Inicio Opinión Irán, Europa, EEUU e Israel: El peligro, la indignidad, la duda y la solución. Por León Halac

Irán, Europa, EEUU e Israel: El peligro, la indignidad, la duda y la solución. Por León Halac

Por Gustavo Beron
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Itongadol/Agencia AJN.- En todo conflicto de magnitud existe una variable que decide el desenlace antes que las armas, la diplomacia o la economía: la determinación. No la capacidad de destruir, sino la voluntad de sostener el objetivo hasta sus últimas consecuencias.

I. Irán: peligro y determinación

El peligro iraní no reside en el uranio enriquecido como elemento químico. Reside en el régimen que lo posee y en el uso que declara públicamente querer darle.

Irán no es un Estado que aspira a la bomba como instrumento de disuasión genérica —como Pakistán o India— sino un régimen teocrático que ha nombrado a sus enemigos con precisión geográfica y ha construido durante décadas su determinación mayor: eliminarlos en orden:

  1. Israel, el “pequeño Satán”;
  2. Estados Unidos, el “Gran Satán”;
    y por último,
  3. todo lo no islámico chiita radical.

II. Estados Unidos: poder y duda

Estados Unidos tiene la capacidad militar para destruir el programa nuclear iraní de manera definitiva. Posee la munición perforante —los GBU-57— capaz de alcanzar los búnkeres más profundos, incluido Fordow. Tiene la inteligencia, la logística y la superioridad aérea.

Lo que no tiene, en este momento histórico, es la voluntad política sostenida para ejercer ese poder hasta sus consecuencias finales.

Donald Trump es el síntoma de esa duda, no su causa. Washington titubea desde las concesiones de Barack Obama. El JCPOA de 2015 fue la consagración de ese titubeo: un acuerdo que no desmanteló nada, que solo retrasó, y que le devolvió a Irán decenas de miles de millones de dólares en activos congelados que fueron directamente a financiar a Hezbollah, Hamás y los hutíes.

La arquitectura del acuerdo era, en esencia, una compra de tiempo disfrazada de diplomacia.

La duda estadounidense tiene también una fuente concreta: no hay riesgo inmediato sobre territorio norteamericano. Estados Unidos no vive bajo amenaza directa de misiles iraníes. Eso hace que la determinación sea opcional, negociable y subordinada a ciclos electorales y a la imagen presidencial.

Trump no quiere ser recordado por las imágenes de ciudades destruidas y víctimas civiles que inevitablemente acompañan una campaña militar de gran escala.

Pero el riesgo existe. No es inmediato, sino de mediano plazo.

Un Irán nuclear que exporta su modelo ideológico mediante una red de proxies instalados en varios continentes representa una amenaza de expansión ideológica que ninguna administración estadounidense logró explicar con la urgencia que merece.

La duda de hoy financia el peligro de mañana.

Los 60 días de prórroga negociados esta semana son, en este contexto, funcionalmente una ventaja iraní. Sin verificación real, sin inspecciones efectivas y sin desmantelamiento comprobable, cada pausa le da tiempo a Teherán para reconstituir lanzadores de misiles, reubicar centrifugadoras y dispersar infraestructura.

Irán negocia con la psicología de Trump, no contra ella.

III. Israel: solución y determinación

Israel es el único actor cuya existencia está directamente en juego. Es el primer blanco y la primera frontera. Está rodeado y su superficie equivale aproximadamente a una fracción mínima del territorio combinado de los países islámicos de la región.

No se trata de una amenaza abstracta o de largo plazo: es una amenaza declarada y presente.

Esa condición convierte la determinación israelí en algo categóricamente distinto a la de los otros actores. No es ideológica ni electoral: es existencial. Y la determinación existencial no titubea.

Pero Israel aporta además el argumento estratégico más sólido del conflicto, uno que suele perderse en el debate: el problema nunca fue la tecnología nuclear. El problema es el régimen que la posee.

Un Irán post-ayatolá con el mismo uranio, las mismas instalaciones y los mismos científicos sería un problema clásico de no proliferación, manejable mediante inspecciones internacionales.

Un Irán teocrático con la bomba es una amenaza existencial sin solución diplomática posible.

La solución, por lo tanto, no es destruir el uranio. Es cambiar las manos que lo sostienen.

El cambio de régimen en Irán —acelerado por un ataque suficientemente devastador contra la infraestructura del poder teocrático y no contra la población civil— podría activar un proceso de colapso interno que ya comenzó.

Irán tiene una sociedad civil con memoria pre revolucionaria, una juventud que salió a las calles en 2019 y en 2022, y un régimen cuya legitimidad se sostiene únicamente mediante la represión y la narrativa de amenaza externa.

El precedente existe y está documentado: Osirak en 1981 y el reactor sirio en 2007.

En ambos casos Israel actuó solo, Estados Unidos mantuvo distancia pública y el resultado estratégico fue inequívoco.

La pregunta hoy no es si Israel tiene la voluntad de actuar. La tiene.

La pregunta es si Washington le proveerá los GBU-57 necesarios para alcanzar las instalaciones más profundas o si encontrará en esa omisión una forma de evitar cargar con las consecuencias políticas y visuales de una operación.

Lo que Israel calcula —y lo que la lógica confirma— es que esa podría ser también la solución para Trump:
Israel actúa, Trump no ordenó nada, puede tomar distancia públicamente y al mismo tiempo beneficiarse del resultado estratégico.

Es un modelo conocido.

Y ante la ausencia de una diplomacia con capacidad real de coerción, es el único camino que resuelve el problema en lugar de aplazarlo.

La lección que Occidente no termina de aprender

En este escenario, la determinación pesa más que el poder.

Una potencia con dudas frente a actores con determinación existencial tiende históricamente a perder, incluso teniendo superioridad material.

Irán lo sabe desde hace décadas.
Israel lo sabe desde su fundación.
Estados Unidos todavía no termina de aprenderlo.

La prórroga de 60 días no modifica ninguna de las posiciones fundamentales.

Irán no puede renunciar a su programa nuclear sin poner en riesgo la razón de ser del régimen.
Estados Unidos no puede sostener una campaña prolongada sin una voluntad política que hoy no existe.
E Israel no puede esperar indefinidamente a que Washington resuelva su ambivalencia.

La historia del programa nuclear iraní es, en gran medida, la historia de las oportunidades que Occidente dejó pasar.

Cada prórroga fue una ventana que se cerró.

La pregunta central ya no es si habrá un acuerdo.
La pregunta es quién actuará primero cuando quede definitivamente claro —como ya empieza a quedar claro— que ese acuerdo no llegará.

“Mientras Israel lucha, Europa duerme el sueño de los cobardes.”

León J. Halac

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