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Una copia se subastó en 40 mil dólares. La curiosa historia editorial por detrás del libro nazi.

«Mein Kampf»
Una copia se subastó en 40 mil dólares. La curiosa historia editorial por detrás del libro nazi.

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El general Patton se apropió de la copia personal del Führer como botín de guerra y el ejemplar luego fue regalado la Biblioteca Huntington de California. Allí nunca lo pusieron en exposición por miedo, sin duda, a generar peregrinajes anuales cada 20 de abril (cumpleaños de Hitler) de bandas tatuadas de neonazis.

Quien sea que compró la copia firmada es, casi con certeza, un bibliófilo. Para el coleccionista crítico, Mein Kampf tiene una historia editorial fascinante. Es como la estampilla más buscada.

Dictado a Rudolf Hess mientras Hitler estaba en prisión en Landsberg Castle, Mein Kampf fue un fracaso editorial en 1925. Pero, después de 1933, la historia cambió. Tener el Mein Kampf era obligatorio para todos los alemanes que amaran a su patria.

Las parejas recibían un ejemplar como regalo de casamiento; los alumnos, en las graduaciones. Los chicos estudiaban sus «verdades» sobre el judío errante, el eslavo subhumano y el superhombre ario.

Pero a diferencia del Pequeño Libro Rojo de Mao, Mein Kampf nunca se regalaba. Siempre se vendía. Olvidemos a Dan Brown: Hitler fue el autor que más vendió en el siglo. Murió rico gracias a los derechos de autor.

Esa mina de oro hoy sigue produciendo. Pero su producción no va a ninguna parte. Los parientes de Hitler que sobrevivieron nunca hicieron un reclamo legal. Hay rentas que son demasiado sucias.

El veneno sigue siendo virulento. Mein Kampf es el libro más vendido en Turquía este año. Un librero de Ankara observó en un tono jocoso: «A los turcos les encanta este tipo de lectura».

Una cita que encabeza un texto electrónico publicado por www.stormfront.org—sitio neonazi— explica la atracción para el lector de hoy: «Creo que mi conducta hoy concuerda con la voluntad del Creador Todopoderoso. En guardia contra el judío defiendo el trabajo manual del Señor. Adolf Hitler». Se implementaron dos políticas oficiales para tratar su veneno: la inoculación y la cuarentena. La primera cree que Mein Kampf debe estar al alcance de todos para que puedan ver lo que es. En otras palabras, confiar en el sentido común del lector. El otro enfoque cree en la supresión total. No se puede confiar en el lector.

Inglaterra siempre creyó en la inoculación. Cuando estalló la guerra en 1939, el editor Hutchinson publicó una traducción en inglés en serie que constaba de 18 entregas a seis peniques cada una (las ganancias fueron a las arcas de la Cruz Roja). Las copias se entregaron principalmente a préstamo a las bibliotecas públicas.

Todavía se puede encontrar el Mein Kampf en Gran Bretaña y Estados Unidos y se vende lo suficiente como para que se siga imprimiendo. Alemania, en cambio, lo prohibió rigurosamente desde 1945. Israel, no debe sorprender, también está a favor de la supresión. En 1999, el Centro Simon Wiesenthal le impuso a Amazon que no enviara copias de Mein Kampf a Alemania o a cualquier otra parte donde estuviera proscripto.

La eliminación hoy en día no lleva a ninguna parte, cuando el texto en su totalidad está a una tecla de distancia en Internet, y en cualquier idioma que uno quiera.

Este año marca dos aniversarios notables. Se cumplen 80 años de la publicación de Mein Kampf y 60 desde que su autor y su régimen fueron derrocados, a costa de unos 55 millones de vidas.

Esta semana culmina en Gran Bretaña una Semana Nacional de Conmemoración de la Segunda Guerra Mundial. Si todos los diarios publicaran fragmentos de Mein Kampf se sabría por qué valió la pena morir.
John Sutherland. LONDRES. THE GUARDIAN Y CLARIN

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