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Hatzad Hasheni: La Administración Biden preparó el terreno para la nueva guerra de Hamás

Por Iton Gadol
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Por Jonathan S.Tobin (JNS.org)

Los aliados europeos de EEUU no lo entienden. El lunes, la Administración Biden decidió poner freno a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que habría condenado a Israel, junto con Hamás, por la actual oleada de violencia. El texto de la resolución instaba a Israel a impedir que los judíos prevalecieran en una disputa inmobiliaria en Jerusalén y a respetar el statu quo en la ciudad, al tiempo que rechazaba el lanzamiento de cohetes y misiles sobre ciudades, pueblos y comunidades israelíes por parte de Hamás.

Que la Administración se retirara en el último minuto de una resolución que consideraba unos ataques terroristas contra civiles como moralmente equivalentes al empeño por hacer valer el derecho de propiedad de unos particulares judíos en la capital de Israel y los desvelos de los servicios de seguridad israelíes de impedir a los palestinos utilizar el Monte del Templo como depósito de proyectiles y material pirotécnico con el que atacar a fieles judíos y a las propias fuerzas del orden del Estado judío fue un paso en la dirección correcta.

Pero los europeos tienen derecho a sentirse agraviados. La resolución reflejaba las posiciones que defendía la Administración Biden sólo un par de días antes. Tras pasarse varios meses dejando claro que los tiempos de la cercanía especial entre Israel y EEUU característica de la Administración Trump había acabado, el equipo de política exterior del presidente demócrata no estaba preparado para redoblar su apuesta en medio de una grave crisis.

Este incidente da buena cuenta de una Administración que, pese al poco tiempo que lleva en funcionamiento, ya se ha rebelado contra sí misma en lo relacionado con Oriente Medio. Por un lado, el presidente Biden, el secretario de Estado Blinken y el consejero de Seguridad Nacional Sullivan han tratado de garantizar a la comunidad proisraelí que están comprometidos con la alianza con el Estado judío y que, dada las nulas perspectivas de unas negociaciones con los palestinos, no iban a invertir el mismo tiempo y dedicación que la Administración Obama desperdició en el proceso de paz. Pero la mayoría del equipo de Biden está conformada por gente con un largo historial de hostilidad a Israel, como el enviado especial para Irán, Robert Malley, y el enviado especial para Oriente Medio, Hady Amr.

La prioridad del equipo de política exterior de Biden ha sido revivir el acuerdo nuclear con Irán de 2015, como ha quedado de manifiesto con una nueva ronda de apaciguamiento hacia Irán capitaneada por Malley. Eso, junto con la frialdad entre Washington y el Gobierno de Netanyahu, despejaba cualquier duda: Israel no cuenta con el favor de una Administración copada por quienes lo ven como un país gobernado por unos aliados de Trump a los que hay que poner en su sitio.

¿Ha contribuido este estado de cosas al estallido de la peor oleada de violencia en la región desde 2014?

La pregunta sobre quién es responsable del desarrollo de los acontecimientos de la última pasada no es sencilla. Todo empezó con una disputa inmobiliaria en la que unos inquilinos árabes no pagaban la renta a sus arrendatarios judíos, así como en el conocido empeño palestino de convertir el Monte del Templo en una no go zone para los judíos y para las fuerzas de seguridad israelíes, metastatizado en disturbios en Jerusalén, enfrentamientos entre árabes y judíos en varias ciudades israelíes y, por último, en una confrontación militar a gran escala entre Israel y el régimen terrorista de Gaza.

Uno puede cuestionar al Gobierno de Netanyahu por no anticiparse a la disposición de Hamás a convertir Israel en una zona de guerra. Los legisladores israelíes también tienen algo de culpa, no en vano se les percibe como débiles por su incapacidad para conformar un Gobierno estable tras nada menos que cuatro elecciones legislativas en sólo dos años.

