Itongadol.- (Morgane Koresh* – The Times of Israel) Cuando el dolor no se comparte: de Toulouse hasta hoy. Perdí la fe en la capacidad de Francia para preocuparse por sus ciudadanos judíos el día en que asesinaron a niños en Toulouse. No fue solo el horror de los asesinatos, fue lo que vino después. O, mejor dicho, lo que no vino.
En marzo de 2012, Mohamed Merah entró a una escuela judía y asesinó a tres niños y a un rabino a quemarropa. Sus nombres -Arié, Gabriel, Myriam y el rabino Jonathan Sandler- debieron haber marcado un día de duelo nacional. Un punto de inflexión. Un momento de reflexión.
Pero en cambio, el impacto y el dolor quedaron casi totalmente dentro de la comunidad judía francesa. La indignación no cruzó fronteras, ni siquiera las invisibles que separan el supuesto universalismo de la República de sus ciudadanos judíos. No hubo marchas masivas. No hubo meses de titulares. No hubo muestras nacionales de solidaridad como las que siguieron a los ataques en Bataclan o en Charlie Hebdo.
Fue en ese silencio que comprendí algo aterrador y definitivo: nuestro dolor no fue compartido. El asesinato de niños judíos en una escuela judía fue visto como un “asunto judío”, no como un asunto francés.
Y aquí estamos otra vez.
El ataque a la infancia judía
Hace apenas unos días, 50 niños judíos franceses fueron expulsados de un vuelo de Vueling en España por, supuestamente, cantar en hebreo al regresar de un campamento de verano. La tripulación afirmó que estaban “alterando el orden”. Los niños, de entre 10 y 15 años, fueron sacados del avión. Su acompañante fue esposado. La policía española, según se denunció, les exigió los celulares y los presionó para que firmaran declaraciones. La historia está envuelta en desmentidas oficiales y estrategias de relaciones públicas. Pero el patrón es familiar.
A estos niños judíos los castigaron por ser visiblemente, audiblemente judíos. Por cantar en hebreo. Por existir demasiado fuerte en un mundo que solo tolera nuestro silencio.
Pocos días antes, al otro lado del mundo, en Melbourne, estudiantes de una escuela primaria judía fueron agredidos en el Museo de Melbourne. Un grupo de adolescentes de otra escuela comenzó a gritar: “Free Palestine”, “Free Hezbollah” y “judíos sucios”. Tenían diez años, algunos con orgullo llevaban su uniforme escolar. Un adulto del otro colegio, según se informó, minimizó el episodio diciendo: “Es solo lo que ellos creen”.
Esto es lo que enfrentan hoy los niños judíos en 2025. Podés cantar en hebreo y te bajan de un avión. Podés caminar por un museo con tu uniforme y te llaman judío sucio. Podés ir a la escuela en tu propio país y ser asesinado, y nadie fuera de tu comunidad va a marchar por vos.
Estamos viendo cómo la infancia judía -su alegría, su libertad, su visibilidad- se convierte en un blanco aceptado del odio.
Y dejémoslo claro: estos no son hechos aislados. Forman parte de un patrón. Una tripulación decide que una canción judía es desorden. Un docente equipara el acoso antisemita con una “creencia”. Un país guarda silencio cuando asesinan a niños judíos. Estos momentos no se tratan solo de lo que pasó, sino de quiénes decidieron no importarles.
Cuando se ataca a chicos judíos y el público en general mira para otro lado, ¿qué mensaje se está enviando? ¿Que el dolor judío es molesto? ¿Que el antisemitismo es tolerable si se disfraza de opinión? ¿Que los niños judíos merecen menos protección?
Nos enseñaron a ser prudentes. Hoy elegimos ser visibles
Cuando te enseñan, como a mí, a tener cuidado, a no sobresalir demasiado como judío, terminás interiorizando que la seguridad está en el silencio. No solo heredás el trauma: heredás una estrategia.
Pero los niños de hoy son más fuertes. Más valientes. Cantan en los aviones. Usan sus uniformes con orgullo. Y por eso están siendo castigados, no solo por quienes los agreden, sino por las instituciones que deberían protegerlos.
Visibilidad judía en el espacio público porque sé lo que es la desaparición
Me criaron para recordar, pero la memoria ya no alcanza. No ahora. Necesitamos acción. Necesitamos claridad. Necesitamos construir algo que mantenga fuertes a nuestras comunidades, orgullosos a nuestros hijos, y nuestras historias imposibles de ignorar.
Porque esto no se trata solo de violencia pasada. Se trata del tipo de mundo que estamos moldeando para la próxima generación. Y ese mundo, hoy, les está enseñando a los niños judíos que sus voces son demasiado fuertes, su presencia demasiado disruptiva, su alegría demasiado peligrosa.
Ya no estamos pidiendo que a alguien le importe. Observamos, demasiadas veces, lo que pasa cuando esperamos una indignación que nunca llega.
Así que actuamos.
Protegemos a nuestros hijos fortaleciendo la visibilidad judía, no borrándola. Les enseñamos a estar orgullosos de su idioma, sus nombres, sus tradiciones. Les dejamos claro que hablar hebreo es motivo de orgullo. Que ser judío es algo que se lleva con confianza.
Documentamos cada incidente. Enfrentamos cada silencio. Construimos nuestras propias redes de seguridad -legales, psicológicas y comunitarias-. Capacitamos a educadores para que reconozcan cuándo se está justificando el antisemitismo como “simple opinión”. Apoyamos escuelas judías, movimientos juveniles, campamentos de verano e iniciativas culturales que prioricen el coraje, no la cautela.
Y les decimos a nuestros hijos: No sos demasiado ruidoso. No sos demasiado. Sos exactamente quien estábamos esperando.
Que el mundo nos alcance. Nosotros ya estamos construyendo algo más fuerte.
*Morgane Koresh es una artista franco-israelí y activista judía que se enfoca en empoderar a judíos en todo el mundo. Es miembro del consejo de Voice of the People (Voces de la Gente), una iniciativa del presidente israelí, Isaac Herzog.

