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Opinión | La marca del sobreviviente ya no es suficiente

Por M S
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Por qué los judíos británicos deben redefinirse en un mundo posterior al 7 de octubre.

Itongadol/Agencia AJN.- (Leo Pearlman* – Israel National News) La marca del judaísmo británico se construyó a la sombra del genocidio y del renacimiento de la soberanía judía. Durante décadas, la supervivencia moldeó la forma en que nos presentamos ante el mundo. Tras el 7 de octubre, sobrevivir ya no es suficiente y, como comunidad, debemos decidir cómo será la identidad —la “marca”— del judaísmo británico en el futuro.

El Holocausto no fue simplemente una tragedia en la historia judía. Fue un genocidio tan mecanizado, tan industrial, tan sistemático, que la humanidad tuvo que inventar un nuevo lenguaje para comprenderlo. El vocabulario de la civilización se amplió porque las palabras existentes no podían contener la magnitud de la aniquilación. Seis millones de judíos no fueron asesinados en el caos; fueron identificados, catalogados, transportados y exterminados con precisión administrativa.

Mi abuela escapó de la Alemania nazi. La mayoría de la familia de mi madre fue asesinada en Auschwitz, no por lo que habían hecho, sino por lo que eran. Del lado de mi padre, mis abuelos se conocieron durante el Sitio de Jerusalem. Combatieron en la Guerra de Independencia de Israel y ayudaron a construir el Estado judío cuando las cenizas de Europa aún estaban calientes.

Un lado de mi familia sobrevivió escapando del exterminio; el otro sobrevivió restaurando la soberanía. Uno heredó el instinto de mantener siempre una valija lista; el otro heredó la convicción de que los judíos nunca más deberían ser impotentes.

Esas dos fuerzas —genocidio y estatalidad— moldearon simultáneamente al judaísmo británico. Pero con el tiempo, el miedo nacido del genocidio eclipsó silenciosamente la fortaleza nacida de la soberanía, y ese desequilibrio definió cómo los judíos británicos se presentaron ante el mundo.

Hacia afuera, nos convertimos en supervivientes. Nos integramos, nos asimilamos, evitamos provocar, demostramos nuestra condición británica, buscamos volvernos indispensables.

Internamente, el sionismo nos anclaba; externamente, nos definía la cautela.

Durante décadas, esa dualidad funcionó. Desde la reconstrucción de la posguerra hasta principios de los años 2000, el judaísmo británico vivió algo cercano a una edad dorada. La identidad judía era segura, pero discreta. El antisemitismo existía, pero era marginal y ciertamente no buscábamos atraer la atención hacia él. Israel se debatía, pero su legitimidad rara vez se negaba de forma frontal.

Luego el equilibrio se quebró.

Los años de Jeremy Corbyn no inventaron el antisemitismo, pero legitimaron un discurso en el que la hostilidad hacia el Estado judío se volvió obsesiva y desproporcionada. Antiguas sospechas reaparecieron en formas modernizadas y el antisionismo se convirtió en el velo apenas disimulado del viejo odio a los judíos.

Y entonces llegó el 7 de octubre.

Mientras se conocían las noticias de familias asesinadas en sus casas, niños secuestrados y comunidades incendiadas, junto al horror emergió otra cosa: celebración.

Antes de que se conociera la magnitud total de la masacre, multitudes se reunieron y los cánticos llenaron las calles occidentales; la matanza de judíos fue reinterpretada como resistencia. Para muchos judíos británicos, la ruptura fue tanto psicológica como política. El viejo miedo, heredado de quienes guardaban valijas bajo la cama, dejó de sentirse histórico: se volvió inmediato.

Siguieron meses de marchas de odio en las que la retórica antiisraelí con frecuencia derivó en hostilidad abierta hacia los judíos. Estudiantes judíos fueron marginados y atacados en campus universitarios. Profesionales judíos se encontraron cada vez más aislados en sectores que antes defendían la inclusión. Se intensificó la seguridad en la vida comunitaria: escuelas, sinagogas y comercios judíos. El odio en línea se multiplicó, mientras que las respuestas institucionales en ocasiones vacilaron cuando se requería claridad.

