerciales, altos miembros de la administración Trump admitieron que el Partido Comunista chino es un adversario implacablemente malvado. En dramático contraste con los 50 años precedentes de política estadounidense, la actual administración reconoció que el ascenso de China no ha sido pacífico; que la dominación china en la fabricación y cadenas de suministro a nivel global ha devastado la industria estadounidense, gracias en gran parte al robo de la propiedad intelectual a escalas extraordinarias; y dicha prosperidad solo ha exacerbado las aspiraciones totalitarias globales del Partido Comunista.

Abordar esto ha implicado realizar acciones preliminares en el país: sancionar a las entidades involucradas en abusos contra los derechos humanos, detener el espionaje masivo y alentar a las industrias a trasladarse desde China a otros lugares, particularmente ante la actual pandemia. En el extranjero, ha significado enfatizar la libertad de navegar en aguas reclamadas por China y ayudar a catalizar a los estados del Pacífico y de Asia como Australia y Vietnam a que reconozcan que China también es su adversario de por sí.

Pero queda mucho por hacer. Será fundamental limitar la iniciativa “Franja y Ruta” de China, reconocer sus instalaciones del proyecto “collar de perlas” como vanguardias militares y frustrar tanto las ambiciones chinas en el Medio Oriente como la cooperación China-Rusia. Las dramáticamente mejoradas relaciones de Washington con India son parte vital de esta estrategia emergente y debe ofrecerse un apoyo más explícito a Japón y en especial a Taiwán. Pero contrariamente a una de las premisas fundamentales de la administración Trump, se requieren de continuos despliegues militares estadounidenses en el Medio Oriente y en Europa.

Desafortunadamente, el fallido error de acercarse a Corea del Norte, de acuerdo a todos los demás intentos realizados por las administraciones estadounidenses, le restó mérito al desarrollo de una política de contención por parte de China. Además, las enormes inversiones chinas en Europa y el tradicional antiamericanismo europeo han hecho que las élites se muestren reacias a actuar. Se necesita con urgencia un acercamiento diplomático hacia Europa, difícilmente una especialidad carente en la administración Trump.

A diferencia de China, la administración estadounidense ha reconocido que Rusia es una potencia que se ve desvanecer, salvo por su deseo instintivo de actuar como saboteador de estados e intereses occidentales siempre que este pueda. La reciente redistribución de tropas estadounidenses de Alemania a Polonia, Bélgica e Italia provocó una histeria considerable, pero reconoció que la amenaza militar de Rusia hacia Europa Occidental es mínima, mientras que la posibilidad de su dominio económico a través del suministro de energía es muy real. No es de sorprender que la ofensiva diplomática estadounidense contra el oleoducto Nord Stream 2 haya sido tan desagradable como la reducción de tropas alemanas.

Europa no ha hecho intento alguno por esconder su disgusto por la forma en que se ha desempeñado la administración Trump. Parte de esto es mera tradición, pero también refleja un creciente reconocimiento de que la administración Trump ha reducido su nivel de prioridades hacia Europa. Si bien las relaciones bilaterales con estados individuales, especialmente Gran Bretaña, siguen siendo críticas, Estados Unidos no considera que las instituciones imperiales tales como la Unión Europea merezcan respeto alguno o alguna admiración en particular, mientras que la OTAN es vista principalmente como un mecanismo obsoleto para el aprovechamiento gratuito de alguna situación. Pero, tal como ha sido señalado, los europeos han negado en general las ambiciones globales de China y la diplomacia estadounidense las ha enfatizado insuficientemente.

Similarmente al Medio Oriente le está siendo reducido su nivel de prioridad, para alarma de los observadores locales. La seguridad israelí está garantizada, en gran parte por el propio Israel, mientras que el enfoque estadounidense permanece sobre Irán como la amenaza regional y global. Sin embargo en este punto la atención de la administración ha disminuido, junto al descuido hacia el programa imperial general de China. Las continuas consideraciones hacia Turquía, que ahora ha extendido su agresión al sur del Mediterráneo y al área del Egeo, han sido especialmente miopes. De manera similar, la falta de atención a la crisis de refugiados del Mediterráneo y del Medio Oriente como amenaza económica y de seguridad para Europa y luego a los Estados Unidos es realmente alarmante.

Esta negativa a participar contrasta fuertemente con el pleno reconocimiento mostrado por la administración Trump en casa respecto a la conexión esencial entre la seguridad fronteriza y el desarrollo económico. Aunque infinitamente ridiculizada como “racista”, la fuerte reducción en la inmigración ilegal hacia los Estados Unidos desde Centroamérica y Suramérica antes de la pandemia tuvo un impacto interno directo aumentando el empleo y los salarios de los trabajadores estadounidenses.

Las políticas económicas y de fronteras nacionales a gran escala reflejan el reconocimiento, no restringido a los Estados Unidos, de que la globalización ha diezmado a las industrias locales, ha puesto a las naciones a ver sus salarios descender considerablemente colocándolos en manos de socios comerciales rapaces, en especial China. Pero mejorar la capacidad de los estados más pequeños a fin de que se resistan a caer en la trampa de la deuda de la diplomacia china no ha sido una de las prioridades de los estadounidenses.

