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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, llegó a un acuerdo con los movimientos religiosos no ortodoxos para mantener el statu quo en materia de conversiones al judaísmo hasta el año que viene y “preservar la unidad del pueblo judío".
De este modo, la Knesset (Parlamento) no tratará un proyecto de ley que busca limitar su práctica a los rabinos ortodoxos y los movimientos liberales no demandarán ante la Corte Suprema el reconocimiento de las que ellos realizan.
Durante ese tiempo se conformará un equipo para delinear una legislación sobre el tema, el cual estará encabezado por el presidente de la Agencia Judía, Natán Sharansky, e incluirá a representantes del gobierno y de los movimientos Masortí (tradicionalista/conservador) y reformista.
"Los cambios en las leyes de conversión deberían alcanzarse mediante una amplia comprensión, para evitar un cisma en el pueblo judío. La unidad es un interés nacional primordial y estoy decidido a preservarla", se comprometió Netanyahu.
El disparador de la controversia entre los sectores religiosos ortodoxos y liberales fue una propuesta del diputado David Rotem, del partido Israel Beiteinu del canciller Avigdor Lieberman, que les conferiría la autoridad para llevar a cabo conversiones a los rabinos ortodoxos que trabajan para las municipalidades.
Los críticos temen que la redacción del proyecto pueda conllevar a un fortalecimiento del poder del Gran Rabinato ortodoxo, un cambio en el estatus jurídico de las conversiones no ortodoxas y una eventual afectación a la elegibilidad de los conversos por rabinos liberales para los beneficios que otorga la Ley del Retorno, que asegura la ciudadanía israelí a quien tenga al menos un abuelo judío.
Desde la ortodoxia criticaron el convenio y denunciaron que no fueron convocados para participar del mismo.
De todos modos, la Knesset se encuentra en su receso veraniego de cuatro meses.

