«Algo increíble nos pasó cuando llegamos», cuenta Viviana Barylko -argentina, 36 años-, desde su nuevo sillón en Canadá.
Ella es una de los tantos argentinos que en los últimos años armaron sus valijas, las cargaron de ilusiones, y dejaron la casa en Buenos Aires para buscar un nuevo hogar en otro mundo. Ella, con su marido Amir Barylko -argentino, 33 años- y sus hijos Iara y Eitan, son una de las más de cien familias que empezaron a llegar a la ciudad de Winnipeg.
Querían conocer la vida afuera, nunca les había convencido la política argentina, buscaban un lugar atractivo y calmo, la devaluación los terminó de convencer. «Nos planteamos si lo que estábamos viviendo era lo que queríamos para nuestros hijos.» La respuesta tuvo forma de inmigración.
Rolando Martín sabe de qué están hablando. También es argentino. Tiene 38 años. En 2004 viajó a Winnipeg para quedarse. Un tiempo atrás lo habían despedido de su trabajo como ingeniero electrónico en una empresa de telecomunicaciones. «Me dijeron que estaba viejito», recuerda hoy con una sonrisa. Un amigo le contó de Canadá. Un conocido le habló del soporte de la comunidad judía en Winnipeg. Y Rolando empezó a proyectar su viaje.
Al mismo tiempo, en otro lugar de Buenos Aires, la familia Schujman preparaba papeles, hacía trámites, vendía su casa y soñaba con una vida mejor en Winnipeg. Marcela y Gabriel -de 44 y 48 años-, con sus hijos Juan -de 15- y las mellizas Camila y Ana -de 10- se fueron a Ezeiza buscando otros aires. «Sentíamos que en Argentina estábamos sembrando en tierra árida», dice Gabriel.
En los últimos cuatro años 140 familias argentinas se asentaron en Winnipeg. El 75 por ciento consiguió trabajo en su profesión. El 50 por ciento está comprando su casa . «¿Un consejo para los que quieren venir? Es difícil pensarlo así, porque cada uno vive su propia experiencia», remarca Gabriel Schujman, «pero es bueno, como inmigrante, buscar una comunidad que te sostenga». Los demás coinciden. Y también coinciden en la tranquilidad que encontraron, el buen funcionamiento de las instituciones, las posibilidades de planificar, el reconocimiento al esfuerzo, la solidaridad de la gente.
En este contexto de dignidad, nieve, justicia, sol, seguridad y respeto, lo increíble que está por contar Viviana se transforma en algo cotidiano: «A los pocos días de haber llegado perdimos el cochecito de Iara. Ya lo dábamos por perdido pero fuimos, por las dudas, al parque donde creíamos que lo habíamos dejado. Encontramos un cartel que decía: ‘si perdió un cochecito… llámeme’… y había un número de teléfono. Algo tan simple… pero que a los argentinos nos sorprende.»
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