Itongadol.- (Por Batsheva Shulman* – The Jerusalem Post) Cuesta creer que nos estemos acercando al segundo aniversario de la masacre del 7 de octubre, que sacudió a la nación judía hasta sus cimientos. Por un lado, parece que transcurrió toda una vida, y que ese tiempo se dividió en un antes y un después -como con la pandemia del coronavirus-. Si eres judío, israelí o ambos, nada es ni volverá a ser igual.
Por otro lado, se siente como si el 7 de octubre hubiese ocurrido ayer: recuerdo exactamente dónde estaba ese día y con quién, con la misma nitidez que si hubiera sido ayer.
Como jerusalemita, en ocasiones me sentí bastante desconectada de la guerra. Aunque tengo algunos primos y amigos de amigos sirviendo en el ejército, tengo mucha suerte de no tener familiares próximos en servicio ni haber perdido a alguien cercano. La mayoría de los israelíes no tienen tanta fortuna. Casi todos los que conozco sufrieron una pérdida de algún tipo o viven con el miedo diario de perder a un ser querido.
Mis amigos y familiares en el extranjero suelen preguntarme si me siento segura viviendo aquí y me envían mensajes ansiosos cada vez que suena una sirena. Aparte de la guerra con Irán, que sí fue realmente aterradora, siempre respondo que me siento más segura aquí que en cualquier otro lugar, considerando el auge del antisemitismo en el mundo. Incluso durante la guerra con Irán, me sentí relativamente segura en Jerusalem. Tal vez respondería distinto si viviera en un área más peligrosa.
La desconexión suele venir acompañada de sentimientos de culpa, entumecimiento y desensibilización. Aunque la culpa inicial de “¿por qué no fui yo?” se disipó en parte, sigo sintiéndome culpable de continuar con mi vida cotidiana, trabajando, socializando y celebrando momentos felices, mientras tantos de mis hermanos judíos sufrieron y siguen sufriendo.
El entumecimiento o la desensibilización quizás también sea producto de trabajar en la industria de las noticias. Cuando te enfrentas diariamente a titulares o artículos que dicen “otro soldado de las IDF caído”, “rehén liberado relata tortura en cautiverio de Hamás” o “protestas contra el gobierno”, es difícil no desanimarse, desalentarse o deprimirse.
Hay días en que realmente me afecta. Sin embargo, creo que mis colegas podrían sentirse identificados cuando digo que el cuerpo desarrolla una especie de mecanismo de defensa para no sentirse golpeado por oleadas de angustia cada vez, aunque, por supuesto, a veces todavía te alcanza.
Incluso antes de empezar a trabajar en el periodismo, el concepto de tanta crueldad y maldad me resultaba inconcebible; mi mente está casi en un estado de negación. No puedo creer que este tipo de atrocidad exista entre los seres humanos, o que haya gente que pueda condonarla, y aún más, alentarla, bajo el disfraz de “resistencia”.

La vida después del 7 de octubre
Todavía más perturbador es el relató que se construyó sobre los judíos y el antisemitismo desenfrenado que recorre el mundo occidental, escalofriantemente parecido a la Europa de los años treinta. Trabajar en las noticias solo acrecienta la incredulidad. Diariamente me inunda el horror tras horror, otra muerte y, además, otra ola de desinformación o de retórica equivocada.
Tampoco vi videos ni imágenes gráficas del 7 de octubre. Sabía que me romperían. Pero estoy segura de que esto contribuye a la sensación de desconexión o disonancia cognitiva que siento. Si no lo miro, no pasó, o al menos puedo fingir que no pasó. Esta mentalidad no surge de una falta de empatía, sino de conocer mis límites y crear un mecanismo protector, una burbuja a mi alrededor, para no desmoronarme.
Mirando atrás, ahora es difícil imaginar la vida antes del 7 de octubre. Todo es un borrón. Casi no recuerdo qué hacía o cómo era la vida antes. Todas mis preocupaciones de entonces ahora parecen inútiles. La vida no era perfecta, pero era más sencilla, menos dolorosa.
Por otro lado, también me cuesta imaginar que el 7 de octubre haya sucedido realmente y que aún haya rehenes en cautiverio. ¿Acaso todo esto no es una gran pesadilla de la que un día voy a despertar? ¿Cómo habría sido la vida si ese día nunca hubiera ocurrido? ¿Seguiría el primer ministro Benjamín Netanyahu en el gobierno? ¿Habría empezado yo a trabajar en el periodismo? Son tantas las preguntas hipotéticas. Pero ocurrió, y no puedo apartar la mirada. Nunca volveré a ser la misma, ni tampoco el mundo, ni debería serlo.
Si hay un mensaje o una enseñanza que obtuve de los últimos dos años, es este: nunca entenderemos por qué ocurren tales atrocidades, y siempre habrá antisemitismo. Aunque esto no justifique ni explique las acciones atroces de nuestros enemigos, ni consuele a quienes sufrieron o perdieron, la realidad es que no tenemos otra opción que seguir adelante.
En lo personal, siento un orgullo inmenso de ser judía y de tomar el camino moral. Tenemos que mostrarle al mundo que no retrocederemos y que seguiremos diciendo nuestra verdad, a pesar de las consecuencias. No niego que sea extremadamente difícil, y a veces desalentador, pero como dice la famosa frase: “Nuestros enemigos siempre nos odiarán. Podemos quedarnos en silencio y ser asesinados, o hablar y ser odiados”. Yo elegiría la segunda opción cualquier día.
* Batsheva Shulman es correctora de estilo en The Jerusalem Post. Nació en Londres y ahora reside en Jerusalem.

