La mañana del 18 de julio de 1994 amaneció soleada y fría.
Imaginemos ese día, el reloj marcando las 9:50 hs. La vida despertaba en ese lunes de AMIA. Las oficinas abrían sus puertas, las computadoras se encendían, se preparaban los papeles, mientras una radio encendida todavía comentaba la final del mundial de fútbol de la noche anterior.
Y estaba la gente. Estaba Paola, una estudiante de 21 años, yendo a buscar el café que le traía Jorgito, el mozo del bar de la esquina, que con sus 18 años, había venido del interior para trabajar. En el 4º piso estaba Andrea, suspirando, frente a la larga fila en la Bolsa de Trabajo, donde también otros jóvenes como Analía, Carla, Emiliano, esperaban ilusionados con conseguir lo que seguramente sería su primer trabajo. Ahí mismo, en el 4º, estaba también Yanina, comenzando su día después del descanso merecido del fin de semana. Un poco más arriba, en el 5º piso, estaba Verónica atendiendo el teléfono, o quién sabe, tal vez charlando con Cristian, sentado frente al monitor de su PC. Marisa en la recepción saludaba con su habitual simpatía, y Sebastián, que bajaba del subte de la mano de su mamá, sonreía. Qué otra cosa podían hacer sus 5 añitos que no sea sonreir.
Nada decía que esa mañana sería diferente de las demás.
Volvamos a imaginar el mismo reloj, 3 minutos después.
Eran las 9:53 hs. cuando la bomba destruyó la sede de la AMIA.
El estallido de odio y de horror detuvo todos los instantes. El mundo se detuvo. La vida se detuvo.
Nuestras miradas, buscándolos, se perdían en rincones, en paredes, pero sólo encontraron polvo y escombros sepultando cuerpos, sueños y esperanzas. Dejando un enorme vacío en los hogares y los corazones de quienes los amamos.
Y pasaron los días, pasaron los meses. Conviviendo con el dolor. Ese dolor que sin avisar se instaló como uno más en la familia, compartiendo nuestra mesa y durmiendo nuestros sueños.
Un dolor que pese a todo, no logró paralizarnos, todo lo contrario. A pocos meses del atentado, los Familiares y Amigos de las Víctimas nos encontramos para llorar luchando juntos, por la memoria de quienes ya no están y por justicia por las 85 voces que ya no son.
Porque este fue un atentado contra toda la sociedad argentina, porque en la explosión murieron niños y adultos, trabajadores, vecinos, gente que caminaba por la calle, es que desde entonces, el día 18 de cada mes, nos encuentra a las 9:53 en este lugar, la última esquina de sus vidas.
Los terroristas que colocan bombas no piden documentos de identidad para matar, no les interesa edades, ni religiones. Sólo necesitan cantidades: el mayor número posible de vidas segadas. No les interesan sus historias ni sus relatos. No les interesan los libros de vida.
Generalmente solemos caer en el mismo problema: nos quedamos en el número, en la lista. Y en realidad, ellos, no son un número. Son letras. Cada uno de los nombres escritos en esta empalizada que está aquí atrás es una historia, un cuento, un libro lleno de luz.
Existe algo mágico al leer un libro. Es difícil de explicar, algo casi milagroso.
Al leer las letras, las palabras, las historias de un libro, esas letras dejan de estar simplemente escritas en un papel, y pasan casi por arte de magia, a ser parte nuestra.
Se instalan en nosotros y en ese momento hasta dejamos de ser los mismos. Esas letras nos cambian, nos educan, nos capacitan, nos hacen más fuertes y más sabios.
Pero debemos saber que las letras escritas en un papel, en un libro, que se deja guardado y oculto en un estante, se transforman en texto muerto.
Sólo nosotros podemos entregarles vida, diciéndolas, contando sus historias.
Ellos no son números. Son letras. Son historias de vida. Ya son parte de nuestra historia, de la historia de los Familiares, de los amigos, de los compañeros de trabajo. Parte de la historia de esta ciudad, de la historia de la Argentina. Esta chicos, es también su historia. Y ese es nuestro trabajo, nuestro desafío: contarla, decirla, traerla a la vida.
No es sólo el trabajo de aquellos que perdimos un ser querido, sino que es el trabajo de todo hombre y mujer de buena voluntad que quiera vivir en una sociedad más justa, que quiera vivir en un país más honesto y sin corrupción. Es el trabajo de cada joven que quiera ser parte de la construcción de su futuro, sin esperar a que los otros lo hagan por él. Es el trabajo de cada joven que entiende lo importante de ser protagonista de su propia historia, antes de quedarse mirando, pasivo, ausente, desde afuera.
Es nuestro trabajo.
Ya pasaron 131 meses, casi once años. Sin embargo, por momentos, cuando todavía sentimos el calor de su última mirada, del último beso, nos parece que fue hace tan sólo un instante.
Hay noches en que nos dormimos con la ridícula esperanza de despertarnos y que alguien nos diga que todo es mentira. Que nada pasó. Pero despertamos y es un nuevo Día del Padre con un plato vacío en la mesa. Con ese abrazo tan amado que no llega. Sólo el recuerdo que acaricia.
Por ellos. Por las ilusiones frustradas. Por los ojos que no miran. Por las manos que no abrazan. Por el consuelo que no llega. Por las voces que no pasan del silencio y por los sueños, que nunca dejarán de ser sueños.
Seamos todos, Uds. y nosotros, voceros de sus historias, la imagen de sus cuentos. Para que nunca más el dolor de la pérdida se instale en los corazones.
Para terminar, quiero compartir algo que alguna vez escribió Cristian. Apasionado del futbol. Hincha de Ferro. Cristian hijo, tío, amigo. Cristian, mi hermano, tenía 21 años cuando murió en la AMIA.
Alguna vez, cuando tenía la edad de Uds. todavía alumno de la ORT, escribió algo que, tanto para mis padres como para mí, es un lema. Hoy quiero transmitírselo:
«La memoria y la conciencia colectiva, serán las mejores defensas para que nunca más volvamos a vivir el horror».

