La marcha anual del Día de Israel de la ciudad se convirtió en una prueba de pureza política. En cambio, deberíamos celebrar un evento que una a judíos de todos los orígenes e identidades.
Itongadol/Agencia AJN.- (Por Jill Jacobs* – The Times of Israel) El desfile anual Israel Day on Fifth (Día de Israel en la Quinta Avenida) está a la vuelta de la esquina (el desfile se realizará el próximo domingo 31 de mayo), al igual que las discusiones anuales sobre él.
Este año, muchos judíos están enojados porque probablemente el alcalde Mamdani no asista al evento, a pesar de haber participado en desfiles de otros grupos. Otros esperan con ansiedad para ver qué ministros extremistas israelíes aparecerán para posar ante las cámaras. Presumiblemente, algunos manifestantes están planeando interrupciones y la policía se prepara para impedirlas.
Pero estas preocupaciones pasan por alto el verdadero problema del Desfile del Día de Israel: se convirtió en una prueba de lealtad política, presionando a los judíos a respaldar esencialmente la agenda del gobierno israelí para poder participar en la vida comunitaria judía dominante, al tiempo que reduce a los judíos de New York a un único aspecto de la identidad judía: la conexión con otro país. En lugar de unir a los judíos neoyorquinos, profundiza el tema más politizado y divisivo que atraviesa a las comunidades judías.
El desfile de Israel comenzó en 1964 como una demostración de apoyo al joven y todavía aparentemente frágil país. Puedo entender por qué los líderes judíos de New York se aferraron a esta tradición. Otros grandes grupos étnicos de New York —italianos, griegos, irlandeses, dominicanos, coreanos y muchos más— también tienen desfiles ligados en parte a sus países de origen. Puede tener sentido que el desfile judío también celebre a un Estado. En un momento en que muchos judíos neoyorquinos están preocupados por la seguridad de familiares y amigos en Israel, y en medio de un aumento de la violencia antisemita y del sentimiento antiisraelí, las organizaciones judías pueden sentir la necesidad de redoblar esfuerzos.
Pero un desfile centrado únicamente en Israel ni siquiera comienza a representar la amplitud de la vida judía en New York.
¿Qué pasaría si, en cambio, organizáramos un desfile de herencia judía que mostrara toda la vitalidad y diversidad de las comunidades judías de New York? Habría bandas interpretando música en hebreo, ídish, bujarí, judeoárabe, ladino, juhuri e inglés, tocando tsimbl, oud, pandereta y krar. Cantantes persas lanzarían ululatos mientras cantores con guitarras liderarían canciones de campamento. Los participantes podrían vestir atuendos judíos tradicionales de Georgia, Grecia, India y Siria.
Habría demostraciones de danza israelí, bailes de simjá y pasos yemenitas. El Museo Judío podría construir gigantescas figuras de papel maché inspiradas en personajes de Chagall o Modigliani. La carroza del Folksbiene mostraría una escena del teatro yidis, mientras que la Hermandad Sefardí podría construir una réplica de la sinagoga original española/portuguesa. Reboot podría revivir su instalación Sukkah City de 2010, con los diseños ganadores deslizándose por la Quinta Avenida.
También habría banderas israelíes, tanto porque los israelíes forman parte de la comunidad judía de New York como porque para muchos judíos preocuparse por el Estado de Israel y apoyarlo es una parte central de la identidad judía. Y también podría haber otras banderas: banderas del Bund, la bandera de Jabad, la bandera judía LGBTQ+ del orgullo y cualquier otro estandarte que artistas judíos quisieran diseñar para representar distintos sectores de la comunidad.
Las diferencias políticas también estarían presentes, pero esto no sería algo nuevo para el desfile. Especialmente ahora, cuando Israel está inmerso en otra guerra y nuestra comunidad fue desgarrada por la violencia de los últimos dos años y medio, no existe algo apolítico en relación con Israel. En el pasado, grupos más progresistas que participaron en el desfile tuvieron que negociar con los organizadores si podían incluir palabras como “democracia” y “paz”, y de qué manera hacerlo. En ocasiones surgen controversias en torno a la participación de determinados representantes del gobierno israelí, como cuando el ministro de Asuntos de la Diáspora, Amichai Chikli, les hizo un gesto obsceno a manifestantes israelíes pro democracia.
