Cuanto más aislado esté, cuantos más misiles y bombas exploten a su lado, más centrado y determinado estará, e incluso el temblor de sus labios y su tartamudeo provocado por una enfermedad neurológica desaparecerán. Así fue en la batalla de Karame, en el septiembre negro de Jordania; en el bloqueo de Beirut, y en la destrucción y asedio de la Mukata, su sede de gobierno en Ramallah.
Cuando corre la adrenalina, en los momentos en los que se siente líder de un movimiento revolucionario, Arafat rejuvenece, sobre todo por la noche y a altas horas de la madrugada. Antes de una de sus recientes entrevistas a «La Vanguardia», uno de sus hombres más allegados explicó durante la larga espera que «el ‘rais’ siente una ventaja psicológica sobre Israel, él no teme sacrificar a miembros de su pueblo por la causa. Los israelies sí, y por eso son más vulnerables. En su opinión, las crisis son una forma excelente para mantener la cuestión palestina en las portadas de todo el mundo».
Miembros del sector más moderado en el liderazgo palestino explicaban ayer en el anonimato los motivos de la victoria del nuevo primer ministro, Abu Mazen, en su pugna con Yasser Arafat. «Tras el 11-S, el ‘rais’ no entendió que el mundo había cambiado. Abu Mazen y Abu Ala (presidente del Parlamento palestino) le pidieron esa misma tarde que declarase el fin de la ‘intifada’ y que se desmarcase con hechos y no sólo con palabras de los atentados suicidas en Israel», dicen. Arafat no lo hizo y cayó en desgracia ante la Administración Bush, que le boicoteó desde entonces, exigiéndole continuamente el nombramiento de un primer ministro.
Aunque cedió en el duelo con Abu Mazen –ya que éste logró nombrar a sus hombres, el coronel Mohamed Dajlan y el general Nasser Yusuf, como responsables de las fuerzas de seguridad–, Arafat demostró a su rival que hay que tomarle en cuenta, ya que para las distintas organizaciones y para la calle, él sigue siendo el símbolo de la causa palestina.
Los israelíes dicen que negociar con Yasser Arafat es una de las experiencias más duras y frustrantes, ya que tras dar esperanzas de un progreso y acordar ciertos temas, su táctica es reabrir las asignaturas cerradas.Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores, opina que «Arafat no es un líder terrenal, está más preocupado por temas centrados en las cuestiones místicas: Jerusalén, la explanada de las Mezquitas, y por su arraigado sentimiento de víctima».
Nada está cerrado con él hasta el último momento. Cuando ante los ojos del mundo se firmó en El Cairo el acuerdo Gaza-Jericó I, Arafat repentinamente rechazó firmar sobre los mapas. Ante la estupefacción del entonces primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, el presidente egipcio, Hosni Mubarak, le gritó ante las camaras: «Imdi ya calb!» (¡Firma, perro!). Pese a la ira de Mubarak, Arafat abandonó El Cairo con sonrisa de vencedor y ante su pueblo fue visto como alguien que resiste hasta el último momento.
A sus 73 años, sigue trabajando 18 horas al día, no se quita su uniforme militar –explicando que «soy un general»– y tampoco abandona su fusil. Desde que volvió triunfalmente a Gaza tras los acuerdos de Oslo, la televisión local empieza y concluye sus emisiones con su imagen y una gran bandera palestina. En el pasado su segunda casa era su avión: por ejemplo, en marzo y abril del 99 visito 56 países durante 40 días, pasando 128 horas en el aire. Ahora lleva sitiado por el Ejército israelí en la Mukata desde diciembre del 2001. Su único tubo de escape es el teléfono y recibe llamadas de numerosos dirigentes del mundo.
Perdió la batalla ante Abu Mazen, pero, según dicen sus allegados, «la guerra la ganará» y no se detendrá hasta conseguir un Estado en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Y lanzan una advertencia: «El ‘rais’ va a dirigir el funeral de todos sus delfines. Él es el único que tiene sus manos sobre la tapa de una olla a presión». Aunque ha renunciado a parte de su poder y por primera vez al control de las fuerzas de seguridad, Arafat continúa siendo el símbolo de Palestina a tiempo completo. Fte E.Press

