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Opinión. ¿Está todo escrito? Por León Halac

Por IG
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 Itongadol.- Hay frases que repetimos durante años sin detenernos a pensar qué significan realmente.

Una de ellas es:  “Todo está escrito.”.

La escuché innumerables veces y, durante mucho tiempo, la acepté casi sin cuestionarla. Sin embargo, cuanto más estudio la Torá, más dificultades encuentro para comprenderla. No porque dude del conocimiento infinito del Creador. Mi pregunta es otra.

Si todas nuestras decisiones ya estuvieran escritas desde antes de nuestro nacimiento, ¿qué sentido tendría buena parte del mensaje de la Torá?, ¿Por qué Yom Kipur?, ¿Por qué la teshuvá (arrepentimiento)?,  ¿Por qué el mérito y el castigo?,  ¿Por qué la lucha permanente entre el yetzer hatov (instinto del bien) y el yetzer hará (instinto del mal)? Y, sobre todo, ¿por qué la Torá insiste una y otra vez en hablarle al hombre como si pudiera elegir?

No encuentro una respuesta sencilla, Levítico no presenta un destino inevitable, dice: “Si andáis en Mis estatutos…” y  luego añade: “Pero si no Me escucháis…”

Deuteronomio repite exactamente la misma estructura: “Si escuchas…”, “Si no escuchas…” , toda la alianza parece construida sobre una condición, no  sobre un determinismo.

Y entonces aparece uno de los versículos más extraordinarios de toda la Torá.

“He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida.”

Siempre regreso a la misma pregunta:

  ¿Tiene sentido ordenar elegir a quien, en realidad, no puede hacerlo?.  Si nuestras decisiones ya estuvieran determinadas desde el principio, ¿qué significado tendría esa invitación?

La Torá no dice: “Haz de cuenta que eliges.” Dice simplemente: “Escoge.”

No parece dirigirse a un actor que interpreta un papel. Parece hablarle a un hombre verdaderamente responsable. Y esa impresión se repite una y otra vez:

Abraham discute con Dios por Sodoma. Moisés intercede después del becerro de oro, ruega nuevamente tras el pecado de los espías, Jonás anuncia la destrucción de Nínive y la ciudad cambia de conducta. Ezequías recibe un anuncio de muerte, ora y el decreto se modifica.

La Torá describe un diálogo no un teatro pero un diálogo solo tiene sentido cuando la respuesta del otro importa.

También Yom Kipur parece apoyarse sobre esa misma idea: Si el hombre no pudiera cambiar, ¿qué sentido tendría dedicar un día entero al arrepentimiento?,  ¿De qué serviría la teshuvá si nunca hubiera existido una verdadera posibilidad de elegir otro camino?

Mientras reflexionaba sobre estas preguntas comprendí que quizá estamos confundiendo dos afirmaciones distintas,  Una cosa es decir que Dios conoce nuestras decisiones, otra muy diferente afirmar que nuestras decisiones fueron decretadas de manera inevitable, cuando por el  contrario, la superación es el objetivo,  cuando por el contrario, toda la Torá parece orientada a la transformación permanente del hombre.”

No sé cómo conciliar plenamente el conocimiento infinito del Creador con la libertad humana, quizás  nunca podamos hacerlo porque nuestra inteligencia es finita. Pero sí creo que la Torá insiste en una idea que atraviesa desde el jardín del Edén hasta las últimas palabras de Moisés: El hombre es tratado como un ser moralmente responsable.

Después de formularme estas preguntas, encontré un escrito que mi maestro Baruj me envió con un pasaje de Maimónides que me produjo una enorme tranquilidad: 

“Ni se te ocurra pensar aquello que afirman los necios de las naciones y muchos israelitas ignorantes, que el Eterno decreta desde el momento de la concepción que cada ser humano va a ser justo o malvado. En absoluto, no es así… Cada persona tiene la opción de ser justa como Moshé Rabbénu (Nuestro Maestro) o malvada como Yarob’am… Y puesto que así es, el individuo libre es también capaz de rectificar si ha ejercido erróneamente su capacidad de elegir.”

Me conmovió descubrir que una pregunta que me acompañó durante tanto tiempo ya había sido planteada por uno de los mayores pensadores del judaísmo.

Casi ocho siglos después de Rambam, el rabino Aryeh Kaplan expresa una idea semejante con una frase tan sencilla como profunda:

“Si Dios hubiera querido hacer marionetas, habría creado marionetas.”

Porque la libertad no consiste solamente en poder elegir entre el bien y el mal. También consiste en conservar la capacidad de pensar, de preguntar y de no repetir automáticamente aquello que otros piensan por nosotros.

Porque solo quien puede preguntar puede comprender, y solo quien comprende puede alcanzar una fe nacida de la búsqueda, de las preguntas, del estudio y de la humildad. No una fe ciega que renuncia a la razón, sino una emuná (fe) que reconoce el inmenso valor de la razón y, al mismo tiempo, acepta con humildad que una inteligencia finita nunca podrá abarcar plenamente al Infinito.

Solo entonces la elección del bien deja de ser una imposición para convertirse en un mérito.

Quizá el mayor desafío del hombre sea comprender al Creador.

Y quizá uno de los grandes propósitos de nuestra creación sea que el hombre nunca deje de intentarlo.

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