Itongadol.- (Herb Keinon – The Jerusalem Post) El comienzo del verano en Israel es más que playas y exámenes de egreso. También es un período recurrente de claridad anticipada, acción decisiva y apuestas militares de alto riesgo. La Guerra de los Seis Días comenzó en junio de 1967. Lo mismo ocurrió con la Primera Guerra del Líbano en 1982. El bombardeo al reactor nuclear Osirak en 1981 también fue en junio.
Y ahora, en junio de 2025, la historia se repitió —o al menos hizo eco— cuando Israel lanzó un ataque preventivo contra las instalaciones nucleares de Irán. Llámese coincidencia o doctrina, una vez más, a medida que subían las temperaturas, también lo hacía la disposición de Israel a actuar.
Algunas operaciones —como la guerra de 1967 y el rescate en Entebbe, llevado a cabo apenas cuatro días después del 1 de julio de 1976— ingresaron al canon de los triunfos nacionales. Otras —como el Líbano en 1982 y nuevamente en 2006, en una guerra que comenzó el 12 de julio— empezaron con claridad, se enredaron en complejidades y terminaron sin resolución. La guerra más reciente contra Irán —a la que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, denominó la “Guerra de los 12 Días”— se suma a esa categoría particular de campañas veraniegas israelíes: audaces y potencialmente transformadoras.
De todas las campañas estivales, la Operación León Ascendente es la que más recuerda a la Guerra de los Seis Días. Muchos que no estaban en Israel en ese momento se preguntaron qué se debía sentir al vivir esos seis días dramáticos, presenciar la historia desarrollándose en tiempo real. Durante las últimas dos semanas, todos probamos algo de esa sensación: logros militares inmensos —victorias militares deslumbrantes, de proporciones bíblicas— desarrollándose día tras día.
Y si bien los objetivos y circunstancias de ambas guerras fueron radicalmente diferentes, este último enfrentamiento con Irán tiene similitudes notables con la Guerra de los Seis Días: su lógica preventiva, su ritmo vertiginoso y su potencial para reconfigurar el entorno estratégico de Israel. Pero también hay diferencias profundas.
La guerra de junio de 2025 no tuvo que ver con tanques cruzando el desierto ni con la conquista de territorios. Fue una campaña tecnológica librada desde el aire, con Israel golpeando blancos iraníes desde el cielo, e interceptando misiles y drones en pleno vuelo. Aun así, invita a comparaciones con la guerra de junio de 1967: no sólo para analizar lo que cambió, sino también para reconocer lo que persiste en la mentalidad de defensa israelí.
Cuando los aviones israelíes ingresaron al espacio aéreo iraní el 13 de junio y bombardearon Natanz y otros sitios nucleares, muchos evocaron la Doctrina Begin: el principio, expresado por el primer ministro Menachem Begin tras el ataque israelí a Osirak en 1981, según el cual Israel no permitirá que ningún régimen hostil desarrolle armas de destrucción masiva.
Pero las raíces de esa doctrina defensiva se remontan más atrás: a junio de 1967, cuando Israel lanzó un ataque preventivo contra Egipto frente a una masiva concentración militar en el Sinaí, la expulsión de observadores de la ONU, el cierre del estrecho de Tirán y amenazas explícitas de aniquilación por parte de líderes árabes. Entonces, como ahora, Israel actuó para neutralizar una amenaza creciente antes de que se concretara, basándose en el factor sorpresa.
Una diferencia clave: en 1967, EE.UU. instó a Israel a no atacar primero y el Estado judío luchó solo. El presidente Lyndon Johnson advirtió que, si Israel atacaba, quedaría aislado. En 2025, no sólo EE.UU. dio luz verde, sino que después de que Israel realizara la mayor parte del trabajo —despejando el cielo y bombardeando objetivos estratégicos— Trump dio el golpe de gracia con bombas perforantes sobre Fordow, Natanz e Isfahán.
El 5 de junio de 1967, en la Operación Moked, los aviones israelíes destruyeron en tierra gran parte de la fuerza aérea egipcia. La guerra se ganó en esas primeras horas. En 2025 ocurrió algo similar. Pocas horas después del inicio del ataque, la Fuerza Aérea Israelí (IAF) había neutralizado las defensas antiaéreas iraníes, abriendo un corredor desde territorio israelí, cruzando Siria e Irak, hasta llegar a Irán. Desde ese momento, los aviones israelíes operaron con relativa libertad sobre el oeste de Irán, incluso sobre Teherán.
