Itongadol/Agencia AJN.- Algunas ideas científicas nacen de una búsqueda específica de un nuevo tratamiento; otras surgen casi por casualidad. La empresa israelí Alpha DaRT pertenece a esta última categoría, y sería difícil encontrar una historia de origen mejor.
A comienzos de la década de 2000, el fallecido profesor Yitzhak Kelson, físico de la Universidad de Tel Aviv (TAU), y su estudiante de doctorado Lior Arazi trabajaban en una cuestión que no tenía nada que ver con el cáncer: cómo podían utilizarse las partículas alfa para medir capas delgadas de materiales. La tecnología tenía posibles aplicaciones industriales, pero el uso de radiación hacía que su desarrollo fuera complicado desde el punto de vista regulatorio. Entonces, según contó Kelson posteriormente, un médico que trabajaba en un laboratorio cercano les sugirió que consideraran una aplicación médica.
Esa sugerencia abrió una dirección completamente nueva. Kelson se asoció con el profesor Yona Keisari, investigador del cáncer e inmunólogo de la Facultad de Medicina, y los dos científicos, provenientes de campos muy diferentes, transformaron un concepto de la física en un nuevo método para tratar tumores sólidos.
El avance consistió en tomar lo que durante mucho tiempo había sido considerado la principal desventaja de la radiación alfa y convertirlo en su fortaleza. Las partículas alfa pueden causar daños devastadores en las células, pero recorren una distancia muy corta a través de los tejidos; incluso una hoja de papel puede detenerlas. Esto dificulta utilizarlas para irradiar desde una fuente externa un tumor ubicado en el interior del cuerpo.
Alpha DaRT evita ese problema de una manera casi elegantemente simple: en lugar de llevar la radiación hasta el tumor, coloca la fuente de radiación dentro de él. Pequeñas fuentes metálicas cargadas con radio-224 se insertan directamente en el tumor, donde liberan átomos radiactivos que se dispersan varios milímetros a su alrededor y emiten partículas alfa. De esta manera, el tumor es irradiado desde su interior, con una alta intensidad y a corta distancia, buscando preservar la mayor cantidad posible del tejido sano circundante.
‘‘La genialidad del profesor Yitzhak Kelson y del profesor Yona Keisari consistió en desarrollar una tecnología que permite que la radiación se propague dentro del tumor mediante la difusión de átomos’’, explicó el director ejecutivo de Alpha Tau, Uzi Sofer, en una entrevista con Ynet en abril de este año.
Detrás de esa explicación existe otra posible ventaja: la radiación alfa provoca daños particularmente graves en el ADN de las células cancerosas y depende menos de la presencia de oxígeno dentro del tumor. En otras palabras, podría funcionar incluso en entornos en los que la radioterapia convencional enfrenta mayores dificultades.
El camino desde el laboratorio hasta los pacientes llevó años. En 2015 se fundó Alpha Tau Medical, dirigida por Sofer y en colaboración con Kelson y Keisari, para llevar la invención de la TAU a los hospitales. El primer ensayo en seres humanos comenzó en 2017 en pacientes con tumores de piel y de cabeza y cuello, y los resultados iniciales llamaron la atención: todas las lesiones evaluables respondieron al tratamiento y, en la mayoría de ellas, se registró la desaparición completa del tumor.
Desde entonces, el programa clínico se expandió a distintos continentes y a otros tipos de cáncer. En febrero de 2026, Alpha DaRT alcanzó uno de sus hitos más importantes: Japón otorgó la aprobación comercial de la tecnología para el tratamiento del cáncer de cabeza y cuello localmente avanzado o recurrente que no puede ser tratado mediante cirugía. Fue la primera aprobación de la tecnología fuera de Israel.
Además, en Estados Unidos ya se completó la incorporación de 88 pacientes a un ensayo fundamental para el carcinoma cutáneo de células escamosas recurrente, y la compañía inició el proceso para presentar su solicitud de aprobación ante la Administración de Alimentos y Medicamentos norteamericana (FDA, por sus siglas en inglés).
Pero quizás la parte más intrigante de la historia de Alpha DaRT es que sus ambiciones ahora se extienden mucho más allá de los tumores de piel accesibles. La tecnología se está estudiando actualmente contra algunos de los cánceres más difíciles de tratar, entre ellos el cáncer de páncreas y el glioblastoma. En agosto, el primer paciente en Israel con un glioblastoma recurrente fue tratado en el Hospital Hadassah Ein Kerem como parte de un estudio de Fase I que actualmente se concentra principalmente en evaluar la seguridad del tratamiento.
Al mismo tiempo, Alpha DaRT también está siendo investigada en combinación con inmunoterapia. Detrás de este enfoque se encuentra una idea que Keisari lleva años estudiando: destruir un tumor no solo podría eliminarlo localmente, sino también exponer al sistema inmunitario los marcadores que identifican a las células cancerosas. La posibilidad de convertir un tratamiento local en una especie de señal de alarma para el sistema inmunitario todavía está siendo investigada, pero si se demuestra en ensayos clínicos de mayor escala, podría ampliar considerablemente el potencial de la tecnología.
Más de dos décadas después de aquel encuentro casi accidental entre la física y la medicina en la TAU, Alpha DaRT está muy lejos de ser un experimento de laboratorio exótico. Una tecnología que nació de un intento por encontrar otro uso para las partículas alfa se convirtió en una plataforma israelí para el tratamiento del cáncer, obtuvo la aprobación comercial en Japón, se acerca a un importante hito regulatorio en Estados Unidos y ya llegó al tratamiento experimental de tumores cerebrales en Israel.
No promete ‘‘vencer al cáncer’’. Pero hace algo no menos extraordinario: toma una limitación que alguna vez pareció estar incorporada a las propias leyes de la física y la convierte en una ventaja terapéutica, que podría abrir un nuevo camino para abordar algunos de los cánceres más difíciles de tratar.
Fuente: Ynet.

