Tras años de escalada, los logros militares llegaron a su límite. Un acuerdo entre Estados Unidos e Irán puede congelar el programa nuclear de Teherán y abrir la puerta al desarme de Hezbollah.
Itongadol/Agencia AJN.- (Por Dan Sagir* – The Times of Israel) Cualquier acuerdo de largo plazo que Estados Unidos firme con Irán y que congele el programa nuclear de Teherán es positivo para Israel. La alternativa —una nueva guerra— no lo es. La reanudación de los ataques con misiles iraníes contra Israel no hace más que reforzar esta conclusión. Las muertes sin sentido de soldados y oficiales de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en el Líbano subrayan la urgencia de avanzar por una vía diplomática en lugar de perpetuar un conflicto sin final definido.
La manera de lograrlo es mediante un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, seguido por un entendimiento separado con el gobierno libanés para impulsar un esfuerzo conjunto destinado a desarmar a Hezbollah. Optar por la vía diplomática puede perjudicar políticamente a Benjamín Netanyahu, pero beneficia la seguridad de Israel y a sus ciudadanos, agotados tras años de guerras en múltiples frentes.
Para comprender por qué la diplomacia ofrece ahora un mejor camino, es importante distinguir entre la lógica estratégica que sustentó la campaña militar israelí contra Irán en junio pasado y la posterior guerra estadounidense-israelí lanzada ocho meses después. Las diferencias entre ambos conflictos ayudan a explicar el actual estancamiento estratégico que enfrentan Israel y Estados Unidos.
Tras el asesinato de un alto comandante de la Fuerza Quds en Damasco en abril de 2024, Irán lanzó su primer ataque directo contra Israel, disparando cientos de misiles y drones. El ataque fracasó y creó una oportunidad para que Israel avanzara con una aspiración de larga data: atacar las instalaciones nucleares iraníes.
Las circunstancias finalmente se alinearon para esa operación, seis meses después de que Donald Trump asumiera la presidencia y luego de que Hezbollah fuera neutralizado en el Líbano. Con el arsenal de misiles de Hezbollah dejando de representar la misma amenaza para el frente interno israelí, disminuyeron los obstáculos estratégicos para atacar a Irán.
Durante la llamada Guerra de los Doce Días de junio de 2025, Israel aplicó un principio fundamental de la estrategia militar: explotar el éxito operativo. Los ataques israelíes estuvieron acompañados por una ofensiva limitada de Estados Unidos, tras la cual ambos países lograron ocultar temporalmente el uranio enriquecido de grado militar de Irán. Más importante aún, el Estado judío consiguió un compromiso estadounidense más profundo para impedir que Irán obtuviera armas nucleares.
Eso hizo posible la diplomacia. Ante la perspectiva de nuevas acciones militares, Teherán aceptó negociar con Washington un acuerdo de largo plazo para congelar aspectos de su programa nuclear. Sin embargo, tras apenas unas pocas reuniones, las conversaciones colapsaron y Estados Unidos e Israel optaron por regresar a la vía militar.
Ocho meses después, ambos países lanzaron contra Irán la llamada Guerra Rugido de León, con objetivos de gran alcance que claramente no podían alcanzarse únicamente mediante ataques aéreos: derrocar al régimen, desmantelar el programa nuclear iraní y destruir su sistema de misiles. Fue un grave error político y estratégico.
El régimen iraní respondió jugando su carta más fuerte: cerrar el estrecho de Ormuz y alterar severamente el mercado energético mundial. Además, pudo presentar su firme postura frente a Estados Unidos e Israel como una victoria.
Un final decepcionante
La operación Rugido de León concluyó tras 40 días sin alcanzar ninguno de sus objetivos declarados y con elevados costos económicos y políticos para Estados Unidos e Israel. En otras palabras, fracasó.
Como resultado, Israel es percibido en gran parte del mundo como un país belicista que arrastró a un presidente estadounidense sin verdadera comprensión de los asuntos estratégicos ni de la política internacional a una guerra basada en planes sin futuro, como alentar una rebelión kurda contra Teherán o instalar a Mahmoud Ahmadinejad como líder títere.
Uno de los efectos colaterales de la estrategia de Netanyahu de apostar por la guerra a cualquier precio contra Irán y rechazar la opción diplomática es la exclusión de Israel de las actuales negociaciones entre Washington y Teherán. Israel se convirtió en un Estado dependiente y su margen de maniobra en numerosos frentes se evaporó.
Impedir que la República Islámica e convierta en una potencia nuclear ha sido un interés nacional central para Israel durante los últimos 25 años. Netanyahu atacó el acuerdo nuclear de 2015 negociado por Barack Obama, al que el entonces presidente estadounidense logró sumar a Rusia, China y varios países europeos. En ese momento, era un buen acuerdo.
En 2018, Netanyahu convenció a Trump de retirarse de él. Tras la salida estadounidense y la imposición de sanciones, Teherán aceleró su programa y se convirtió en un Estado al borde de la capacidad nuclear.
Un objetivo realista
En la actualidad, el régimen iraní enfrenta un dilema histórico. Por un lado, sus líderes vieron cuán vulnerable puede ser un Irán sin armas nucleares frente a ataques militares. Por otro, la economía del país atraviesa enormes dificultades y un deterioro prolongado podría provocar inestabilidad interna e incluso amenazar la supervivencia del régimen.
A mi juicio, Teherán elegirá el camino que mejor conoce: ganar tiempo.
Prolongará las negociaciones tanto como sea posible, incluso durante años, mientras busca alivio de las sanciones y recuperación económica. Por eso, el objetivo de Israel debería ser claro y realista: eliminar o neutralizar las reservas iraníes de uranio altamente enriquecido, congelar cualquier avance hacia la capacidad de fabricar armas nucleares y extender esas restricciones durante la mayor cantidad de años posible. A cambio, Irán recibiría un alivio gradual de las sanciones y acceso a activos congelados para reactivar su economía.
Otro asunto importante para Israel es el desarme de Hezbollah y la transferencia de sus armas al Ejército libanés. Esta cuestión puede abordarse directamente con Beirut. También aquí la opción militar parece haber agotado su recorrido desde la entrada en vigor del alto el fuego. El plan israelí de construir una “zona de seguridad” en la frontera norte ya fue probado durante años y fracasó rotundamente, con un alto costo en vidas de soldados.
En lugar de repetir viejos errores, Israel debería explorar una vía que nunca se intentó seriamente: fortalecer al Estado libanés, empoderar a su Ejército y trabajar junto con Francia y Estados Unidos para reducir el poder militar independiente de Hezbollah.
Por último, está la cuestión del programa iraní de misiles balísticos. Los Estados continúan desarrollando capacidades militares, compitiendo por influencia y buscando ventajas estratégicas independientemente de las negociaciones en curso. Esa realidad no es exclusiva de Irán; es una característica permanente de la política internacional.
La elección que enfrenta Israel, por lo tanto, no es entre una seguridad perfecta y un compromiso peligroso. Es entre gestionar a un adversario complejo mediante una combinación de disuasión y diplomacia, o permanecer atrapado en un ciclo de guerras recurrentes cuyos costos siguen aumentando mientras sus beneficios estratégicos disminuyen.
*:El Dr. Dan Sagir es investigador del Instituto Leonard Davis de Relaciones Internacionales de la Universidad Hebrea de Jerusalem y autor del libro Weapons of Mass Deterrence: The Secret Behind Israel’s Nuclear Power (Armas de disuasión masiva: el secreto detrás del poder nuclear de Israel).

