El hecho es que este hombre, que acompañó a Arafat durante el exilio de Jordania, Líbano y Tunez, y fue el contacto clave en la creación de una red árabe de espionaje a favor de los palestinos, también fue el cerebro gris de los acuerdos de paz de Oslo, y en el proceso de Camp David, fue contrario a la inflexibilidad obtusa de Arafat. En el largo periplo de violencia terrorista, Abbas se enfrentó a los sectores violentos, y de las muchas frases para la historia, recojo esta expresión nítida: «El pueblo palestino tiene derecho a expresar su rechazo a la ocupación por métodos populares y sociales, pero utilizar las armas hace daño y es urgente pararlo». Gente muy bien informada me explica un aspecto significativo del carácter de este político que podría haber sido el estadista que los palestinos nunca han sabido tener. Minutos después de la caída de las torres gemelas, y con Mahmoud Abbas de viaje a Estados Unidos, despertó a Arafat, le dijo que aquello era un desastre, que tenían que ser inequívocos en el rechazo frontal a esa locura, y que era necesario parar, de cuajo, la Intifada. El rais no le hizo ningún tipo de caso, continuó permitiendo y alentando los actos de terrorismo, y tardó pocas horas en organizar manifestaciones de celebración, a favor de los terroristas del 11-S, en las calles de Gaza. Dicen los más entendidos en los intrinculis palestinos, que Abbas se sintió profundamente derrotado.
Este hombre que finalmente detenta la presidencia palestina, que tiene una visión inteligente y pragmática del futuro de su pueblo, y que podría ser el artífice de una solución definitiva, ha llegado al lugar oportuno en uno de los tantos momentos inoportunos de la historia palestina. Lejos de poder gobernar a un pueblo con horizontes lejanos, se ha visto imposibilitado de gestionar el pesado lastre de la herencia de Arafat, una herencia de corrupción generalizada, militarización masiva, adoctrinamiento fanático de los ciudadanos y éxito del fundamentalismo islámico, alimentado durante décadas por las enormes irresponsabilidades de los países del entorno, y del propi Arafat, un líder funesto para un pueblo errático. Abbas es el lider necesario para una nación que quiere tener futuro. Pero este líder, decidido y dialogante, no tiene presente. El drama de Abbas es el drama de Palestina, un pueblo usado y manipulado por todos los países árabes, secuestrado por la locura fundamentalista islámica y abandonado al callejón sin salida del odio generalizado. La situación actual no es su culpa, pero es la culpa de la suma ingente de graves irresponsabilidades que han cometido los palestinos a lo largo de la historia. Recordemos la cita del histórico Abba Evans según la cual, «los palestinos nunca han perdido una oportunidad para perder todas las oportunidades». Nuevamente se repite la trágica historia.
Gracias Julio Spolansky