Por León J. Halac
Soñar un Medio Oriente distinto no es ingenuidad: a veces es el primer paso para cambiar la historia.
Durante años nos acostumbramos a analizar el mundo desde sus conflictos, como si fueran inevitables. Guerras, amenazas y equilibrios precarios dominaron el lenguaje político internacional hasta parecer naturales. Tal vez haya llegado el momento de hacer el ejercicio contrario: imaginar qué ocurriría si, de pronto, dejaran de serlo.
No como una fantasía ingenua, sino como un ejercicio de lucidez. Porque muchas veces la historia no cambia cuando los líderes firman acuerdos, sino cuando las sociedades empiezan a imaginar un futuro distinto al que heredaron.
Imaginemos, entonces, un escenario que hasta hoy parecía improbable. Un Irán que deja atrás el régimen de los ayatolás y decide redefinir su lugar en el mundo. No un país derrotado, sino reconciliado con su propia tradición milenaria: científica, comercial y cultural. Un nuevo liderazgo anuncia el restablecimiento de relaciones diplomáticas de Irán con Israel, su incorporación al Pacto de Abraham y la apertura de una embajada en Jerusalén.
El impacto inmediato no sería militar, sino psicológico. Durante más de cuarenta años, gran parte de la política regional se organizó alrededor de la idea de un enemigo permanente. Si ese eje desapareciera, también lo harían muchas certezas construidas sobre el miedo.
Hezbollah perdería su razón estratégica. Hamas quedaría aislado. El llamado “eje de resistencia” dejaría de funcionar como identidad política. Pero lo más importante ocurriría dentro de las sociedades: millones de personas descubrirían que habían vivido demasiado tiempo atrapadas en una narrativa de confrontación que parecía eterna.
El segundo paso sería silencioso y decisivo. Qatar abandona definitivamente cualquier financiamiento —directo o indirecto— de estructuras radicalizadas. Sin discursos ni anuncios dramáticos, simplemente deja de circular el dinero que durante años alimentó conflictos interminables.
El tercer movimiento llega desde Arabia Saudita. La adhesión plena al Pacto de Abraham por parte del custodio de La Meca y Medina cambiaría la percepción global del conflicto. La coexistencia dejaría de interpretarse como una excepción política y pasaría a ser culturalmente legítima. El enfrentamiento dejaría de presentarse como religioso para revelarse como lo que siempre fue: una disputa histórica susceptible de solución pragmática.
El efecto contagio sería inevitable. Turquía, observando una región que prospera sin confrontación permanente, enfrentaría presiones internas por mayor apertura política. La estabilidad tiene una cualidad incómoda: invita a comparar. Y cuando las sociedades comparan, comienzan a exigir cambios.
Las consecuencias económicas serían inmediatas. Medio Oriente funciona hoy muy por debajo de su potencial debido al riesgo geopolítico constante. Su reducción abriría un corredor económico que conectaría India, el Golfo, Israel y el Mediterráneo. Irán, con una población altamente educada y enormes recursos naturales, podría convertirse en una de las economías emergentes más dinámicas del siglo.
La tecnología aceleraría esa transformación. Innovación israelí, capital del Golfo, talento científico iraní y escala india podrían crear uno de los polos tecnológicos más importantes del planeta. Recursos hoy destinados a la confrontación financiarían inteligencia artificial, energía avanzada, medicina y soluciones para el agua y la agricultura.
El cambio social sería aún más profundo. Las mujeres —especialmente en Irán— ocuparían un papel central en la transformación económica y cultural. Altamente formadas desde hace décadas, su incorporación plena a la vida pública generaría estabilidad y crecimiento. La evidencia global es contundente: cuando las mujeres avanzan, las sociedades prosperan.
En mis sueños imaginé un jardín de infantes palestino, no les enseñaban consignas para eliminar, los educaban para convivir , jugaban, se reían.
También Israel cambiaría. Por primera vez desde su nacimiento, podría dejar de definirse principalmente por la amenaza existencial. La política interna giraría menos alrededor de la supervivencia y más alrededor del futuro. En paralelo, gran parte del mundo árabe perdería la explicación más utilizada para justificar sus propias frustraciones: la existencia de un enemigo externo permanente.
Incluso la vida cotidiana global reflejaría la transformación. Las ciudades recuperarían espacios abiertos. La seguridad seguiría existiendo, pero sería menos visible. Los aeropuertos no volverían exactamente al mundo previo al 11 de septiembre, aunque viajar dejaría de sentirse como atravesar un sistema defensivo. La normalidad volvería lentamente a ocupar el lugar del miedo.
Naturalmente, surgirían resistencias. Existen estructuras políticas, económicas e ideológicas cuya influencia depende de la continuidad del conflicto. Intentarían sabotear cualquier transición, no para ganar guerras, sino para impedir la paz. La historia demuestra que los extremos temen más a la coexistencia que al enfrentamiento, porque la paz revela algo incómodo: que el adversario nunca fue inevitable.
Sin embargo, cuando la prosperidad se vuelve visible, las sociedades rara vez desean regresar al pasado. Las nuevas generaciones prefieren oportunidades reales antes que relatos eternos de sacrificio.
Y quizá lo más extraordinario no serían los acuerdos ni las fotografías diplomáticas, sino algo mucho más simple: la normalidad. Jóvenes viajando sin cargar viejos odios, ciudades abiertas, conversaciones donde el futuro pese más que el miedo.
Un mundo que dejaba de organizarse alrededor del temor y comenzaba, por fin, a hacerlo alrededor de la esperanza. Un mundo donde antiguos adversarios descubrían que podían prosperar más juntos que enfrentados.
Soñé el sueño de Yosef.
Vi las espigas inclinándose hacia la espiga del centro. Durante siglos aquel sueño fue leído como rivalidad, quizá porque los hombres siempre buscaron vencedores y vencidos.
Pero en mi sueño el centro no era una persona, sino una idea. Las espigas no se inclinaban por sometimiento, sino por reconocimiento: distintas, nacidas de la misma tierra, comprendiendo finalmente que no estaban destinadas a reemplazarse, sino a convivir.
Entonces desperté.
Y descubrí que estaba sonriendo.
“Porque a veces los cambios comienzan primero en un sueño”.

