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Amigos de la Universidad de Jerusalem. Piut Shel Jag, el sabor de una festividad judía

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 Itongadol.- Por M. Ben Eliezer. Durante todos los años que Aharón Mirkin vivió en la gran ciudad, solía, una vez al año, para Jag Hapesaj viajar a su pequeño pueblo natal, a casa de su padre para “saborear el verdadero Piut Shel Jag”.

 
Después de la muerte de sus padres, buscó hogares de conocidos en los cuales se celebraba el Seder en la noche de Pesaj. Pero pocas veces lo consiguió.
 
La mayoría de sus conocidos eran hijos de la nueva generación, que no festejaban las festividades o que las observan sólo parcialmente, jametz junto a matzá.
 
Aún aquellos pocos que celebraban el “Seder” no conseguían imbuirle ni un poco de aquel “Piut Shel Jag” que él tanto añoraba.
 
“¿Este es un Seder -solía burlarse- en el que la comida es más importante que la Hagadá?”.
 
Sólo después que Aharón encontró una mujer afín a sus ideas, nació en él la esperanza de volver a saborear el verdadero sabor de la festividad.
 
Su joven mujer, hija de un Rabino de un pequeño pueblo, vivía hacía varios años en la ciudad y no cumplía con todas la mitzvot, pero no había desaparecido de su corazón el sentimiento de ese sabor de la infancia y recibió con satisfacción la propuesta de su esposo de celebrar Pesaj “como en casa de papá”.
 
Aharón se esforzó con los preparativos varios días antes de la fecha, para que fuera un verdadero Seder. La noche de Pesaj fue a la sinagoga y su esposa Esther preparó la mesa según todas las costumbres que conservaba en su memoria.
 
Cuando regresó de la sinagoga encontró una mesa bellamente tendida. Sobre ella, la keará con jaroset, karpás, velas encendidas.
 
Todo alrededor brillaba.
 
Sólo un momento se iluminó el rostro de Aharón, pero… inmediatamente después sintió que lo fundamental faltaba allí.
 
Todo era aroma festivo, pero el “Piut Shel Jag” faltaba.
 
No dijo nada. Aún ardía en su corazón una chispa de esperanza… quizás saldría de su escondite ese Piut y se le revelaría.
 
Tomó la Hagadá y leyó en voz alta el Kidush, con la melodía de su padre.
 
Después de tomar el vino, miró hacia todos los rincones de la habitación: quizás desde alguno de ellos espiaba el ansiado Piut, pero no estaba…
 
Leyó la Hagadá con la melodía tradicional, imitando también todos los gestos de su fallecido padre, tal vez surgiría el Piut que tanto anhelaba en su alma… pero en vano.
 
Luego saboreó la comida festiva y alabó a su joven esposa que tantos manjares había preparado; leyó la segunda parte de la Hagadá apresuradamente, no como había planeado cantar hasta la medianoche.
 
Después del Seder, salieron a pasear. Era la noche de luna llena. Era temprano y en las casas aún continuaba la cena.
 
La pareja caminaba lentamente, cada uno sumido en sus pensamientos. Aharón Mirkin pensaba: el “Piut” no es algo que pueda lograrse artificialmente, sino que está celosamente oculto en el corazón judío, es éste quien lo irradia en el Seder. Pero el corazón de esta joven generación se vació y no veo la forma de llenar esta carencia.
 
Esther, como percibiendo los sentimientos de su marido, se dirigió a él: “¿sabes, Aarón qué se me ocurrió? El año próximo viajaremos para Pesaj a lo de mi padre. Allí el Seder es más lindo, ¿no crees?”.
 
Al cabo de un año viajó Aharón con su esposa a la casa de su suegro, el Rabino del pequeño pueblo.
 
Llegaron en la víspera del Pesaj, por la tarde.
 
En cuanto Aharón entró, lo envolvió el aroma de Pesaj; le pareció que retornaban a él los días de su infancia.
 
En la noche del Seder, ni bien regresaron de la sinagoga, miró a su alrededor y vio el ansiado “Piut” depositado en cada rincón de la casa, en cada pliegue del rostro de aquel anciano, en cada palabra que salía de su boca.
 
Aharón observó a su esposa que estaba sentada frente a él. Sus ojos estaban concentrados en la Hagadá y sus labios murmuraban siguiendo a su padre. Le pareció que también ella estaba envuelta en el “Piut”.
 
Desde hacía muchos años, desde el tiempo en que Aharón festejaba el Seder en la casa de sus padres, no había saboreado el verdadero sabor de la festividad como en esa noche.
 
Sintió como si una pesada carga cotidiana, que hacía muchos días lo oprimía, se desprendía de él… y respiró aliviado.
 
También esa vez salió con su esposa a pasear después del Seder. Era pasada la medianoche. Afuera reinaba el silencio, casi no se veía gente.
 
Sólo la luna llena los acompañaba mientras caminaban en silencio.
 
Un sólo pensamiento había en su mente y en su corazón:
 
“Nosotros… hijos de esta generación, todavía tenemos la posibilidad de reunirnos en la casa de nuestros padres, que conservaron en sus almas tesoros de la tradición.
 
Pero nuestros hijos… ¿encontrarán ellos el “Piut” en nuestros hogares? ¿Sabremos nosotros transmitirlo? ¿Qué harán cuando el frío inunde sus espíritus?”…
 
Jag Sameaj

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