Autor: Un judío, todos los judíos
En tiempos de peligro real, no todas las personas reaccionan con firmeza. Algunos optan por desmarcarse del grupo al que pertenecen, como si declarar públicamente: “no soy como los míos, soy como ustedes” los protegiera del juicio o del ataque. A este patrón, cada vez más visible en ciertos sectores del judaísmo contemporáneo, en especial intelectuales y progresistas, podríamos denominarlo “Síndrome del Yo No Fui”.
Este síndrome no nace del odio, sino del temor : un temor que paraliza, que confunde, y que en lugar de fortalecer la identidad judía frente a un entorno hostil, lleva al individuo a traicionar simbólicamente su propia pertenencia, porque: “Si me deslindo de los míos, mis enemigos podrían considerarme uno de los suyos”.
Pero en la realidad sucede lo contrario, el Síndrome del “Yo No Fui” no aplaca, al contrario potencia la fobia del acusador.
Este fenómeno no es nuevo, pero ha adquirido nuevas formas. Ya no se manifiesta en márgenes ni plazas, sino en congresos internacionales, en universidades prestigiosas y otros foros en los que participan activamente judíos que atacan a Israel como una entidad ilegítima, pero no conocen o no quieren reconocer que “La negación de la memoria es el fertilizante del desastre.”
Por más que se disfrace de progresismo o de conciencia crítica, su lógica se resume en una frase simple: “No soy como los míos. Soy de los buenos”, acá no se rompe solo una idea: rompe el eslabón que representa la generación 154, de la la trascendente cadena de 3838 años forjada desde Abraham hasta nuestros días”

Un ejemplo que no puede ser ignorado: Las fobias que mutan y matan.
En 1492, tras la expulsión muchas judíos de España, huyeron a Portugal, donde fueron forzados a convertirse al cristianismo, sólo debieron transcurrir 40 años para que los reyes Felipe III y IV, alentaran su regreso como “nuevos cristianos”.
España, con su economía en crisis, los necesitaba promotores de desarrollo, ellos se instalaron en los grandes centros comerciales y en los puertos donde se destacaron en el comercio con las Indias, y con los virreynatos de México y Perú.
Pero la historia fue otra: la Inquisición los persiguió con más saña aún, intelectuales de la talla de Francisco de Quevedo, faro de las letras del Siglo de Oro, no solo no los defendieron, sino que los atacaron ferozmente, sus obras lo testifican:
Execración contra los judíos : (1633)
El judaísmo se lleva en la sangre, los nuevos cristianos, seguían considerados judíos, pues la sangre no puede ser convertida ni acompañar la fe.
La isla de los Monopantos : (1645)
Fué una de las primeras obras en las que aparece la teoría de la conspiración judía para dominar el mundo y además inspiración de Los protocolos de los sabios de Sión
Ambas obras inspiraron a Henry Ford, autor de “El Judío Universal”, un panfleto antisemita con ambiciones de libro.
Estos escritos formaron parte de la literatura de cabecera de Adolf Hitler que potenciaron su locura antisemita durante sus noches de insomnio.
La lección es clara y amarga: ni la conversión forzada, ni el intento de desmarcarse, salvaron al judío de la mirada del inquisidor. Tampoco lo salvará hoy el que cree que, negando a Israel, ganará indulgencia entre quienes jamás lo aceptarán. Sin embargo el “Sindrome del yo no fuí” se expande, globaliza y potencia, otro lamentable ejemplo recién te:
El 1er Congreso del Judaísmo Antisionista: Viena, Junio 2025
Sin duda este deplorable congreso tomó el lugar de los más acérrimos enemigos del pueblo judío, su verdadero nombre debió ser “Primer Congreso Judío Judeofóbico”, no solo demonizó al sionismo, además alimentó el odio a los judíos en todo el planeta.
El evento, disfrazado de foro académico, reunió a figuras que, bajo la bandera de los “derechos humanos” y la “justicia global”, repitieron sin matices el relato de los judeófobos más radicales. No hubo equilibrio. No hubo autocrítica. Solo hubo una consigna tácita: “Yo no soy parte de ellos. Yo no fui.”
En la invitación del congreso de judíos anti-sionistas está todo dicho:
“Pretendemos contribuir al fortalecimiento de la oposición al sionismo mediante la creciente unificación del apoyo a Palestina en todo el mundo; nos consideramos parte integral de ese movimiento.
