Por León Halac
Israel atraviesa un conflicto interno más profundo que cualquier disputa política o partidaria. No es derecha contra izquierda, ni religiosos contra laicos, ni gobierno contra oposición.
El verdadero choque es psicológico y estructural:
La ética de la convicción emocional —que sostiene al Estado Profundo—
vs.
La ética de la responsabilidad racional —que sostiene al estadista.
1. La convicción emocional: el ego cortoplacista disfrazado de virtud
El llamado Estado Profundo —élites judiciales, segmentos de inteligencia, burocracias autónomas y sectores mediáticos alineados— actúa guiado por lo que Max Weber denominó ética de la convicción: principios proclamados como absolutos sin evaluar sus consecuencias reales.
Weber lo definió sin ambigüedades:
“Acción basada en principios sin medir las consecuencias.”
Maimónides anticipó este fenómeno con claridad:
“No hay cualidad peor que la soberbia.”
“Mishné Torá, De’ot 2:3”
“El soberbio no sigue el camino de los sabios, sino el de los necios.”
“Mishné Torá, De’ot 2:3”
“La persona dominada por las pasiones no puede alcanzar la verdad, pues sus pasiones corrompen el juicio.”
“Shemoná Perakim, cap. 5”
La convicción emocional no es moralidad: es impulso, orgullo y búsqueda de aprobación inmediata.
2. La responsabilidad racional: el estadista que mira al futuro
La ética opuesta —la que Weber llamó responsabilidad— exige pensar en consecuencias concretas, riesgo real y largo plazo.
Maimónides lo explicó con una precisión que sigue vigente:
“El hombre debe guiarse por el intelecto… y alejarse de los impulsos que corrompen el alma.”
“Shemoná Perakim, cap. 1”
“El camino del sabio es ponderar sus actos y sus consecuencias.”
“De’ot 1:4”
Esta ética no seduce multitudes. No busca aplausos. Es la ética de quien está dispuesto a cargar con decisiones difíciles cuando el futuro del país lo exige.
3. El mecanismo tóxico: el emocional acusa al racional
La paradoja más dañina es esta: El actor regido por emociones acusa de egocentrismo a quien actúa con responsabilidad.
Maimónides lo anticipó con puntería psicológica:
“Kol haposel— bemumo posel.”
Quien desacredita, acusa desde su propio defecto. Por eso, quien decide con racionalidad suele ser atacado precisamente por quienes actúan desde impulsos y prejuicios.
4. Cómo reconocer al estadista (sin nombrarlo)
Un estadista verdadero no necesita presentación. Se lo reconoce por sus actos: lee la realidad sin maquillaje, decide según riesgos concretos, no subordina estrategia a titulares de prensa, no gobierna según el miedo a la crítica, y asume costos personales cuando el futuro de Israel lo requiere. Quien reúna estas características emerge solo en la mente del lector. Su silueta aparece por contraste con el caos que lo rodea.
5. El desafío decisivo de Israel
Israel no necesita más comentaristas. Necesita discernimiento: distinguir entre quienes producen discursos y quienes producen seguridad.
La encrucijada actual del país exige superar: el dominio del ego emocional disfrazado de moral, y fortalecer el liderazgo que piensa con responsabilidad racional. Quien no lo reconozca por sus actos, quizá lo reconozca por su apodo. No hace falta decir más.
Israel será medido no por la intensidad de sus debates, sino por su capacidad de identificar —a tiempo— quiénes construyen futuro y quiénes complican el presente.
Weber lo advirtió.
Maimónides lo explicó.
La realidad lo confirma.

