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Por Marcos Aguinis

Chocolate por la noticia
Por Marcos Aguinis

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El virtuosismo de Paganini con el violín o el de Liszt con el piano no es todavía el de Kirchner con la política. Pero Kirchner se acerca mucho, de ser cierta la versión que oí por ahí en el sentido de que la oportunidad y el medio que usó para aporrear al Poder Judicial le ha servido para cambiar bruscamente la melodía y llevar el foco de la atención pública hacia otro tema, con diferente clave y tonalidad. En efecto: el escándalo suscitado por los casos Greco y Skanska generaba tanta asfixia en los altos niveles que se debía apelar a un mordente sonoro de alta eficacia. El mordente que produjo el cambio de música fue la Cámara de Casación, el más alto tribunal penal de la república. De súbito, el sensorio de la sociedad y el de la prensa fueron atraídos por el imán de otro foco. Casi, la obra de un consumado artista.

Pero, ¿de qué nos asombramos? ¡No es nueva la injerencia del Poder Ejecutivo en materia judicial y legislativa! Nos molesta y nos indigna, sí, pero no produce la reacción de los cacerolazos. Ni aun la Corte Suprema, vigilante permanente de la Constitución, reacciona con tronante firmeza. Descendemos del absolutismo monárquico, donde el rey decidía todo y a quien todo se le perdonaba. Esa figura omnipotente tuvo sus epígonos en los caudillos y, ahora, en los presidentes autoritarios. Los biombos que deben separar los tres poderes para que entre ellos se controlen están comidos por la polilla, llenos de agujeros, al extremo de que no se sabe dónde empiezan y dónde terminan las respectivas jurisdicciones. Nuestra república no logra consolidarse, porque existe un abismo entre la letra y la realidad. Seguimos hipnotizados por un presunto rey, aunque ahora se llame de otra forma, su piso no sea tan firme ni su futuro esté asegurado.

¿Qué son los superpoderes y las leyes de necesidad y urgencia sino facultades usurpadas al Congreso? ¿Qué significan los cambios realizados en el Consejo de la Magistratura si no poner a los jueces bajo una amenazante espada que sólo empuña el Ejecutivo? El Congreso es una casita robada y el Consejo de la Magistratura una casita ocupada.

Quienes han disfrutado el vértigo de la montaña rusa en un parque de diversiones tal vez vuelvan a sentir el mismo vértigo si repasan el manoseo que se ha realizado impúdicamente con nuestra Justicia en todas partes, empezando con el Superior Tribunal de cada provincia. ¡Agarrarse fuerte!

En Formosa, el gobernador Vicente Joga aumentó los miembros del Tribunal Superior de tres a cinco; luego los redujo a tres. Más adelante, el gobernador Insfrán los volvió a elevar a cinco.

En Santiago del Estero, el Superior Tribunal pasó de cinco a siete miembros en 1989. Después, la intervención federal echó a todos para reemplazarlos por abogados que consideraba más favorables, reduciendo el cuerpo a cinco. El gobernador Juárez lo aumentó de nuevo a siete. Otra intervención federal volvió a renovar los ministros. El siguiente gobernador los cambió en su totalidad.

En Tierra del Fuego, en el año 2000, los tres ministros del Tribunal Superior fueron obligados a jubilarse en forma anticipada. Así, el gobernador los podía sustituir por abogados de su confianza.

En La Rioja, los miembros pasaron de tres a cinco en 1986. Años después crecieron a siete. El gobernador Maza, recientemente destituido, promovió una reforma para desembarazarse de cuatro.

En Río Negro, la composición de la Corte pasó de tres a cinco, pero en el año 2000 volvió a tres.

En Santa Cruz, cuando era gobernador Néstor Kirchner, el Tribunal fue aumentado de tres a cinco. Pero en la reforma -¡de paso, cañazo!- removió al díscolo procurador general para que no molestase con sus denuncias.

En Neuquén, gracias a los retiros en el Poder Judicial y a un sistema especial de jubilación, el gobernador consiguió reemplazar a todos los ministros.

En Entre Ríos, el gobernador Busti promovió una reforma singular que dividió a la Corte en salas por fuero, con abogados de filiación política afín.

En San Luis, el Tribunal pasó de cinco a siete miembros. Después lo redujeron a cinco. La disconformidad con sus fallos determinó que el Ejecutivo realizara una intensa campaña de desprestigio, que forzó el alejamiento de cuatro.

¿Mareado? Perdón, pero lo advertí.

Esta información rápida e incompleta demuestra que no sólo se moldea el número de integrantes como si fueran una masa de arcilla, sino que se cambia a uno o más ministros con justificativos poco creíbles, y se expulsa sin consecuencias al procurador general. Son mecanismos de domesticación a rebencazos, con excusas variables, que van desde el retaceo en el presupuesto, la desobediencia a los fallos y el menosprecio público de los jueces, a veces con campañas calumniosas. No se escatiman recursos. Mientras, la sociedad -confundida en medio de otras urgencias, como la inseguridad, la salud y la pobreza- no advierte esas arbitrariedades que liman con dientes de rata los pilares de la República.

¿Cómo podemos creer en la independencia del Poder Judicial si la Corte Suprema de Justicia de la Nación sufrió diez modificaciones en menos de 60 años?