“Para crear tal movimiento debemos utilizar el enorme impulso creado por la repulsión y la oposición viscerales suscitadas en todo el mundo ante el genocidio israelí, convirtiéndolo en un movimiento político concebido para acabar con el sionismo y lograr la descolonización de Palestina. “
«El mundo observa con horror el genocidio que se está desatando contra el pueblo palestino, perpetrado por el sionismo en colaboración con Occidente. Como judíos, es nuestro deber actuar, ya que esto se hace en nuestro nombre”, que significa “yo no fui”
Pero lo peor es reafirmar lo que el síndrome obnubila.
Israel nunca manifestó ninguna intención de echar a los palestinos al mar, tampoco actuó en ese sentido.
Por el contrario los árabes declararon y actuaron para echar los judíos al mar desde 1947, cuando cinco ejércitos atacaron al Estado de Israel a solo solo horas de nacido, su objetivo?: Un nuevo genocidio.
La intención genocida hacia los judíos también fue explícita en cada uno de los atentados contra la población civil israelí, su último intento el 7 de octubre, no fue solo Hamas, se sumaron Hezbollah, Irán, los Huties desde Yemen, con el apoyo intelectual de los “no en mi nombre, no en nuestro nombre”, materializado posteriormente en el Primer Congreso Judío Antisionista
Una muestra reveladora es el artículo publicado en La Nación el 28 de junio de 2025, titulado precisamente “No en mi nombre, no en nuestro nombre”.
Para no reproducir el texto completo —desbordado de verborragia antiisraelí—, basta con citar sus líneas finales, que condensan el núcleo ideológico de su autor:
“…los crímenes que está cometiendo Netanyahu en nombre de lo que llama el Estado judío, y que cobarde, abyectamente, defienden tantos invocando el judaísmo en lugar de la razón de Estado, esos crímenes v, también, puestos en nuestra cuenta (…) Decir en voz alta que esos crímenes no se cometen en mi nombre, en nuestro nombre, es el único modo de seguir siendo judío…”
Pero lo más revelador está al inicio del texto:
“Fui educado como judío; no fui educado en el judaísmo (…), sino en el judaísmo que se confunde con aquello que (…) entendemos como humanismo.”
Allí queda claro el problema de fondo: Quién no fue educado en el judaísmo, difícilmente puede comprender lo que significa ser educado como judío.
Reducir el judaísmo al humanismo genérico —como si este fuera su única esencia— es una forma refinada de despojo cultural y tergiversación histórica.
El humanismo es, sin duda, una condición noble, pero no exclusiva ni definitoria del judaísmo. Hay humanistas que no son judíos, y judíos cuya historia va mucho más allá del humanismo ilustrado.
Por eso cuando alguien que explícitamente desconoce los fundamentos del judaísmo se presenta como su portavoz moral, cae en una contradicción profunda.
Si su intención es desvincularse del pueblo judío y de su historia concreta, debería —con dignidad— asumirse como ateo, agnóstico, paria, cosmopolita o lo que desee. Pero al adjudicarse la voz de “lo judío verdadero” mientras acusa a Israel de genocidio por defenderse de un genocidio anunciado, no está siendo humanista: está siendo funcional al odio. Porque:
“Quien renuncia a su historia, no tiene derecho a hablar en su nombre”.
Como hombres de bien debemos denunciar :
Un denigrante cargo por genocidio que culpa al invadido y justifica al agresor.
Que acusa a los valientes soldados que arriesgan su vida para liberar rehenes y absuelve a quienes usan a su propio pueblo como escudo humano.
Que condena al ejército que alerta a civiles antes de atacar, y victimiza al terrorista que ataca civiles por sorpresa.
Que ignora a quienes, aún bajo fuego, alimentan al pueblo oprimido, mientras los verdaderos opresores lucran vendiendo los alimentos robados a precios de sangre.
Que permite que la ayuda humanitaria para vivir se convierta en armamento para matar.
Y lo más trágico:
Que entregan el futuro de su pueblo, incluso el de sus propios hijo a para salvar su imagen presente, un ejemplo de cobardía presentado como ideología.
El deber de decir: “Sí, en mi nombre”
Frente a esta tendencia de fuga moral y cultural, el camino no es la reacción furiosa, sino la reafirmación consciente.
Reafirmar con claridad, con dignidad y con argumentos lo que otros han decidido olvidar:
“Sí, en mi nombre. Am Israel Jai.”