El instinto de supervivencia ya no parecía exagerado; parecía racional. Durante décadas, la soberanía había suavizado el miedo; el 7 de octubre invirtió ese equilibrio.

Y sin embargo, en este momento de claridad histórica, existe una fractura interna en el judaísmo británico. Ya no somos cohesionados como “marca”; estamos más dispersos que nunca como comunidad.

Existe ahora una minoría visible y vocal de judíos progresistas que, en su búsqueda de alineación política y aceptación social, están dispuestos no solo a criticar a los gobiernos israelíes —lo cual es totalmente legítimo— sino a cuestionar o negar la legitimidad misma de la soberanía judía.

No se trata de un debate sobre políticas públicas. Es un debate sobre si la lección central de la historia judía posterior al genocidio —que la autodeterminación judía no es negociable— sigue vigente. Sostener que el Estado judío no debería existir no es matiz: es rechazar el mecanismo que garantiza que los judíos nunca vuelvan a depender por completo de la buena voluntad ajena.

La historia no es teórica, ciertamente no para quienes fueron moldeados por familias asesinadas en un genocidio y por familias que lucharon por la soberanía. La idea de que la autodeterminación judía es opcional se siente menos como evolución moral y más como amnesia histórica —e incluso, me atrevo a decirlo, traición.

Una marca no puede ser coherente si se niega a definir su núcleo. Si el sionismo —la creencia en la autodeterminación judía en nuestra patria ancestral— es la expresión posterior al genocidio de la agencia judía, entonces una “marca” judía británica que lo excluya se convierte en algo fundamentalmente distinto. Otros se definirán como deseen, pero la mayoría sionista debe definirse con claridad o correr el riesgo de que otros la definan.

Lo que nos devuelve a la pregunta fundamental: ¿para quién es esta marca?

Durante décadas estuvo optimizada hacia afuera: ser mesurados, moderados, aceptables. Pero la seguridad no puede externalizarse a la simpatía, un error cometido pese a la dolorosa claridad de la lección del Holocausto.

Muchos que leen mis textos saben que cuestiono si los judíos sionistas británicos tienen garantizado un futuro a largo plazo en este país. Los últimos años sacudieron profundamente esa confianza. Pero el imperativo de definir la marca es independiente de la geografía.

Si nuestros hijos no tienen un futuro seguro aquí, necesitarán fortaleza dondequiera que vayan. Si sí lo tienen, será precisamente porque hubo fortaleza.

La marca centrada en la supervivencia fue necesaria en 1946; es gravemente insuficiente en 2026. La lección del genocidio fue la vulnerabilidad; la lección de la estatalidad fue la agencia. La identidad definitoria del judaísmo sionista británico debe integrar ambas, sin permitir que el miedo vuelva a eclipsar la soberanía.

Debe ser moralmente clara, inequívocamente británica, intelectualmente seria, visiblemente orgullosa, serena pero inquebrantable. Y, sobre todo, debe servir primero hacia adentro.

Mis tres hijos heredarán dos legados: familiares asesinados en un genocidio —advertencia de lo que ocurre cuando los judíos son impotentes— y bisabuelos que lucharon en Jerusalem para restaurar la soberanía judía —prueba de que la impotencia no es destino—.

Valijas y soberanía. Cenizas e independencia. Miedo y agencia.

La vieja marca nos enseñó a sobrevivir; la próxima debe enseñarles a mantenerse firmes.

Judíos, sionistas, sin disculpas, valientes.

La historia nos obligó a adoptar la marca del sobreviviente; el próximo capítulo exige la marca del soberano, porque la identidad que definamos ahora será la que heredarán nuestros hijos.

*Leo Pearlman es un productor radicado en Londres y un sionista declarado. Su película más reciente sobre la masacre del festival Nova del 7 de octubre, We Will Dance Again, ganó el Emmy 2025 en la 46ª edición de los News & Documentary Awards en la categoría de “Outstanding Current Affairs Documentary”.

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