Era estudiante en Córdoba cuando asumieron nuevos jueces en el Superior Tribunal de mi provincia. Estábamos a principios de 1955 y la genuflexión ante el Poder Ejecutivo producía náuseas. Después de la jura, los ministros dirigieron un mensaje al presidente Perón que decía textualmente: «Inspirados en el prototipo de vuestra vida ejemplar, en la acción de nuestra inolvidable Eva Perón, y en el principio que informa a la Doctrina, asumimos con fervor peronista las altas funciones (…) juramentados en una inquebrantable adhesión y lealtad a vuestra insigne persona como líder de la nueva Argentina justicialista». Esta su-bordinación expresaba que ya no existía la república, sino apenas su caricaturesco recuerdo. Significaba, también, el principio del fin. No alcanzaba la hegemonía, sino que se tendía a la autocracia. Y el régimen se desfondó. Contra estos casos tan tristes, adquieren brillo hechos que deberían ser normales o irrelevantes. Pero el contraste brilla tanto que se convierten en modelos. Tal vez se deba a las convicciones democráticas e institucionales que perduran en franjas de nuestra sociedad, pese a los genes absolutistas. Cuando Yrigoyen parecía un viejo chocho, tuvo la lucidez y firmeza para ofrecer la presidencia de la Corte Suprema a su adversario político, Figueroa Alcorta. Era un modo categórico de separar los poderes, como debe suceder en una democracia genuina. Cuando Alfonsín triunfó en las elecciones de 1983, imitó a Yrigoyen y ofreció la presidencia de la Corte Suprema a su destacado rival, Italo Lúder, quien la rechazó porque no estaba a la altura que requería ese momento excepcional de nuestra historia. De la Rúa no cambió un solo miembro de la Corte en su breve mandato, pese a que su composición venía siendo cuestionada.

Pero no nos confundamos. No se trata de peronismo y antiperonismo, ni de derecha e izquierda. Ha corrida mucho agua -también sangre- bajo los puentes. Ahora se trata de salvar nuestra república apaleada. Tendemos a confundir democracia con elecciones. Es un error grosero en el que también incurren los países del Primer Mundo. No es lo mismo democracia y elecciones, como no es lo mismo una república con ese nombre y una república donde los poderes no tienen independencia ni ejercitan su control recíproco. Muchas elecciones no garantizan la democracia, sino que operan como un trampolín hacia regímenes totalitarios. Hitler asumió después de elecciones. Varias dictaduras en la actualidad convocan a elecciones o a simulacros de elecciones. Eso no es democracia. La democracia necesita libertad, derechos, alternancia del poder, pluralismo político, transparencia administrativa, control y un Poder Judicial independiente, respetado y vigoroso.

Esto no es compartido por aquellos que llevan en el alma la semilla de la tiranía. Que quieren imponer el pensamiento único. Que disuelven la tolerancia. Que descalifican al que piensa diferente. Que incentivan el odio. Nuestro país transitó por diversas ondas. Actualmente prevalece la neomonto . Por suerte es neo , es decir, aggiornada . No recurre a las armas de fuego, pero sí a otras que también causan miedo. Miedo entre los periodistas, los legisladores, los jueces y fiscales, los empresarios, los gobernadores, los intendentes, muchos políticos.

A los neomontos que Perón echó de la Plaza porque despreciaban la democracia y no querían avenirse a la convivencia pacífica y que, después, ante su obstinación confrontativa, decidió exterminar con toda la fuerza del Estado, es oportuno recordarles que el viejo líder regresó con el propósito manifiesto de evitar la guerra civil.

Era un hombre diferente al déspota de sus primeras dos presidencias. Había reflexionado y aprendido y observaba con ojo alerta la evolución del mundo, pese a que aún existía la Unión Soviética y Mao gozaba de poder. Un gesto histórico fue su abrazo con Balbín, entonces el rival emblemático. Pero otro, más importante, fue su mensaje del 3 de agosto de 1973, que deberían leer y releer quienes se dicen sus continuadores. Es una pieza que costará digerir a los prepotentes, a los que injurian, a los que desprecian la crítica, a los que se ofuscan porque les señalan errores. Dijo Perón en esa oportunidad: «La política, hoy, ya no son dos trincheras en cada una de las cuales está uno armado para pelear con el otro. Nuestro mundo moderno ha creado necesidades, y los pueblos no se pueden dar el lujo ya de politiquear. Esos tiempos han pasado. Vienen tiempos de democracias integradas en las que todos luchan por un objetivo común, manteniendo su individualidad, sus ideas, sus doctrinas y sus ideologías, pero todos trabajando para el fin común».

Apenas comenzó su mandato, Kirchner hizo lo opuesto al consejo de Perón. Se instaló en una trinchera y empezó a disparar: contra los militares, contra los empresarios, contra la Iglesia, contra la oposición, contra la prensa. El crecimiento de su poder se alimenta con la nostalgia por el rey que muchos argentinos llevan en el alma: la «mano fuerte», el dispensador de bienes, el donador de privilegios. Pero también el que inhibe, censura y destruye las bases de nuestra débil democracia. La reiteración de ataques contra el Poder Judicial tendrá un efecto deletéreo, porque cada juez o fiscal que deba enfrentar al oficialismo, aunque sea en causas por demás simples, sabe que pone la cabeza bajo la guillotina.

El Consejo de la Magistratura, que fue creado en la reforma constitucional de 1994, podía haber sido uno de sus pocos y brillantes aportes. Pero se lo ha bastardeado desde el comienzo. Al principio se tardó más de la cuenta en ponerlo a funcionar. Y durante esta administración se hizo todo lo posible para transformarlo en una herramienta del oficialismo. En lugar de brillar como símbolo de independencia y eficacia, será el lugar para linchar a quienes se atrevan a cuestionar las ideas o propósitos del Ejecutivo. Pero, como dije desde el principio, no es algo nuevo. Sólo que ya no podemos tragar este tipo de chocolate.
La Nación

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