Durante años, se dudó de la viabilidad operativa de un ataque aéreo israelí sobre Irán. ¿Cómo llegarían tan lejos, si países como Arabia Saudita o Jordania no permitían el sobrevuelo? El colapso del régimen de Assad cambió ese cálculo: abrió un verdadero corredor aéreo hacia Irán. En 1967, pocos creían que Israel podría destruir tres fuerzas aéreas en un día. En 2025, pocos creían que podría realizar más de 1.000 salidas aéreas sobre Teherán. Ambas operaciones desafiaron la lógica convencional.
Las acciones militares de Israel en 1967 y 2025 modificaron el equilibrio regional y alteraron la percepción del poderío israelí. La Guerra de los Seis Días concluyó con Israel controlando vastos territorios y mostrando una capacidad militar que sacudió al mundo árabe. En 2025, tras años de amenazas iraníes y dudas sobre su disuasión, las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) ejecutaron una operación de alto riesgo, compleja y precisa en pleno corazón de Irán.
En ambos casos, Israel recordó a sus vecinos —y a sí mismo— que no debe subestimarse. Si el 7 de octubre evocó los traumas de la guerra de Yom Kipur (Día del Perdón) de 1973, la Guerra de los 12 Días trajo de vuelta otra cosa: la rapidez, claridad y empuje que definieron 1967.
Después de la guerra de 1967 los líderes árabes se reunieron en Jartum y emitieron los famosos “Tres No”: no a la paz, no al reconocimiento, no a las negociaciones con Israel. Fue un mensaje claro: la derrota militar no implicaba aceptación diplomática. En cambio, la posguerra de 2025 parece distinta. Lejos de provocar una nueva ola de rechazo, el ataque israelí —coordinado con EE.UU.— parece haber acelerado conversaciones discretas para ampliar los Acuerdos de Abraham.
Algunos países del Golfo, como Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, no condenaron abiertamente la ofensiva, sino que emitieron declaraciones mesuradas llamando a la moderación. Otros, tradicionalmente temerosos de las ambiciones iraníes, estarían evaluando pasos hacia la normalización. Decenas de analistas creen que Arabia Saudita y otros países podrían sumarse a los Acuerdos. Incluso se mencionó —aunque como hipótesis improbable— a Líbano y Siria. La guerra de 1967 redibujó el mapa y endureció posiciones. La de 2025 no cambió fronteras, pero está redefiniendo alianzas.
En 1967, las superpotencias actuaron vía presión diplomática y a través de aliados. La URSS armó a Egipto y Siria; EE.UU., aunque simpatizaba con Israel, se mantuvo al margen en lo militar. En 2025, la coordinación entre Israel y EE.UU. fue directa y militar. Washington no solo brindó cobertura diplomática, sino que participó activamente en el ataque a Irán. Fue una operación conjunta, una asociación estratégica llevada a la práctica. Ya no se trató de contener la influencia soviética, sino de evitar que Irán lograra una bomba nuclear. Y a diferencia de 1967, cuando Moscú amenazó con intervenir, en esta ocasión Rusia y China sólo emitieron declaraciones. Su reacción limitada demuestra cuánto cambió el equilibrio global en Medio Oriente.
En 1967, Israel no solo derrotó a sus enemigos, sino que obtuvo la tan deseada profundidad estratégica al capturar territorios: el Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalem Este y los Altos del Golán, lo que modificó su doctrina defensiva. En 2025, el objetivo no fue el terreno, sino desarticular la capacidad nuclear iraní. El éxito se midió en instalaciones destruidas, no en fronteras ganadas. La batalla fue por cronogramas atómicos, no por líneas en el mapa.
Las guerras rara vez se repiten de forma exacta, pero las similitudes pueden ser notables. Como dijo Mark Twain: la historia no se repite, pero rima.
La guerra de junio de 2025 no es la Guerra de los Seis Días: ni en contexto, ni en ejecución, ni en consecuencias. Pero sí reactiva un instinto profundo del pensamiento israelí: actuar temprano, con decisión y antes de que la amenaza se convierta en una pesadilla. Lo que la Guerra de los Seis Días logró con tanques y territorio, la Guerra de los 12 Días buscó lograrlo con municiones de precisión.

