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por Pilar Rahola

EL PADRE DEL ASESINO
por Pilar Rahola

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Mi hijo ya ha cumplido los catorce. Como muchos preadolescentes, no tiene ni idea de lo que quiere ser de mayor, pero nosotros, sus padres, sí que lo sabemos: queremos que sea feliz. Después ya llegarán las complicaciones, las dificultades para acometer los hitos más lejanos, los más altos sueños… Y allí estaremos, allí, en la cima de sus éxitos y en el vacío de sus caídas, porqué eso somos, una sólida red de protección que nace del amor que nos tenemos, de la complicidad que sabemos tejer. Somos una familia, y ello es exactamente una familia cuando se ama: una espesa red de sentimientos, ayudas y emociones. Sea como fuere, lo cierto es que, cuando pensamos en el futuro de nuestros hijos, no hay nada que nos cause más dolor que intuir los problemas que padecerán, las desgracias que, quizás, vivirán, los desengaños. ¿puede existir un padre y una madre, en un contexto de vida y de amor, que quiera alguna maldad para su hijo? No lo sé. No sé como son los padres de Sami Salim Mohamed. Quiero creer que son padres palestinos normales, protectores y amantes de sus hijos. Si es así, hoy deben estar llorando la muerte de Sami, a escondidas, porqué la locura integrista islámica exige que los padres expresen alegría por el suicidio de un hijo en un atentado terrorista, considerado un mártir y no un asesino.

Sami Salim tenía 17 años, la edad de empezar a enamorarse, de creer que el mundo es un espacio habitable, lleno de horizontes por descubrir, de paraísos por conquistar. 17 años, la edad de los sueños, la de los mitos del fútbol y el deporte, la edad en que todas las chicas son pura poesía. Pero Sami Salim Mohamed no fue educado para la vida, sino para la muerte, no lo fue para la convivencia y el amor, sino para el odio, y así, alimentado por una sociedad enferma que cree que enviar a sus jóvenes a la muerte es voluntad divina, inició, un día terrible, el camino de Tel Aviv. En el puestecito de comida rápida Falafel Rosh Ha´ir, allí donde podía encontrar muchos jóvenes como él para asesinar, se explotó la bomba que llevaba adosada al cuerpo. Previamente, en un video propagandístico para uso de más anulaciones de cerebro, ese chico de 17 años expresaba su alegría por el paso, hacia la muerte, que estaba a punto de hacer. Aún sabía poco sobre la vida, pero ya creía saberlo todo sobre la muerte. Y en su tribuno, se llevó la vida de nueve personas más y decenas de heridos. Nueve personas asesinadas, nueve, con sus ilusiones destruidas, sus proyectos truncados, quizás un médico, quizás un chico que acababa de declararse a su chica, quizás una maestra, quizás…, nueve historias de vida y de amor truncadas de cuajo.

¿Es Sami Salim un asesino? Creo, más bien, que es el instrumento demoníaco de una ideología asesina que desprecia a la vida de tal forma, que empieza despreciando la vida de los propios hijos. «Lo que más odio no es que nos matéis a nuestros niños, sino que nos obliguéis a matar a los vuestros». Décadas después del grito doliente de Golda Meier, poco ha cambiado.

Palestina tiene, sin duda alguna, muchos problemas. Pero hay uno que los condiciona todos, que los contamina hasta la medula, hasta la destrucción, hasta la pura nada: es, hoy por hoy, una sociedad profundamente enferma, liderada por fanáticos fundamentalistas que consideran que la vida de sus hijos es carne de bomba, clavos y muerte, y que morir es mejor que vivir. Una sociedad que, en las escuelas de los niños, no cuelga el póster de Harry Potter, sino la cara alegre de un pobre Sami Salim que no llegó a los 18 años porqué le educaron para matarse y matar, es una sociedad agónica y autodestructiva. Puede que tenga un presente caótico y complejo. Pero, liderada por el nihilismo integrista, lo más trágico, lo más terrible, es que no tiene futuro posible.
Revista El Temps

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