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La Sucá de la Vida

Por Gustavo Beron
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Itongadol.- La orden de Bar Kojba que cruzó los siglos

Sucot puede parecer, a primera vista, una fiesta de recuerdos antiguos: una cabaña frágil, unas ramas, unos días fuera de la comodidad de la casa. Pero basta acercarse un poco a su historia para descubrir que, para nuestro pueblo, esa pequeña construcción nunca fue una simple decoración. Ha sido memoria, identidad y, muchas veces, una forma de afirmar que la vida judía continúa.

—¿Construiste una sucá en el patio? —le pregunté a mi amigo Schmuky.
—Eso era una costumbre antigua, sin significado. Un tema superado —me respondió, dando por terminada la conversación.

Me quedé pensando. Hay una ignorancia que nace de no saber; y hay otra, más difícil de corregir, que nace de creer que ya no hay nada que aprender.

Sucot puede parecer, a primera vista, una fiesta de recuerdos antiguos: una cabaña frágil, unas ramas, unos días fuera de la comodidad de la casa. Pero basta acercarse un poco a su historia para descubrir que, para nuestro pueblo, esa pequeña construcción nunca fue una simple decoración. Ha sido memoria, identidad y, muchas veces, una forma de afirmar que la vida judía continúa.

En una cueva del desierto de Judea se encontró una carta de Shimón bar Kosiba, conocido como Bar Kojba, dirigida a uno de sus subordinados. Ella ordenaba conseguir las cuatro especies de Sucot —el lulav, el etrog, el mirto y el sauce— y enviarlas al campamento. La carta pertenece al período de la rebelión contra Roma, en el siglo II. En medio de una lucha que amenazaba la vida de sus hombres, Bar Kojba se ocupó de que pudieran cumplir la mitzvá de la festividad. El Museo de Israel conserva y presenta este documento como testimonio de aquella orden.

El texto de la Carta de Bar Kojba

«De Shimeón a Yehudah bar Menashe, a Qiryath ‘Arabaya:

“Te he enviado dos asnos para que envíes con ellos a dos hombres a Yehonathan bar Be’ayan y a Masabala, con el fin de que empaqueten y envíen al campamento, hacia ti, ramas de palma (lulavim) y cidras (etrogin)”.

“Y tú, desde tu lugar, envía a otros que te traigan mirtos (hadasin) y sauces (aravin), y envíalos al campamento, hacia el ejército. Que la paz sea contigo”.

La carta no necesita adornos. No demuestra que la guerra fuera sencilla ni convierte a su protagonista en una figura sin contradicciones. Muestra algo más concreto y conmovedor: aun en tiempos de peligro, Sucot importaba, era identidad. La celebración, la tradición y la continuidad del pueblo no quedaban relegadas a los días tranquilos.

Muchos siglos después, también en Varsovia, hubo judíos que procuraron celebrar Sucot bajo condiciones terribles. Los testimonios estudiados por el Museo del Gueto de Varsovia hablan de la dificultad de conseguir las cuatro especies y cuentan que, incluso en 1942, un joven viajó a Hungría para obtener un etrog y un lulav. No todos podían construir una sucá; no todos podían celebrar como hubieran querido. Pero el deseo de cumplir la festividad seguía vivo.

Los propios campos de concentración eran santuarios temporales. Cada año podría ser su última Sucá.

Entre esos dos episodios hay siglos de historia. Cambian los imperios, los países y las circunstancias; permanece, sin embargo, una pregunta: ¿qué es aquello que nos sostiene cuando las seguridades de la vida se vuelven frágiles?

Quizá por eso Sucot habla también a quienes no conocen su historia. Nos recuerda que una tradición no pierde su significado solo porque sea antigua. A veces, precisamente el paso del tiempo revela cuánto ha sabido acompañar a quienes la heredaron.

Schmuky puede no construir una sucá este año. Esa decisión le pertenece. Pero antes de llamar “superada” a una costumbre, tal vez valga la pena preguntarse qué ha significado para quienes la mantuvieron viva: desde un campamento en el desierto de Judea hasta una ciudad sitiada, desde una generación hasta la siguiente y que “Quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla”.

Le pregunté a mi maestro, el rabino Baruj Garzón, y me respondió:

“La tradición mística judía llama a la Sucá ‘sil.lá demehemnutá’, la sombra protectora de la fe, porque abandonando la frágil sucá, la falsa seguridad de las casas y exponiéndonos a la intemperie, estamos reconociendo la fragilidad y transitoriedad de los bienes materiales y la temporalidad de nuestra propia existencia”.

Mi ex amigo Schmuky no lo entenderá.

Autor: León Halac

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