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La experiencia mágica de Iamim Noraim. Por Jaime Rosemberg

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 Itongadol.- Después de 16 años, volví a cantar (oficiar) en Buenos Aires para los Iamim Noraim (altas fiestas). El azar (o no tanto) quiso que mi retorno, aunque parcial y acotado, fuera en el Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall Meyer, dónde me recibí de jazan en 1994, antes de dedicar mis días de lleno al periodismo.

Fue una experiencia mágica, en varios sentidos: volver a un lugar que tengo guardado en mi memoria y en mis sentimientos, y oficiar en los servicios de shajarit y Minjá de Iom Kipur rodeado de gente amiga y querida fue un mimo para el alma.

También sentir la presencia viva de aquel coloso que cambió el judaísmo argentino, que lo revivió y lo vinculó a la sociedad argentina de la mejor manera. Pero lo mejor fue que pude hacerlo, sobre todo, junto a la familia que formamos con Luciana y Simón, que repartió su tiempo entre jugar en las escaleras, cantar el "cumpleaños feliz" a todo volumen en plena sinagoga y escucharme un ratito con la kipá en la cabeza. Y verlo sonreír mientras le cantaba, a él solo claro. Gracias al rabino Ariel Stofenmacher y a todas las autoridades del seminario por la invitación, por permitirme colaborar y darme el gusto en una institución a la que percibí viva y de pie a pesar de todos los avatares. No pasa todos los días, y hay que agradecerlo.

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