Itongadol/Agencia AJN.- Jerry Orbach camina por el santuario de la Sinagoga Comunitaria de Northbrook con la mirada entrenada de alguien que lleva años rescatando fragmentos de un mundo que se desvanece. El templo, ubicado en los suburbios de Chicago, se ilumina con vitrales salvados de sinagogas que cerraron sus puertas. Los colores, reinstalados a lo largo de las paredes, convierten el espacio en una suerte de museo vivo, una composición de luz y memoria.
Un gran Maguén David dorado cuelga del cuello de Orbach, reflejando la luz de los vitrales que logró salvar de siete sinagogas distintas. A los 79 años, el juez retirado encontró una segunda vocación: rescatar vitrales de templos judíos que cerraron, se fusionaron o quedaron en abandono.
No se trata solo de vidrio. Orbach dice que rescata luz, “la única cosa que nunca deja de viajar”.
Cada panel tiene una pequeña placa con el nombre de la congregación, la ciudad donde alguna vez estuvo y el año de su cierre. Cuando el sol los atraviesa, los colores se proyectan sobre las paredes como un eco del pasado. “Es una continuidad en lugar de una destrucción”, explica, con la lógica de quien pasó la vida argumentando casos.
Durante más de un siglo, la cantidad de sinagogas en Estados Unidos creció de manera constante, acompañando la inmigración judía y su integración al país. Sin embargo, en la década de 1990 esa tendencia se detuvo y luego se revirtió. Hoy existen aproximadamente un 20% menos de sinagogas que en 1990, según datos recopilados por Alanna E. Cooper, profesora de estudios judíos en la Universidad Case Western Reserve. Por primera vez en la historia estadounidense, cada año cierran más sinagogas de las que abren.
Las paredes de la Sinagoga Comunitaria de Northbrook conservan lo que dejan esos cierres: vitrales rescatados de templos del Medio Oeste industrial, regiones golpeadas por el cierre de fábricas y la dispersión de comunidades. La mayoría de los vitrales que Orbach salvó terminaron allí, aunque también intenta conectarlos con nuevas congregaciones que quieran darles un nuevo hogar. Con el tiempo, se convirtió en una suerte de sociedad de preservación unipersonal.
Los vitrales han sido durante décadas una señal de arraigo judío en Estados Unidos. Cuando las congregaciones inmigrantes comenzaron a construir grandes sinagogas a comienzos del siglo XX, levantaron edificios con arcos, cúpulas y amplias ventanas. El vidrio se convirtió en un símbolo de pertenencia.
Mientras que en las catedrales los vitrales narraban la vida de los santos, en las sinagogas contaban la historia de la supervivencia judía. Los primeros diseños mostraban a las doce tribus de Israel, los días de la Creación o el Éxodo de Egipto. Más adelante aparecieron tonos más oscuros, azules y rojos fragmentados que evocaban el Holocausto, seguidos por estallidos de dorado y blanco que celebraban la creación del Estado de Israel. A lo largo de un siglo, el arte se transformó en una especie de Torá visual de resistencia.
Las fábricas cerraron. Las congregaciones se dispersaron. Pero los vitrales permanecieron, frágiles y luminosos, esperando un nuevo destino.
Orbach conduce hasta el subsuelo del edificio, atravesando un laberinto de pasillos de cemento. Allí, en un rincón alejado, guarda decenas de vitrales aún sin destino. Grandes cajones de madera albergan paneles de hasta cuatro metros de altura, provenientes de la sinagoga Beth Achim de Southfield, Michigan. Por ahora, descansan allí, como reliquias de un tabernáculo itinerante.
“Llegaron hace dos semanas”, dice Orbach mientras ilumina uno de los cajones con la linterna de su teléfono. “Siete para las festividades, siete para los días de la Creación. Son hermosos”.
Apoya la mano sobre la madera y explica que así es como la memoria se transforma en una forma de fe.
De la ruina a la renovación
Hijo de inmigrantes que huyeron de pogromos en Europa del Este, Orbach nació en Chicago. Su madre era de Ucrania y su padre de Polonia. Creció en barrios que fueron centros vibrantes de vida judía y estudió derecho en la Universidad Loyola. Fue fiscal, concejal y luego juez del condado de Cook, cargo al que accedió en 1988. Aunque se jubiló hace dos décadas, continúa mediando y arbitrando conflictos.
Algunos de sus primeros rescates fueron los vitrales de la sinagoga donde celebró su bar mitzvá y donde se casó. “Vendieron el edificio a una iglesia”, recuerda. “No soportaba la idea de que esos vitrales terminaran en un contenedor de basura”.
Desde entonces comenzó a contactar a contratistas y conservacionistas, a veces pagando de su bolsillo para que lo dejaran desmontar vitrales antes de una demolición. En una ocasión, trabajó toda la noche rescatando paneles mientras una topadora destruía el resto del edificio.
“Si mantenés viva la memoria de las sinagogas”, dice, “la gente que rezó en ellas sigue viva también”.
Entre sus rescates más valiosos se encuentran vitrales de una sinagoga de Saginaw, Michigan, fabricados en Francia y salvados poco antes de que el edificio fuera demolido. Cooper, la investigadora que estudia el destino de los objetos sagrados tras el cierre de sinagogas, visitó Northbrook para verlos.
“Muchas congregaciones describen sus vitrales como el alma de su comunidad”, explicó Cooper. En una ceremonia de dedicación, recordó cómo los últimos miembros de una sinagoga de Kingston, Nueva York, observaron en silencio cómo los vitrales eran retirados. “Fue como un entierro”, dijo. “Esto, en cambio, es una segunda vida”.
Un santuario personal
En su casa, Orbach muestra dos vitrales colgados en el hall de entrada, rescatados de una sinagoga de Lakeview que hoy es un edificio de departamentos.
“A mi manera, así mantengo vivas a esas sinagogas”, concluye, mirando cómo la luz atraviesa el vidrio.
Autor: Benyamin Cohen
Fuente: Forward

