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Por Mario Eduardo Cohen

El Iom Kipur y la «buena firma».
Por Mario Eduardo Cohen

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Muchos poetas y artistas plásticos de distintas épocas se conmovieron, como el filósofo Franz Rosenzweig, dejando plasmadas en sus obras aspectos vibrantes de la festividad del Iom Kipur. Nos preguntamos por qué tal impacto. ¿Cómo pudo adaptarse a los tiempos una festividad durante milenios?

Buceando en las fuentes, que datan de unos tres mil años, diremos que los orígenes de esta festividad deben buscarse en la Biblia. Entre otras, aparece una mención en los siguientes versículos: «El día décimo del séptimo mes será el Día de las Expiaciones; convocación santa os será y afligiréis vuestras almas… ningún trabajo servil haréis en este día» (Levítico 23; 27-28). El precepto bíblico transcripto: «afligiréis vuestras almas», se interpretó como un ayuno completo, con la abstención de todo placer físico durante todo el Día del Perdón (casi 26 horas). El ayuno debe tener un significado de activa solidaridad con los necesitados, desvalidos y desposeídos.

¿Cómo pudo adaptarse a lugares tan distantes y en geografías tan dispares una conmemoración cuya antigüedad se mide en milenios? A los textos bíblicos se agregaron tradiciones de la diáspora hasta llegar a formar un día totalmente espiritual, en el que los seres humanos y los ángeles no tienen diferencias. Jorge Luis Borges señaló, con acierto: «Durante siglos, en toda Europa el pueblo elegido fue confinado en barrios que tenían algo, o mucho, de leprosarios y que, paradójicamente, fueron invernáculos mágicos de la cultura judía». En estos lugares, señalaba Borges, «germinó una increíble teología».

En relación con este día es sumamente ilustrativa la anécdota jasídica del zapatero remendón. Trabajaba este buen artesano hasta avanzada la noche y a la tenue luz de una vela. Su esposa le sugirió que ya era suficiente y su respuesta no se hizo esperar: «Mientras arde la vela, aún se puede hacer algo…»

Dicha escena fue contemplada desde la ventana por un sabio rabino, quien pronto transmitió a sus discípulos lo que había visto y oído: «Hoy, un humilde artesano me ha dejado una enseñanza profunda». Y repitió la frase del zapatero, pero otorgándole un sentido espiritual: «Mientras arda la vela de la vida, aún se puede hacer algo», en cuanto a que mientras respiremos, podemos mejorar y rectificar nuestras conductas en un sentido ético.

Si bien el Día del Perdón es una creación judía, su significado e interés trascienden a los judíos. Se podría decir que, en alguna medida, es la más particular y, a la vez, la más universal de las festividades hebreas. Hay que señalar que los investigadores han encontrado puntos de contacto entre las oraciones centrales judías del Iom Kipur con la liturgia católica.

Iom Kipur es una festividad que implica mucho más que lo puramente religioso. La hacen suya los creyentes y hasta los no creyentes. El judío sabe que la cadena de la continuidad depende de que ninguno rompa el eslabón que lo une con las generaciones pasadas y con las futuras.

Si entramos en una sinagoga el Día del Perdón, seguramente encontraremos, al atardecer, una muchedumbre iluminada por la luz del color blanco en los mantos rituales (taled) y todos los ornamentos en este color, que simboliza la pureza del perdón. Es un día en que el ser humano debe rendir cuenta de sus actos ante sí mismo, ante su comunidad y ante el Creador. De la sinceridad del arrepentimiento (comenzado 40 días antes) depende que sea inscripto y firmado en el simbólico Libro de la Vida. Es una jornada en que los conceptos de la vida y la muerte se entremezclan y se convierten en temas centrales. Tanto es así que, en siglos anteriores, los judíos observantes se vestían con una especie de mortaja para recordar el tema de la muerte.

El día concluye con el toque del shofar (cuerno de carnero), un antiquísimo instrumento de sólo tres notas. La palabra shofar tiene, significativamente, las mismas letras que la palabra hebrea shafor, cuyo significado es «perforar, aguijonear». Y, aunque parezca increíble, las mismas consonantes hebreas forman la raíz de la palabra shaper, que significa «mejorar».

Mañana se celebrará el Iom Kipur. El epílogo asoma mientras el sol comienza a ocupar el ocaso y el día se extingue. «Las simbólicas puertas del cielo se están por cerrar frente a las plegarias de pedido de perdón.» Es entonces cuando comienza con más fuerza la última oración y aparece el toque del shofar. Ya se ven las primeras estrellas de la noche y los que habían sido ángeles vuelven a ser hombres y regresan al hogar, elevados espiritualmente, luego de haber profundizado los vínculos con Dios y con el prójimo.

Una salutación tradicional cierra la festividad. Se desea al otro que sea inscripto y firmado (por Dios) en el libro de la vida, pero, en hebreo, eso se expresa simplemente con dos palabras: jatimá tova, que, literalmente, quiere decir «buena firma». O también, en español, «felicidades». Luego, una comida familiar festiva cerrará el capítulo hasta el próximo año.

En general, las posibles respuestas a preguntas sobre la continuidad de una festividad tan antigua se relacionan, en nuestro parecer, con la idea de situar el comportamiento ético en el centro de la escena para otorgar un singular relieve a la conmemoración del Iom Kipur. De allí su permanencia y su crecimiento en días como los actuales, en los que el individualismo exagerado pretende (esperemos que infructuosamente) despojarnos de nuestra dimensión humana.

El autor es presidente del Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí.
Fte La NAcion

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