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Opinión | El derecho de rezar en el Sagrado Templo de Jerusalén: cuando el sometimiento se disfraza de pluralismo

Por Iton Gadol
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Quienes critican a Smotrich por rezar no son moderados. No son pluralistas. No son demócratas. Son —en el mejor de los casos— colonizados mentales, atrapados por un marco ideológico que los lleva a ver como amenaza lo que en cualquier otra religión considerarían un derecho legítimo. En el peor de los casos, son funcionales al islamismo político, actores inconscientes o cínicos de un proceso que busca debilitar la conexión judía con Jerusalén bajo el disfraz del pacifismo.

Por León Halac

El extremista no es Smotrich, son quienes lo critican

El 7 de junio de 1967, al tercer día de la Guerra de los Seis Días, las tropas israelíes liberaron el Monte del Templo en Jerusalén Oriental. La emoción era indescriptible: después de casi dos mil años de exilio, persecución, destrucción y negación, los judíos regresaban al lugar donde se habían erigido el Primer y Segundo Templo. Era un momento histórico, cargado de simbolismo bíblico y nacional. Pero lo que parecía una culminación mesiánica fue interrumpido por una decisión política tan rápida como trascendental: Moshe Dayan, entonces Ministro de Defensa, ordenó bajar la bandera israelí del Monte y entregó su administración al Waqf islámico jordano. Lo hizo sin debate público, sin ley, sin consulta popular ni consenso religioso.

Aquel gesto, presentado como pragmático, fue en realidad una cesión espiritual monumental. En lugar de afirmar la soberanía judía sobre su sitio más sagrado, Israel optó por la contención: que los musulmanes continuaran rezando allí con exclusividad, mientras los judíos podrían mirar desde afuera. El “statu quo” impuesto por Dayan se convirtió en una política de Estado que perdura hasta hoy. No fue una consecuencia de presiones internacionales. Fue una decisión propia, nacida del miedo a provocar una guerra religiosa global, pero que selló la incapacidad de ejercer la libertad religiosa en el mismo corazón de Jerusalén.

Décadas después, esa renuncia inicial sigue viva. Un ejemplo claro ocurrió ayer, cuando el ministro Bezalel Smotrich, acompañado por otros judíos religiosos y laicos, tuvo el coraje de subir al Monte del Templo y rezar, justamente en el día en que se conmemora la destrucción de los Templos. Lo hizo en silencio, con respeto, en el lugar que representa la memoria viva de una civilización. Pero lo que generó titulares no fue su gesto sobrio, sino las reacciones airadas de la izquierda israelí y de sectores políticos que, en lugar de respaldar la libertad de culto judía en territorio soberano, lo tildaron de extremista.

Esta inversión moral es, en sí misma, el verdadero extremismo. ¿Desde cuándo rezar pacíficamente en el sitio más sagrado de tu religión es un acto provocador? ¿Desde cuándo afirmar tu historia, tu fe y tu presencia en tu capital ancestral se convierte en una transgresión? Y más aún: ¿qué tipo de pluralismo es aquel que justifica la exclusividad islámica pero criminaliza la oración judía?

Sin necesidad de ser religioso, la razón misma exige coherencia. Si pluralismo significa aceptar la convivencia de todas las religiones en igualdad, ¿cómo puede llamarse pluralista quien defiende el derecho de los musulmanes a rezar en cualquier parte del mundo —incluidas las calles de París, Londres o Nueva York— pero se escandaliza porque un judío ora en el Monte del Templo? Si uno no puede ejercer su espiritualidad en su sitio más sagrado, entonces no está libre: está subordinado.

Quienes critican a Smotrich por rezar no son moderados. No son pluralistas. No son demócratas. Son —en el mejor de los casos— colonizados mentales, atrapados por un marco ideológico que los lleva a ver como amenaza lo que en cualquier otra religión considerarían un derecho legítimo. En el peor de los casos, son funcionales al islamismo político, actores inconscientes o cínicos de un proceso que busca debilitar la conexión judía con Jerusalén bajo el disfraz del pacifismo.

No puede haber neutralidad cuando se trata de derechos fundamentales. Defender el derecho de los musulmanes a rezar, pero no el de los judíos, no es pluralismo, es rendición selectiva. En nombre de la “tolerancia”, se perpetúa un sistema de privilegios para una religión —el islam— en el único Estado judío del mundo. Y todo esto sucede en suelo soberano israelí, recuperado militarmente en una de las victorias más rotundas del siglo XX.

Pero esa victoria militar se transformó, con el tiempo, en una derrota espiritual. Israel ganó Jerusalén, pero perdió su centro sagrado. No por imposición extranjera, sino por autocensura. El símbolo más claro de esta capitulación es que hoy, más de cinco décadas después, el único pueblo que no puede rezar en el Monte del Templo es el pueblo judío. Ni por ley ni por moral eso puede sostenerse.

Así, el acto de rezar —intimo, silencioso, respetuoso— se convierte en “extremismo” solo cuando lo realiza un judío en su propio hogar. Pero el verdadero extremismo es permitir que esa exclusividad se mantenga sin cuestionamiento, que el Waqf dicte las reglas en Jerusalén, que la policía israelí arreste a judíos por mover los labios o cerrar los ojos en señal de oración. Y el mayor extremismo de todos es la inercia política y cultural que acepta este absurdo como inevitable.

Como racionales, como defensores del pluralismo y como occidentales, no podemos seguir llamando “moderación” a la subordinación. No podemos seguir premiando la intolerancia con concesiones y castigando la afirmación identitaria con insultos. Es hora de restaurar una verdad básica: rezar no es un crimen. Callarse ante la negación de ese derecho, sí lo es.

Israel debe recuperar lo que le pertenece: no solo en términos territoriales, sino espirituales, simbólicos y morales. No se trata de imponer nada a nadie. Se trata de reivindicar lo propio sin pedir perdón. Y para eso, hay que empezar por llamar a las cosas por su nombre: quien reza en su sitio sagrado no es extremista. Extremista es quien se escandaliza por ello.

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