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Cómo Israel usó la innovación para superar su crisis hídrica

Por M S
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Itongadol.- (Israel21c) El liderazgo israelí en gestión hídrica comenzó enfrentando un problema clave: la distribución desigual del agua dulce. Theodor Herzl ya lo había anticipado en 1902 en su libro Altneuland (Vieja Nueva Tierra, en alemán). Tras la independencia en 1948 y ante la llegada masiva de inmigrantes, se construyó el National Water Carrier (Sistema Nacional de Transporte de Agua), un sistema que transporta agua desde el norte (el Mar de Galilea) hacia el centro y sur del país. Al terminarse en 1964, el 80% del agua era destinada a la agricultura, lo que dejó sin respuesta la creciente demanda doméstica.

En paralelo, se desarrolló una innovación decisiva: el riego por goteo, ideado por Simcha Blass y su hijo en 1959. Este sistema aplica el agua directamente en las raíces de los cultivos, mediante tubos, válvulas y emisores, evitando la evaporación y logrando una eficiencia del 95%.

Se trata de una técnica mucho más eficiente que el riego por aspersión o inundación que permitió reducir el volumen de agua destinada al agro sin afectar la producción. En 1965 se fundó Netafim, la empresa pionera que sigue siendo líder mundial en el rubro. En la actualidad, el 75% de los cultivos israelíes usan riego por goteo, aunque solo el 5% de los campos del mundo lo implementan, principalmente por razones económicas.

A pesar de estas mejoras, hacia mediados de los años 80, el 72% del agua potable de Israel seguía destinándose a la agricultura. Fue entonces cuando ingenieros israelíes entendieron que no bastaba con conservar el agua dulce disponible, sino que era crucial incorporar fuentes antes consideradas inutilizables, como aguas residuales tratadas y agua de lluvia.

En 1985, Israel comenzó a enviar aguas residuales recicladas a través del National Water Carrier hacia zonas agrícolas. Como estas aguas dependen del crecimiento poblacional y no del clima, son una fuente estable. Para 2015, Israel reciclaba el 86% de sus aguas residuales para agricultura, liderando el mundo por amplio margen (España, en segundo lugar, apenas reciclaba el 17%). 

La planta Shafdan, la más grande del país, trata 470.000 m³ de aguas residuales por día y aporta unos 140 millones de metros cúbicos al año para el riego en el desierto del Néguev, cubriendo más del 60% del uso agrícola en esa región. Además, el Keren Kayemet LeIsrael (KKL-JNF, el Fondo Nacional Judío) construyó 230 reservorios para almacenar aguas residuales tratadas, que suman otros 260 millones de m³ al sistema.

El KKL también impulsó proyectos de biofiltración de aguas pluviales urbanas: sistemas con plantas que eliminan casi todos los contaminantes, permitiendo su uso no potable.

Frente a la escasez persistente, Israel recurrió a otro recurso abundante: el agua de mar. En 1999 lanzó un plan de desalación a gran escala mediante ósmosis inversa, que dio lugar a cinco plantas operativas: Ashkelon (2005), Palmachim (2007), Hadera (2009), Sorek (2013) y Ashdod (2015). Estas plantas producen entre 90 y 150 millones de m³ por año cada una. 

Este proceso permitió reducir el consumo per cápita de agua dulce natural de 504 m³ en 1967 a 98 m³ en 2015, cuando el agua desalinizada y reciclada representaba cerca del 50% del consumo nacional.

Más allá de la infraestructura, Israel fomentó un cambio cultural profundo. Desde los primeros años del Estado, la conciencia sobre la escasez fue parte de la vida cotidiana. Durante las sequías de los años 2000, la Autoridad del Agua lanzó campañas en TV, radio e internet para promover el ahorro.

Algunas estaban dirigidas a niños, con programas animados educativos. La campaña más impactante fue en 2009, con celebridades como Ninet Tayeb, Bar Refaeli y Moshe Ivgy. Mientras hablaban sobre la caída del nivel del Mar de Galilea, sus caras aparecían agrietados como la tierra seca. El efecto fue inmediato: el consumo urbano se redujo un 18%.

Este enfoque integral -tecnología avanzada, políticas públicas y cambio cultural- distingue a Israel de otros países. Su éxito se basa en que todos comprendieron la gravedad del problema: desde los líderes políticos hasta la ciudadanía.

En la actualidad, Israel comparte su experiencia con otros países a través de organizaciones como MASHAV, KKL-JNF, EcoPeace Middle East y el Instituto Arava, colaborando con comunidades vecinas y lejanas que enfrentan crisis hídricas similares.

En un mundo donde dos tercios de la población sufren escasez de agua al menos un mes al año, el modelo israelí demuestra que la combinación de innovación, planificación a largo plazo y conciencia social puede revertir incluso las crisis más severas. Israel no solo se aseguró su futuro hídrico, sino que se convirtió en un referente global en gestión del agua.

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