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Entrevista. Esposa de Marshall Meyer: “Durante la dictadura militar argentina la gente venía a dormir en casa para ser sacada del país”

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 Itongadol/AJN.- En el marco del evento de comunidades judías por el Bicentenario de la independencia nacional realizado en Tucumán, la Agencia Judía de Noticias tuvo la oportunidad de entrevistar a Naomi Meyer: “La gente se pregunta por qué sobrevivió Marshall: obviamente, no lo mataron porque tenía pasaporte yanqui y una voz en el mundo”.

En el marco del Encuentro de Comunidades Judías del Bicentenario de la independencia nacional, realizado del jueves al domingo pasados en San Miguel de Tucumán, la Agencia Judía de Noticias (AJN) entrevistó a Naomi Meyer, viuda del rabino Marshall, quien fundó el Movimiento Judío por los Derechos Humanos. “Durante la dictadura militar argentina la gente venía a dormir en casa para ser sacada del país”, afirmó.

Marshall Meyer revolucionó el judaísmo argentino con la instauración del Movimiento Conservador y la creación del Seminario Rabínico Latinoamericano, que lleva su nombre, además de su encomiable lucha por los derechos humanos durante la última dictadura militar, que gobernó de facto entre 1976 y 1983.

Ambos llegaron al país el 5 de agosto de 1959, ya que éste había sido contratado como rabino asistente de la Congregación Israelita de la República Argentina, popularmente conocida como el Templo de Libertad por su ubicación, sobre esa calle, casi en la esquina con la avenida Córdoba.

A fines de 1962, Meyer se alejó de allí, al año siguiente fundó la Comunidad Bet El y el 2 de agosto de 1964 inauguró el Seminario. Por otra parte, fue crítico del apoyo de su país, los Estados Unidos, a las dictaduras latinoamericanas, asistió a las Madres de Plaza de Mayo y fue uno de los fundadores del Movimiento Judío por los Derechos Humanos.

A cinco días de reinstalarse la democracia en la Argentina, el 15 de diciembre de 1983 el presidente Raúl Alfonsín conformó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y designó a Meyer como uno de sus miembros.

El rabino regresó a los Estados Unidos a fines de 1984, para liderar la Congregación Bnai Jeshurun, la segunda sinagoga ashkenazí más antigua de Nueva York, hasta su fallecimiento, el 29 de diciembre de 1993.

– ¿Qué significa para usted estar en este Encuentro de Comunidades Judías del Bicentenario, en San Miguel de Tucumán?
– Es una emoción muy grande. Hace años que no veo una reunión así, con jóvenes y adultos de toda la Argentina trabajando juntos y con gente del Gobierno [local]. Cuando me llamaron para venir, no tenía idea de qué era, pero dije: “Bueno, voy a Tucumán”.

– ¿Cómo era la Argentina cuando estuvo aquí con su merido?
– Vinimos en 1959. El Mercado [del Plata] estaba en la 9 de Julio y había un solo semáforo. Habíamos pasado un año en Israel, pero llegamos como yanquis, sin conocer ni entender, y sin idioma, por supuesto. Era otro mundo, pero empezamos con los jóvenes. La primera cosa que hicimos fue un majané, un campamento. Acá hay algunos que fueron… Y también con servicios para jóvenes en Libertad porque encontramos que, en esa época, el judaísmo no era interesante para ellos.

– ¿Donde se hizo ese primer encuentro?
– Llevamos a 59 chicos a la Costa Atlántica: Los chicos se mataban de risa por nuestra manera de tratar de hablar en castellano y fue muy impresionante porque no tenían relación alguna con su judaísmo. Por ahí iban a la sinagoga en Iom Kipur porque allá estaba el abuelo, pero nada más; no había alguna conexión… El universitario no quería escuchar una prédica en árabe o alemán; era argentino. Entonces, los extranjeros “americanizamos” a los argentinos.

– ¿Qué pasó luego?
– Marshall había sido tomado como rabino en Libertad y empezó a hacer servicios de Shabat para los jóvenes los viernes a la noche. Eran en castellano, algo que podía interesarles intelectual y espiritualmente. Pero hubo un gran “quilombo”, lo echaron y empezamos Bet El.

– ¿Cuándo se convirtió en un gran proyecto?
– No sé si hubo un momento. Creo que Marshall tenía mucha visión… Tenía 29 años, vio la comunidad y-, entendió el problema de los jóvenes: no había literatura sobre judaísmo o pensamiento judío en castellano, ni un lugar para socializar… Todo esto tomó los primeros dos o tres años y después fue creciendo… Abrimos un campamento más grande y ahí entendieron qué es la vivencia judía, qué es Shabat, cómo se puede celebrar juntos, qué significado tiene que la vida de uno sea judío o no…

– ¿Qué piensa cuando entra al Seminario Rabínico Latinoamericano y ve las fotos de tantos alumnos y rabinos dispersos por el mundo entero?
– Estoy superorgullosa del trabajo de Marshall. Alguien escribió en uno de los diarios de Israel que hizo dos revoluciones: una en derechos humanos y otra en el judaísmo sudamericano. Ahí dejó su herencia y eso es muy importante.

– ¿Qué recuerdos tiene de la época de la última dictadura militar?
– Que fue muy difícil… Marshall estaba superinvolucrado: gente vino a dormir en casa para ser sacada del país. Fue muy dramático. Mis hijos vivían con miedo de que algo pasara. La gente se pregunta por qué sobrevivió Marshall: obviamente, no lo mataron porque tenía pasaporte yanqui y una voz en el mundo. No era un político. Dijo: “Como rabino y ser humano, si no hablo de todo esto, nada vale; la Biblia pregunta: ‘¿Sos el cuidador de tu hermano?’, sí, lo soy, no por razones políticas, [sino] religiosas”.

– Le pido un mensaje para la comunidad judeoargentina…
– Me encanta estar acá. Pasé 25 años en la Argentina, mis chicos son argentinos, en casa hablamos en castellano… Me llena de alegría ver gente de antes… Fueron momentos maravillosos en mi vida también, no solamente en la de ellos, y espero que esto siga con mucha brajá (bendición), simjá (alegría) y emotividad. Creo que es una gran comunidad. Amo a los latinos y mi familia son los argentinos que conocimos.

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