En un momento en que el actual gobierno israelí supervisa una ola de violencia de colonos y desplazamiento de comunidades palestinas en Cisjordania, la continua devastación en Gaza, legislación antidemocrática dentro de Israel y el abandono total de cualquier esfuerzo diplomático por la paz, muchos judíos neoyorquinos no se sienten cómodos agitando banderas israelíes sin expresar también su opinión sobre el rumbo del país, opiniones que en la mayoría de los casos serían comunes en las calles de Tel Aviv.
El nuevo desfile no intentaría proyectar una falsa unidad ni ocultar diferencias reales, sino integrar la diversidad política. Organizaciones de justicia social podrían construir carrozas que representen íconos de la organización judía neoyorquina, como Clara Lemlich o Bella Abzug, o que condenen al ICE. Grupos de derecha podrían llevar carteles apoyando la financiación pública de escuelas religiosas. Camiones publicitarios podrían exhibir consignas a favor de la educación secular en las yeshivot (escuelas de estudio religioso) y otras en contra de la supervisión gubernamental.
Y sí, también habría política israelí, con carteles defendiendo posiciones de izquierda, derecha y centro, incluso cuando algunas declaraciones incomoden o enfurezcan a otros participantes. Eso también forma parte del caleidoscopio del judaísmo neoyorquino. (Quizás un comité asesor sabio y diverso podría organizar el orden de los participantes para reducir conflictos). Todas las opiniones serían bienvenidas, excepto aquellas que promuevan o justifiquen violencia contra palestinos, israelíes o cualquier otra persona.
En la fiesta posterior en Central Park, se podrían degustar comidas que irían desde blintzes hasta bakhsh, desde sabich hasta sambusak, desde kugel hasta kubaneh. Habría alcauciles fritos, sufganiyot, sfenj, bumuelos y cualquier otra cosa que los judíos hayan sumergido alguna vez en aceite hirviendo. Michael Twitty, Molly Yeh, Michael Solomonov, Joan Nathan y Beejhy Barhany ofrecerían demostraciones de cocina.
En un puesto se podrían aprender algunas letras de caligrafía hebrea y en otro estudiar un fragmento del Talmud. Rabinos y educadores enseñarían a personas de todos los géneros a colocarse tefilín y atarse tzitzit. Y habría muchísimos proyectos artísticos: se podría diseñar una caja de tzedaká, pintar una mezuzá o hacer una hamsa en relieve metálico. En el mayor intercambio de libros judíos de la historia, cualquiera podría intercambiar libros ya leídos y volver a casa con aún más libros. Jewish Roller Derby también haría una aparición en la vereda. Uno podría anotarse para participar en cualquiera de las decenas de organizaciones presentes.
Si bien muchas comunidades neoyorquinas organizan sus propias celebraciones —como el festival judío griego anual, la feria callejera Egg Rolls, Egg Creams and Empanadas de la sinagoga Eldridge Street, Yiddish New York o el Festival de Cine Sefardí— reunir a todas estas comunidades diversas durante un solo día resaltaría la vitalidad y complejidad del judaísmo neoyorquino, y permitiría que tanto judíos como no judíos conocieran y construyeran vínculos con culturas y comunidades menos familiares para ellos.
En la época del Templo, la celebración más bulliciosa del año era Simjat Beit HaShoeva, el festival de extracción de agua que se realizaba durante Sucot. La Mishná describe a personas “bailando con antorchas encendidas en las manos” y tocando “liras, arpas, címbalos y trompetas, además de incontables otros instrumentos musicales”. La celebración se extendía por el recinto del Templo y llegaba hasta el patio de las mujeres, incluyendo a todos. (Mishná Sucot 5:4). Debió haber sido una gloriosa cacofonía de sonidos, imágenes y olores. Esa es la comunidad judía en su mejor versión, y eso es lo que debería representar el desfile de la comunidad judía de New York.
En lugar de reducir a los judíos de New York a una sola identidad nacional, nuestro desfile anual debería celebrar a nuestra comunidad en toda su diversidad. Israel será parte de esa historia, pero no toda la historia, porque el judaísmo neoyorquino es mucho más.
*: Jill Jacobs es la CEO de T’ruah: The Rabbinic Call for Human Rights, una organización que moviliza a más de 2.300 rabinos y a las comunidades judías para proteger y promover los derechos humanos en América del Norte, Israel y los territorios palestinos ocupados.

