Escrito por Aryeh Kalderon
Hay personas que dejan huella sin buscar reconocimiento. Que con una sonrisa, una palabra de aliento o un gesto de generosidad, transforman vidas. Personas que no solo ayudan, sino que construyen comunidad, que hacen de la empatía su bandera y del compromiso su día a día. Ester Lev es una de esas personas. Y desde la OLEI, nos llena de orgullo verla recibir el merecido reconocimiento como «Personaje del Año» por el Club de Leones Latino de Ramat Hasharon.
No podríamos estar más de acuerdo. No podríamos sentir más orgullo. Porque Ester no es solo una voluntaria incansable, es el alma misma de nuestra comunidad. Es el rostro amable que recibe a quienes llegan a Israel con incertidumbre en los ojos y esperanza en el corazón. Es el pilar que sostiene, acompaña y abraza a los olim jadashim cuando más lo necesitan.
Desde hace casi 50 años, Ester ha dedicado su vida a una misión que va más allá de trámites y gestiones: hacer que cada inmigrante latinoamericano en Jerusalén se sienta en casa. Como voluntaria de la OLEI, ha tendido puentes invisibles entre quienes llegan con una maleta llena de sueños y un país que, aunque prometedor, no deja de ser desconocido. Y en ese proceso, ha aprendido y nos ha enseñado algo fundamental: la absorción no es solo una cuestión de papeles y beneficios, sino de calor humano, de cercanía y de saber que nadie está solo en este camino.

Recuerdo una vez que le pregunté: «Después de todo este tiempo, ¿cuál dirías que ha sido la mayor lección que has aprendido?». Su respuesta fue tan simple como poderosa: «Hacerles la vida más fácil a los olim, sonriendo». Pero no es fácil. Y lo decía con una mezcla de ternura y sinceridad que solo alguien con su experiencia puede transmitir. «Porque cuando llegan, están perdidos, desorientados. No saben por dónde empezar, y a veces ni siquiera se atreven a pedir ayuda. Pero cuando alguien les sonríe, cuando sienten que realmente hay alguien aquí para ellos, todo cambia».
Ester ha visto de todo: familias que llegan sin más que su fe en un futuro mejor, soldados solitarios que buscan un rincón donde sentirse parte de algo más grande, personas que no entienden el idioma y necesitan una mano amiga para traducir no solo palabras, sino emociones. Ella los escucha, los acompaña, les da ánimo. Hace llamadas, coordina donaciones, encuentra muebles, llena alacenas vacías, busca compañía para quien está solo en un hospital. Y lo hace sin esperar nada a cambio, porque entiende que ser voluntaria no es un título, sino una forma de vida.
A veces, entre tantas historias, hay momentos que quedan grabados. Como aquella vez en la que un soldado solitario recibió su primer hogar amueblado gracias a la ayuda de la OLEI. Se sentó en el sofá, miró a su alrededor y, sin palabras, con los ojos llenos de lágrimas, solo logró decir: «Gracias». O cuando una madre, recién llegada con sus hijos, encontró en una bolsa de alimentos no solo sustento, sino también la certeza de que no estaba sola en esta nueva tierra. Ester ha sido testigo de esos pequeños milagros cotidianos. Y sigue adelante, porque sabe que aún hay más por hacer.
Nos ha dicho más de una vez que, después de tantos años, sigue aprendiendo. Que cada olé trae consigo una historia única y que su misión, la nuestra, es asegurarnos de que esa historia no sea de soledad ni de abandono, sino de fortaleza, de apoyo y de integración. «Una sonrisa y una mano amiga pueden transformar una vida», nos dice. Y cuánta verdad hay en esas palabras.

Hoy, al celebrar este reconocimiento, queremos recordar que la OLEI no sería la misma sin personas como Ester. Que la labor de quienes dedican su tiempo y su corazón a ayudar a los demás es el verdadero motor de nuestra comunidad. Y que su ejemplo nos invita a todos a hacer un poco más, a estar más atentos, a tender una mano con la misma generosidad con la que ella lo ha hecho por décadas.
Desde la OLEI, nos enorgullecemos de contar con Ester Lev entre nuestras filas y nos unimos con emoción y gratitud a este merecido homenaje. Porque reconocerla es reconocer lo mejor de nosotros mismos: el espíritu de ayuda, de entrega y de amor por quienes llegan en busca de un nuevo comienzo.