Tal como era de esperarse, el proceso de desvinculación de las regiones que pueden o deberían defenderse por sí mismas ha revelado una contradicción. Los actores locales acostumbrados al apoyo y respeto por Estados Unidos, en tácito intercambio a lucrativos contratos de defensa y desarrollo, están recurriendo a Rusia o China. El hecho de que Arabia Saudita haya celebrado acuerdos con China respecto a desarrollos en materia nuclear es alarmante pero no sorprendente. Que Francia se niegue a desconectarse de la tecnología 5G de Huawei, abriéndose de esta manera directamente al espionaje y la explotación china, es menos que explicable.

Respecto al candidato demócrata Joe Biden, quien gran parte del tiempo permanece prácticamente escondido, la tarea de evaluar una posible política exterior se ve facilitada por declaraciones explícitas emitidas por la campaña y entrevistas con sus asesores. El equipo de liderazgo en política exterior de Biden, que incluye a Anthony Blinken, Nicholas Burns y Jake Sullivan, representa el retorno más claro posible a las políticas externas de la época Bush-Clinton y especialmente las de la era Obama.

Su orientación internacionalista es inconfundible. Biden y su equipo han declarado que la llamada “prohibición musulmana” a la inmigración procedente de países que no pueden examinar eficazmente sus conexiones terroristas sería la primera política de Trump en ser reversada. La restaurada participación en el Acuerdo Climático de París junto al “Nuevo Acuerdo Verde”, la restauración de fondos para la Organización Mundial de la Salud y la UNESCO, la renovada asistencia a la Autoridad Palestina y a la UNRWA y el inmediato contacto con los líderes europeos también se encuentran en el tope de la agenda.

Estas políticas equivalen a restaurar el liderazgo europeo sobre temas internacionales claves. Algunos, como el “Green New Deal”, serían extraordinariamente costosos y paralizarían deliberadamente a las industrias estadounidenses, como por ejemplo la producción de energía.

Eliminar el financiamiento al muro fronterizo sur y revertir los acuerdos que han mantenido a los solicitantes de asilo en México y de países latinoamericanos también son iniciativas clave. El propio Biden ha indicado su apoyo a eliminar la aplicación de la ley de inmigración y el aumento al reasentamiento de “inmigrantes irregulares” y los progresistas le están empujando con fuerza a virar hacia la izquierda para que abra la frontera en su totalidad. La ayuda al desarrollo para el hemisferio sur representa un regreso a los enfoques estadounidenses tradicionales.

La política de Biden sobre China es más difícil de discernir. Por una parte, Biden parece haber reversado totalmente su actitud el año pasado, con llamados a sanciones y condenas por la represión china. Por la otra, muchos de los asesores y personajes secundarios de Biden todavía piden cooperación con China y que Estados Unidos baje el tono de su condena.

Las declaraciones respecto a un “conjunto de herramientas más coercitivo” son clave para descifrar un retorno a la dolorosamente lenta y obsesionada administración Obama, que agonizaba con cada detalle mientras se negaba a cambiar fundamentalmente cualquier arreglo económico rentable. Hasta ahora, un retorno a la “forma de pensar de la Guerra Fría” en favor a emitir “competencia” sobre algún tema específico es desvirtuado, lo cual ignora la naturaleza holística y determinación de las políticas chinas. Biden también está siendo presionado desde la izquierda sobre una serie de temas, incluyendo aquellos en política exterior. Algunos progresistas incluso argumentan que la cooperación con China sobre el cambio climático es más importante que abordar sus abusos contra los derechos humanos.

Si bien Biden ha sido señalado, no siempre de manera convincente, como un fuerte y firme partidario de Israel, su equipo, que cuenta con Obama, mantiene la tal fundamental hostilidad de esa administración, a pesar de sus blandengues declaraciones (amargamente opuestas por los progresistas) sobre su “férreo compromiso con la seguridad del Estado de Israel”. Pero Biden también promete un retorno al acuerdo PIDAC con Irán, asegurando “una diplomacia dura y el apoyo de nuestros aliados en fortalecerlo y extenderlo, mientras rechaza de manera más efectiva las otras actividades desestabilizadoras de Irán”, así como también poner fin al apoyo a las operaciones de los saudíes contra los rebeldes respaldados por Irán en Yemen y la “eterna guerra” en Afganistán. Lo que no se explica es el cómo se llevaran a cabo todas estas políticas.

El hecho de que Trump y Biden sean los mejores candidatos que el sistema electoral norteamericano puede ofrecer es un comentario triste. Una de las dolorosas contradicciones es que la innovadora, aunque solo parcialmente efectiva, política exterior de Trump ha sido conseguida a un costo muy inusual y desagradable, mientras que un retorno a la “normalidad” y a la “respetabilidad” bajo un gobierno de Biden implicaría políticas que debilitarían a los Estados Unidos. Estas son alternativas imposibles ante cualquier circunstancia y más aun en el ensombrecido año 2020.

*Alex Joffe es compañero becario sénior no-residente en el Centro BESA y becario Ginsburg-Milstein en el Foro del Medio Oriente.

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