Con todo, el grueso de la responsabilidad recae sobre los palestinos, que una y otra vez optan por la violencia en vez de por buscar la paz. Aun así, esto no debería cegarnos ante la manera en que los cambios emprendidos por la Administración Biden han dado a las facciones palestinas un incentivo para hacer saltar todo por los aires. En algún momento será inevitable un alto el fuego con Hamás, y el fin de la violencia llegará a las calles de Jerusalén y de otras ciudades de Israel. Si será antes o después, o si Israel será capaz de conseguir sus objetivos militares en su ofensiva sobre Gaza –que vayan más allá de restaurar el peligroso statu quo existente hasta la semana pasada–, es algo que está por verse. Pero que la desescalada probablemente lleve a Washington a un renovado interés en resucitar el moribundo proceso de paz entre Israel y los palestinos deja claro que las señales que envió Biden con anterioridad crearon un escenario en el que la carnicería de estos días era casi inevitable.

El factor que ha llevado directamente a la peor oleada de violencia desde la guerra de Israel con Hamás del verano de 2014 ha sido la política interna palestina. La decisión del líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, de cancelar las elecciones previstas para este mes le llevó a buscar una maniobra de distracción frente a su pavoroso desgobierno en la Margen Occidental. Ante su posible derrota a manos de disidentes de su propio partido Fatah o de sus rivales islamistas de Hamás, Abás hizo lo que siempre hacen los líderes palestinos: distraer la atención de sus propios fracasos mediante la incitación nacionalista y la agitación del odio judeófobo de cariz religioso.

Lo que llevó a la prédica de las mentiras habituales y a la retórica incendiaria sobre la protección del Monte del Templo frente la depredación judía, algo que los líderes árabes palestinos llevan haciendo desde hace un siglo. Pero también influyó el exitoso empeño palestino de convertir la disputa inmobiliaria del barrio jerosolimitano de Sheik Yarrah en una cause célèbre generadora de oprobio internacional contra Israel y de indignación entre los palestinos y los árabes israelíes. Lamentablemente, la Administración Biden y el resto de la comunidad internacional ha comprado el falaz mensaje de que negar derechos de propiedad a judíos en Jerusalén es una cuestión de derechos humanos.

La decisión de Hamás de agravar el conflicto lanzando más de 1.600 proyectiles contra Israel no iba de proteger Jerusalén, sino que se trata de otro ejemplo de cómo la violencia y el asesinato son la moneda de cambio con la que uno gana credibilidad en la cultura política palestina. Matar a unos cuantos israelíes y enviar a muchos más a los refugios es su manera de ganar popularidad a costa de Abás y de otros elementos de Fatah.

Aun así, cabe preguntarse por qué Abás y, sobre todo, Hamás han optado por excitar la violencia tras años de relativa calma.

Uno puede aducir que la tensión en Jerusalén lleva años bullendo y que en algún momento tenía que estallar. Pero el caso es que entre 2017 y 2021 tanto Hamás como Abás comprendieron que no iban a poder apartar a EEUU de Israel. Al abandonar la política del presidente Obama de crear distancia entre EEUU e Israel y dejar claro a los palestinos que no podían contar con la presión americana sobre el Estado judío, el presidente Trump desincentivó la violencia palestina.

En cambio, Biden dispuso el terreno para una nueva ronda de violencia precisamente por apartarse de las posiciones de Trump y mostrar indiferencia ante los palestinos. Abás necesitaba llamar su atención, lo que presumiblemente le llevó a escuchar a quienes, en el ala izquierda del Partido Demócrata, andaban defraudados por que no se presionase a Israel para que hiciera concesiones a los palestinos a la vez que se iniciaba el acercamiento a Irán.

Está por ver si Biden y Blinken pueden resistir a la facción antiisraelí del partido y su creencia en apostar por una solución de dos Estados (en la que los palestinos tienen poco interés) para no verse arrastrados al pantanal del que consiguió librarse Trump.

Como buena parte de los medios y el Partido Demócrata han aceptado la falaz narrativa sobre los errores de Israel en Sheik Yarrah y el Monte del Templo, se echará tierra sobre el rol de Biden en los acontecimientos que de hecho ha precipitado. Pero la sangre derramada en Israel y Gaza es un desastre que el demócrata podría haber evitado si se hubiera atenido a las posiciones de Trump sobre Israel. Al no asumir que su retorno a un mayor distanciamiento alentaría la violencia palestina, Biden ha tomado un problema estable pero irresoluble y lo ha convertido en una catástrofe. Para beneficio de Abás, Hamás y la creciente facción antiisraelí del Partido Demócrata, no de EEUU ni de la paz.

© Versión en español: Revista El Medio

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