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Colonia Avigdor – Fundación Judaica. Crónica de la visita a Entre Ríos

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Por Lucas Werthein

A veces, uno tiene la fantasía de que con algunas ideas es posible salvar al mundo. ¿Nunca te pasó? Pues a mi sí. Soñando despierto me encuentro, a veces, dando el discurso inaugural de las sesiones ordinarias del Congreso frente a la Asamblea Legislativa. Señalando la importancia de las instituciones. De no vituperar los roles. De que el sistema de frenos y contrapesos funcione. Poniendo énfasis en la honestidad e idoneidad. Pero no siempre es así, a veces la situación no es tan grandilocuente. Esta vuelta me pasó tras visitar un interesantísimo proyecto en la provincia de Entre Ríos.
Fue un trance, pero uno lindo. El día, soleado, comenzó bien. Estaba fresco y claro, ideal para manejar quinientos kilómetros. Por suerte, mi fiel copilota me acompañaba cebando un rico mate.
Y comenzó la ruta. Tranquila, con poco tráfico, dado que era un viernes por la mañana. Así, tomando Avenida del Libertador, subimos a la General Paz y de allí a manejar por la Panamericana. Pocos autos, pocos colectivos, pero mucho bochinche. A pesar del asfalto, en impecables condiciones, teníamos la sensación de siempre. El caos de la ciudad, que cotidianamente nos envuelve en una confusa mezcla entre vivir en una ciudad bella y avanzada, llena de propuestas culturales, pero que tiene también discusiones políticas estériles que a nadie le importan, aumentos de precios insoportables y… la inseguridad. La certeza de la inseguridad.
Mientras las intermitentes rayas del pavimento que separan un carril de otro se hacían una continua línea blanca, el paisaje, naturalmente, comenzó a cambiar. Alejarse de los grandes edificios y el cruce de autopistas ayuda también a alejarse del caos. No se si esto es cierto, pero al menos es una percepción. Y por supuesto, de lo urbano pasamos a lo suburbano, y poco a poco entramos en zonas rurales. Teníamos como primer referencia de cambio de rumbo el Complejo Zárate-Brazo Largo.
Al salir de la ruta 9, y encarar al río, pasamos al lado de una de las empresas más competitivas del mundo en su rubro. Sí, la empresa de los tubos sin costura es ítalo-argentina. Parece increíble, pero es así. Y a cruzar el puente, que data de la década del setenta. Flor de puente, ¡podemos construir grandes obras!
Al cruzar toda la Isla Talavera y entrar formalmente en la provincia de Entre Ríos, pasamos a una nueva sensación: del desarrollo al menor desarrollo. Si bien es cierto que la ruta hasta Ceibas es autopista y está en buenas condiciones, después todo empieza a cambiar. Se hace de una mano y, andando en la camioneta, es común sentir esos ruidos a medida que las cubiertas pasan por los parches de asfalto o alquitrán. Rutas “reparadas” a la usanza argentina.
Tras llegar y cruzar la ciudad de Gualeguay, sentí que el tiempo estaba casi detenido. La última vez que había pasado por allí fue en diciembre de 2000. Exceptuando algunos autos nuevos, todo parecía estar igual. El barro, la parrilla de la esquina, las construcciones. Me pregunté si estará así desde hace 10 años o desde hace 50.
El subdesarrollo llegó pasando el pueblo de Raíces. La ruta, a partir del cruce por donde se llega a Villaguay, esta bombardeada. Y todo parece ser un reflejo del aislamiento, de economías cerradas, de estados que no llegan y no promueven el desarrollo. Sin embargo, a pesar de la falta de buenos caminos, de la llegada del gas natural, del agua por cañerías y de complicaciones con el transporte, arribamos un oasis: Colonia Avigdor.
Ahí, lejos de la Capital Federal, existe un pueblo fundado en 1936 con la llegada de judíos alemanes que buscaban un lugar en donde construir su hogar –y escaparse de la Alemania nazi, claro está. Fue la última migración auspiciada por el Barón de Hirsch a la Argentina. Más allá del interés histórico o turístico de este pueblito, lo increíble es lo bien que funciona un proyecto comunitario inspirado en los moshavim israelíes.
Los moshavim son unidades o proyectos comunitarios en donde hay gente que vive, que se educa y que trabaja, pero que al mismo tiempo tiene una base económica que lo sustenta. Los kibbutzim, antecesores directos de este esquema, tenían una esencia fundamentalmente socialista y sirvieron como unidades fundacionales de Israel, proveyendo educación, idioma, trabajo y sentido de pertenencia. Algún tiempo después, se agregaron al sistema los moshavim,  incorporando una la lógica económica que les permitiría ser autosustentables.
Gracias al enorme esfuerzo de la Fundación Judaica, en Colonia Avigdor funciona un proyecto de este estilo, pero bien argentino. Sumando osadía y donaciones, hay alrededor de 100 hectáreas que permiten cobijar un rodeo vacuno que nutre el tambo con las famosas holando-argentino. El tambo produce leche, que es transportada a la quesería en donde se hacen quesos que se estacionan por un tiempo, para luego ser vendidos en el mercado. Más de 25 personas –todas jóvenes- están empleadas, teniendo una manera digna de ganarse la vida. Todos ellos son graduados del instituto educativo que funciona en Avigdor, que además tiene acuerdos de cooperación con organizaciones tales como el INTA. Todos ganan. Los jóvenes se quedan en el pueblo, reciben un ingreso, lo gastan, estimulan el comercio local, el INTA puede experimentar y contribuye al desarrollo, etc. Además, reciben educación, laboran la tierra y recrean la cultura del trabajo y el sacrificio. Los límites están en la falta de transportes óptimos, el alto costo del gasoil y demás obstáculos ajenos al proyecto. Esto impide que Avigdor tenga un horizonte de crecimiento infinito.
¿No es esa, acaso, una gran respuesta al problema argentino? Imaginémoslo un instante. Dos ejes. El primero, armar moshavim en tierras hoy improductivas, inundadas o abandonadas. A través de la incorporación de tecnología, transformarlas en proyectos sustentables, con educación, trabajo y futuro (esto fue lo que se hizo en Israel en tierras pantanosas e infestadas). Se resolverían muchos problemas juntos. Y el segundo eje: armar estos proyectos en la base de la cadena productiva de diferentes empresas. Así, las empresas se asegurarían la provisión de lo que necesitan para producir, y estos proyectos tendrían una salida directa al mercado asegurando su subsistencia. ¿Cómo financiarlo? Con políticas públicas de estímulos e incentivos, tanto para el primer como para el segundo ejemplo.
Es cierto, tal vez peque de idealismo o voluntarismo. Pero Avigdor funciona. Bien podría funcionar en diversos puntos del país, generando un efecto multiplicador que reviva no sólo a las economías regionales, sino que podría ayudar a recuperar la cultura del trabajo y del esfuerzo perdida, dando salida a la decadencia cultural que tanto nos aqueja.
 
Fuente: https://elfuturoyallego.tumblr.com/post/30315885971/avigdor
 
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