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No tenemos alternativa: tenemos que destruir a Hezbollah

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Sólo se ven columnas de humo por todos lados. Y con cada una de ellas se debilita aún más toda expectativa de que la matanza se detenga. Al contrario, Israel prometió anoche más guerra al pagar ayer la mayor cuota de sangre –tres civiles y 12 soldados muertos– en estos 25 días que van de fuego cruzado.

Era de noche y, a la luz de las ambulancias, se contaban las víctimas de los seis misiles que la milicia islámica lanzó contra la ciudad de Haifa. Nadie salía de su asombro: el saldo era de tres muertos, pero con no menos de 40 heridos por el derrumbe de un edificio de cuatro pisos.

«Parece un campo de batalla», dijo el socorrista Simón Abutbul, sin poder contener las lágrimas. Fue el día más negro para Israel: 12 soldados reservistas, a los que se había convocado para la ofensiva en el Líbano, habían muerto horas antes en un ataque de Hezbollah con misiles Katyusha en la localidad de Kfar Giladi. La milicia libanesa lanzó ayer más de 160 misiles sobre el norte de Israel.

Mientras la violencia parecía alejar las esperanzas de lograr una tregua, el gobierno de Ehud Olmert ardía de desesperación y de rabia. Horas antes, Hezbollah -la milicia a la que dijo haber erosionado- le había frustrad también un ataque con helicópteros en la vecina Sidón. «Esto no puede ocurrir de nuevo. No sabemos cuánto nos llevará, pero no tenemos alternativa: tenemos que destruir a Hezbollah y eso es lo que vamos a hacer, cueste lo que cueste», dijo la ex vocera del ejército israelí Ruth Yaron.

Al cierre de esta edición, Beirut, asediada y casi sin vida por la falta de combustible, temía que en las próximas horas llegara a tierra libanesa la peor revancha. Y, al igual que en los últimos días, nadie se fue a dormir tranquilo, con la inquietante sensación de que nada bueno estaba por venir.

Antes de sufrir el golpe en carne propia, Israel había atacado duramente al Líbano en su declarado afán de terminar con la milicia. «¿Acaso creen que se puede terminar a bombazos un movimiento político que está por todo el país?», intentó reflexionar el ministro de Economía, Sammi Haddad.

No menos de 15 civiles libaneses murieron ayer en ataques israelíes en Sidón -donde fue repelido un operativo con helicópteros- en Tiro y en el valle de la Bekaa, donde los aviones israelíes cargaron de nuevo contra puentes ya inutilizados.

Y, una vez más, abrió fuego Israel contra esta capital, donde un edificio de diez pisos se vino abajo por la ofensiva.

Beirut fue ayer blanco de un extraño ataque aéreo a plena luz del día en el preciso instante en que intentaba aterrizar el avión que trajo a esta ciudad al secretario general de la Liga Arabe, Amr Musa, quien hoy evaluará aquí eventuales reacciones en caso de regionalización del conflicto (ver Pág. 3).

Todo esto ocurrió apenas 12 horas después de que, tal como anticipó LA NACION en su edición de ayer, el Líbano rechazara la propuesta de borrador de resolución presentada por Francia y Estados Unidos en la ONU para lograr un precario cese de hostilidades.

El primer ministro Fouad Siniora dijo que «no era el adecuado». Ayer, el vocero del Parlamento libanés y aliado de Hezbollah, Nabih Berri, explicó claramente las razones del rechazo: «No habrá alto el fuego hasta que Israel no deje de atacar al Líbano y se retire inmediatamente de su territorio», afirmó, y pidió que el borrador sea modificado para que exija la retirada inmediata, entre otras demandas.

Eso implica que el gobierno libanés adopta, en su negociación, el mismo discurso de la rama política de Hezbollah, sin un centímetro de diferencia. Y da la pauta también de por dónde pasa la línea del poder en este momento en el país arrasado.

También Siria, que junto con Irán patrocina a Hezbollah, rechazó el proyecto, que autoriza a Israel a responder si es atacado. Por su parte, el gobierno de Ehud Olmert mantuvo silencio oficial sobre el borrador, pero la prensa israelí afirma que el gobierno lo ve con buenos ojos.

Al cierre de esta edición, nuevos esfuerzos diplomáticos se ponían en marcha para intentar frenar lo que -a todas luces- se encamina hacia una catástrofe. Pero parece difícil que nada salga de todo eso antes de que hablen nuevamente las balas. Anoche, otra vez, el ejército israelí cargaba sobre Caná, donde -hace una semana- causó la peor masacre de esta guerra al matar a 30 chicos. Y, para colmo, la mayoría de ellos discapacitados.

«Tenemos que seguir esta ofensiva», decía anoche la ex vocera -y general del ejército israelí- Ruth Yaron. «Sabemos que hay quienes están alimentando y proveyendo a Hezbollah de armamento», dijo, en referencia a Siria e Irán.

Desde que comenzó la guerra, han muerto en total 93 israelíes y 591 libaneses.

Por lo pronto, apenas puso un pie en esta ciudad para la reunión de la Liga Arabe de hoy, el canciller sirio, Salid Al Mualen, dijo que «es imposible un alto el fuego sin la retirada inmediata de Israel» y reiteró que su país «reaccionará» en el caso de que haya un ataque israelí.

Desde los Estados Unidos, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, intentó desactivar eventuales implicaciones regionales con una nueva apelación a su discurso sobre el llamado «eje del mal». «A partir de ahora veremos cuáles son los países que están por la paz y cuáles no», dijo Rice.

Los días pasan y, entre maniobras desesperadas, Israel no logra el debilitamiento de Hezbollah. El general Amos Yadlín, jefe del servicio de Inteligencia Militar, reconoció que la milicia mantiene casi intacta su capacidad ofensiva, a pesar de los masivos bombardeos de Israel por tierra y aire. «Los cohetes de corto alcance no dejan ningún rastro, por lo que es más difícil localizarlos», dijo. Hace unos días, Olmert había afirmado que ya se había debilitado a la milicia que hoy genera movimientos de adhesión en todo el mundo islámico.

Por Silvia Pisani
Enviada especial
La Nacion

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